Chomsky: "Syriza y Podemos son una reacción contra el asalto neoliberal"
Para el intelectual norteamericano los partidos Syriza (Grecia) y Podemos (España) son movimientos políticos que en Europa rechazan sumar austeridad más recesión.
10 Feb. 2015 - A caído la nevada del siglo en Boston, el termómetro
marca 15 bajo cero, los autobuses no circulan y los coches patinan. A
las once de la mañana, como un clavo, el profesor emérito Noam Chomsky,
lingüista y filósofo, de 86 años, está ya en la brecha, dando una
entrevista a un periodista francés en su despacho del departamento de
Lingüística del Massachussets Institute of Technology (MIT).
Estamos en el legendario Stata Center, construido por Frank Gehry en
acero y ladrillo. La Facultad de Ciencias de la Información,
Inteligencia e Informática está abarrotada de estudiantes, con
abrumadora mayoría asiática. En la octava planta, junto a un ascensor,
la guarida de Chomsky y sus secuaces huele a café recién hecho, y se
respira calma y camaradería.
En un despacho contiguo al de Chomsky está el nonagenario Morris Halle,
un barbudo diminuto de ojos vivos, con la chaqueta llena de migas y
pinta de haber compartido vodka y revoluciones con Bakunin. The New
Yorker ha comparado a la pareja de lingüistas con Dante y Virgilio, con
Sherlock Holmes y Watson. Halle, un lingüista egregio, fue quien llevó a
Chomsky al MIT en 1955, cuando nadie se atrevía a contratar a aquel
joven judío, brillante y airado recién doctorado en Harvard. En 1968,
los dos escribieron a cuatro manos el libro más importante de la
historia de la Lingüística, The Sound Pattern of English, que hizo por
la fonología –el estudio del sonido de las palabras– lo que Chomsky
había hecho antes –a los 29 años– por la sintaxis: le dio forma y la
convirtió en una ciencia.
Otro personaje clave en la vida de Chomsky es su secretaria, Bev Stohl,
una mujer encantadora que en un aparte bromea sobre los venerables
maestros: "Ahí los tienes, entre los dos suman más de 200 años". El
despacho de Chomsky, forrado de libros sobre anarquía, guerra, historia y
lingüística, es luminoso y amplio, y está presidido por dos grandes
fotos de Bertrand Russell, ídolo y referencia del pensador ateo y
pacifista. Chomsky sale a recibir al segundo entrevistador del día con
gesto afable y sonriente. Se nota enseguida que ha perdido energía y
oído y que tiene la voz queda. Pero escucharlo sigue siendo toda una
experiencia: tras abrazar todas las causas justas y perdidas, el viejo
azote del imperialismo yanqui sigue siendo un Quijote incurable y un
analista implacable. Guarda memoria prodigiosa de fechas, hechos, libros
y discursos, no pierde el hilo en ningún momento y mantiene la cabeza
clara, ágil y potente.
Además de dar sus clases, escribir sus artículos y atender a sus
alumnos, Chomsky imparte conferencias allá donde le invitan –"tengo la
agenda llena hasta 2016", dice– y contesta personalmente a las docenas
de mensajes y cartas que recibe cada día. Según su secretaria, "el
hombre no dice nunca que no, simplemente no sabe". La prueba llega al
final de los 45 minutos de entrevista, cuando el periodista le invita a
ser presidente de honor del comité editorial de CTXT. Chomsky responde:
"Bueno, no participo en comités… ¡Pero si es honorario, podría!".
—Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?
—Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La
humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u
olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes
medioambientales, la otra es la guerra nuclear. El Boletín de los
Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones
nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj
del "Juicio Final". Determina la distancia a la que las manecillas del
reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres
minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de
los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha
sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. En
este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y
poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear
nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de
querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y
algunas potencias menores también.
—Pero casi nadie habla de ello.
—No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos
económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay
amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que
las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en
absoluto seguro. Solo un ejemplo: a principios de los años 80, la
Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que
simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No
dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no
un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión.
Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa como la
guerra de las galaxias, pero los analistas de ambos bandos lo
interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo,
si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el
primer ataque. Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo
públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue
extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi
estalla la guerra.
—Así que estamos vivos de milagro.
—Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia.
Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo,
tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir
que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes
a asegurar que suceda lo peor. O puedes agarrarte a cualquier esperanza
–siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas
capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo
mejor.
—Usted cambió la lingüística cuando tenía 29 años, y luego
intentó cambiar el mundo. Todavía sigue en ello. Imagino que lo segundo
ha sido más duro que lo primero. ¿Ha valido la pena?
—¡Cambiar la lingüística también fue bastante duro! Tiene un poco de
ciencia, aspectos de filosofía contemporánea… Creo que he estado en el
lado adecuado, aunque formo parte de una pequeña minoría.
—¿Y diría que el balance ha sido positivo?
—Ha habido éxitos, no solo míos, sino de la oposición popular a la
violencia, a la guerra, a la desigualdad. El movimiento por los derechos
civiles –en el que yo no fui una figura de referencia pero estuve
involucrado, como tantos otros–, consiguió objetivos significativos,
aunque no todos los que perseguía, ni mucho menos. Si hacemos caso a la
retórica oficial, la lucha de Martin Luther King acaba en 1963 con su
famoso discurso Yo tengo un sueño, que condujo a la legislación de los
derechos civiles y a una mejora significativa de los derechos de voto y
de otros derechos en el Sur. Pero King no se detuvo en ese punto.
Continuó luchando contra el racismo del Norte, y también intentó generar
un movimiento por los pobres, no solo negros, sino los pobres en
general. King fue asesinado en Memphis (Tennessee) mientras apoyaba una
huelga de funcionarios. Luego, su mujer, su viuda, lideró la Marcha por
el Sur, por todas las zonas donde había habido disturbios, llegó a
Washington y montó una acampada, Resurrection City. Aquel era el
Congreso más liberal de la historia: les permitieron quedarse un tiempo,
y luego mandaron a la policía de noche, destruyeron el campamento y
desalojaron a todo el mundo. Ese fue el final del movimiento para atajar
la pobreza. Hoy sabemos que gran parte del problema no ha sido
erradicado.
—Europa vive también el periodo más sombrío de los últimos 50 años.
—Ha habido mejoras importantes, pero toparon con una barrera. Y esa
barrera empeoró con el asalto neoliberal contra la población mundial,
que empezó a finales de los años 70 y despegó con Reagan y Thatcher.
Europa es hoy una de las mayores víctimas de esas políticas económicas
de locos, que suman austeridad a la recesión. Incluso el FMI dice que ya
no tienen sentido. Pero sí tienen sentido desde un punto de vista:
están desmantelando el Estado del Bienestar, debilitando a los
trabajadores para aumentar el poder de los ricos y los privilegiados.
Visto así, es todo un éxito; el resultado es destruir las sociedades,
pero eso es una especie de pie de página que no tienes en cuenta si
estás sentado en las oficinas del Bundesbank.
—La sociedad ha empezado a moverse. ¿Cree que cambiarán las cosas?
—Hay una resistencia muy significativa contra el asalto neoliberal. La
más importante se da en Sudamérica, es espectacular. Durante 500 años,
Sudamérica sufrió la dominación de las potencias imperiales
occidentales, la última de ellas, EEUU. Pero en los últimos 10 o 15 años
ha empezado a romper con eso. Esto tiene mucha relevancia.
Latinoamérica fue uno de los socios más leales de los consensos de
Washington, de las políticas oficiales.
—El patio trasero…
—Pero ha dejado de serlo; no del todo, pero por primera vez en medio
milenio, los países se están moviendo hacia la integración, que es un
requisito para la independencia. Estuvieron separados en el pasado,
están empezando a unirse. El símbolo de esto es que EEUU ha perdido sus
bases militares en América Latina, la última se cerró en Ecuador. Y otra
ilustración llamativa es lo que está pasando en las conferencias
continentales. En la última, que se celebró en Colombia, no pudieron
realizar una declaración conjunta. El motivo es que hubo dos países que
se opusieron: EEUU y Canadá. Esto era inimaginable en el pasado.
—Guantánamo sigue ahí. ¿Cree que Cuba intentará recuperar la base en las conversaciones de La Habana?
—Estoy seguro de que lo intentarán, pero dudo que EEUU acepte.
—He leído un artículo suyo reciente en el que decía que Obama es
un liberal conservador, un republicano moderado, y que la de Nixon fue
la Administración más izquierdista de la historia.
—Nixon era un buen tipo…; hoy los estándares han cambiado. Ahora Nixon
parece un izquierdista, y Eisenhower un radical incendiario. Eisenhower,
al fin y al cabo, dijo que aquel que calificara de locura la
legislación del New Deal no podía formar parte del sistema político
americano. Ahora, todo eso ha desaparecido.
—¿Obama no es de izquierdas?
—El término izquierda en EEUU se utiliza ahora para los moderados de
centro, porque el espectro se ha movido. Un viejo chiste decía que EEUU
es un Estado de un solo partido (el Partido de los Negocios) con dos
facciones (demócratas y republicanos); era bastante acertado. Ahora ya
no sirve. Sigue siendo un país de un solo partido, pero solo hay una
facción: los republicanos moderados. Ése es el único partido operativo.
Se llaman demócratas, pero son similares a lo que solían ser los
republicanos moderados. El otro partido, el de los republicanos, se ha
salido de ese marco. Ha abandonado cualquier pretensión de ser un
partido parlamentario. Y lo ha reconocido. Uno de los líderes de opinión
conservadores más respetados, Norman Ornstein, ha descrito a los
republicanos como una insurgencia radical que ha abandonado todo deseo
de participar en la política parlamentaria.
—¿Hacia dónde van los neocons?
—El partido se ha movilizado para alcanzar dos objetivos: uno, destruir
el país y que parezca culpa de los demócratas, de manera que ellos
puedan volver a gobernar. Su otro objetivo es simplemente servir al rico
y al poderoso. Pero como no puedes hacer de esto un programa político,
han hecho una cosa razonable: han movilizado a grandes sectores de la
población que siempre habían estado ahí pero no se habían organizado
como fuerza política. Uno de estos colectivos es el de los cristianos
evangélicos, que forman una parte enorme de la población. Y ahí tienes
al nuevo responsable del Comité Medioambiental del Senado, James Inhofe,
que afirma: "Es arrogante decir que los humanos pueden hacer cualquier
cosa contra la voluntad de Dios, como el cambio climático". Esto es
antediluviano… No puedes ni llamarlo Edad de Piedra, las tribus
primitivas tenían más criterio. Pero esta es la esencia de la base
republicana, extremista y cristiana evangélica. El otro sector
movilizado es la gente aterrorizada. La sociedad de Estados Unidos es
ahora muy mestiza, pero la población blanca se está convirtiendo en
minoría. De forma que hay un gran sector de la población, y un grupo de
políticos, que dice: "Nos están robando el país". Es una forma de decir
que hay demasiados rostros oscuros. Hispanos, sobre todo.
—¿Y musulmanes?
—También, pero los hispanos son ahora la principal fuente de miedo.
—El mito nacional funciona siempre contra la invasión de pueblos "inferiores".
—Y así sigue. Puede que no tenga una base histórica o biológica, pero
está en la conciencia colectiva. Y ahora estamos en el punto en el que
nuestra herencia mitológica anglosajona no solo se ve amenazada, sino
desbordada por esos extranjeros que se están apoderando de nuestro país.
Todo esto es parte de lo que el ex Partido Republicano –tengo que
llamarlo ex– ha movilizado como base de esa política que roza el
delirio…
—Europa lleva un camino parecido…
—Es delirante la forma en que la Troika está tomando decisiones en
Europa. Se puede calificar de delirante si se tienen en cuenta las
consecuencias humanas, pero desde el punto de vista de los que diseñan
la política no es delirante, a ellos les va estupendamente. Son más
ricos y poderosos que nunca, y están acabando con el enemigo, que es la
población en general.
—Aki Kaurismäki, el cineasta finlandés, lo llama capitalismo sádico.
—Es que el capitalismo es intrínsecamente sádico; de hecho, Adam Smith
reconoció que cuando se le da rienda suelta y queda liberado de ataduras
externas, su naturaleza sádica se manifiesta porque es intrínsecamente
salvaje. ¿Qué es el capitalismo? Maximizar tus beneficios a expensas del
resto del mundo. Un famoso premio Nobel de Economía, James M. Buchanan,
dijo una vez que el ideal de todo ser humano es ser el amo y que el
resto del mundo sea su esclavo. Desde el punto de vista de la economía
neoclásica, por qué no, ése es el ideal.
—¿Un mundo sin derechos ni responsabilidades?
—Un mundo sin reglas en el que los poderosos hacen lo que quieren. Y,
donde, milagrosamente, todo sale a la perfección. Es interesante
comprobar cómo Adam Smith planteó esto en la famosa expresión "mano
invisible", que tanto se usa ahora. (…) Ahora vemos que, cuando el
capital carece de cortapisas, particularmente los mercados financieros,
todo salta por los aires. A eso es a lo que se está enfrentando hoy
Europa.
—Sorprendentemente, 25 años después de la caída del Muro de
Berlín, Syriza, un partido de izquierdas, ha ganado unas elecciones en
Europa. Es como si las políticas de la Troika hubieran resucitado al
enemigo…
—Yo no lo veo así… Por la sencilla razón de que hay muchos mitos acerca
del enemigo. Rusia estaba más alejada del socialismo de lo que lo está
hoy Estados Unidos; la revolución bolchevique fue un gran fracaso para
el socialismo, provocó una tiranía autocrática en la que los
trabajadores eran eso que Lenin llamó un ejército proletario bajo el
control de un líder que no tenía nada que ver con el socialismo.
—¿Syriza no es entonces el péndulo de la historia volviendo atrás?
—Para los patrones actuales, Syriza es un partido de izquierdas, pero no
lo es por su programa. Es un partido antineoliberal. No exigen que los
trabajadores controlen la industria…
—No, claro, no son revolucionarios.
—Ni socialistas tradicionales… Y esto no es una crítica, creo que es
positivo. Y lo mismo pasa con Podemos: son partidos que se levantan
contra el asalto neoliberal que está estrangulando y destrozando a los
países periféricos.
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