
El mundo está dispuesto a escuchar al palestino que cuenta cómo perdió su casa, enterró a sus hijos o pasó años en una prisión. Mucho más difícil le resulta escucharlo cuando habla como sujeto político, reivindica el retorno, cuestiona los límites trazados para su liberación o defiende la lucha armada. Entre uno y otro aparece una frontera invisible: la que determina qué debe pensar, decir y hacer un pueblo ocupado para merecer nuestra solidaridad.
Hay un palestino al que resulta relativamente fácil escuchar. Puede contar que perdió su casa, enseñar la llave que su familia conserva desde 1948, hablar del campo de refugiados donde nació, de los años que pasó en una prisión israelí, del hijo que perdió bajo las bombas o del olivar que los colonos arrancaron. Puede llorar ante una cámara, pedir ayuda y denunciar la ocupación. Su sufrimiento conmueve y, mientras permanezca dentro de esa imagen, puede despertar una solidaridad enorme.
El problema comienza cuando deja de explicar únicamente lo que le han hecho y empieza a hablar de lo que piensa hacer frente a ello. Entonces ya no estamos solamente ante una víctima, sino ante un sujeto político. Y un sujeto político tiene objetivos, organizaciones, alianzas, estrategias y una idea propia de lo que significa liberarse. Es ahí donde comienza el examen. Al palestino se le pregunta qué condena, qué organizaciones reconoce, qué métodos considera legítimos, qué fronteras está dispuesto a aceptar y qué solución política debería asumir. Puede resistir, naturalmente, pero debe hacerlo de la manera correcta.
Hay algo profundamente contradictorio en esta relación. Cuanto más indefenso aparece el palestino, más fácil resulta abrazar su causa. El niño bajo los escombros no plantea demasiados problemas políticos. La familia expulsada de su casa puede despertar indignación. La anciana que conserva la llave de la vivienda de la que fue expulsada en 1948 puede convertirse en un símbolo universal del exilio. Pero la mirada cambia cuando esas mismas personas hablan de retorno, liberación o resistencia. Porque entonces dejan de ser únicamente víctimas de una injusticia que podemos condenar sin preguntarnos necesariamente qué consecuencias políticas debería tener esa condena.
Resistir, pero dentro de los límites
Buena parte del mundo político, mediático e institucional acepta unas formas de resistencia palestina con mucha mayor facilidad que otras. Pero esta mirada no se limita a gobiernos, instituciones o grandes medios. También atraviesa a una parte importante de los movimientos de solidaridad con Palestina y de la izquierda, que expresan su apoyo al pueblo palestino mientras establecen los límites dentro de los cuales consideran legítima su resistencia.
Se celebra la cultura palestina, se escucha a sus escritores, se aplauden las manifestaciones y se apoyan campañas internacionales. Incluso el boicot, presentado tantas veces como ejemplo de resistencia no violenta, ha sufrido intentos de prohibición, criminalización y persecución. Parece que casi cualquier forma de resistencia palestina termina encontrándose, tarde o temprano, con alguien dispuesto a explicarle hasta dónde puede llegar.
Pero hay una frontera donde esas condiciones se hacen especialmente visibles: la lucha armada. Cuando el palestino toma las armas deja de ser únicamente la víctima que podíamos compadecer y se convierte en un sujeto que pretende intervenir directamente en su propia historia. En ese momento, la pregunta deja de ser qué violencia está sufriendo y pasa a ser qué violencia está ejerciendo. La ocupación, las expulsiones, las prisiones, los asentamientos, el bloqueo y los bombardeos quedan relegados al contexto, mientras la respuesta palestina ocupa el centro. Como si la historia comenzara exactamente en el instante en que el colonizado decide responder.
También aquí importa el lenguaje. Se habla de «violencia» como si bastara la palabra para borrar la relación entre quien domina y quien lucha contra esa dominación. Pero la violencia empleada para conquistar, expulsar y mantener sometido a un pueblo no puede equipararse a la violencia revolucionaria o liberadora que surge para poner fin a una situación colonial, porque no ocupan la misma posición política. Negar esta diferencia significa colocar al opresor y al oprimido en un mismo plano y llamar a eso «neutralidad».
Y, sin embargo, al palestino se le exige con frecuencia que renuncie a la lucha armada como condición para merecer solidaridad. Esa exigencia no procede solamente de gobiernos y medios que respaldan a Israel. También aparece en una parte de la izquierda y de los movimientos solidarios: se defiende al palestino perseguido, encarcelado, desplazado o asesinado, pero se retrocede cuando ese mismo palestino reivindica la lucha armada como parte de su proceso de liberación. Entonces reaparecen las condenas exigidas, las distancias y las instrucciones sobre cómo debería resistir.
Al palestino se le pide así moderación frente a una realidad que no tiene nada de moderada. Se espera que encuentre las palabras adecuadas mientras entierra a los suyos, que responda correctamente mientras pierde su casa y que condene antes de poder denunciar. Se examina una y otra vez la violencia del colonizado mientras la violencia colonial que hizo necesaria la resistencia acaba convertida en el paisaje permanente de la conversación.
Una resistencia diseñada desde fuera
El problema no termina en los métodos. También se quiere decidir quién puede resistir. Gobiernos, instituciones y grandes medios clasifican constantemente a las organizaciones palestinas entre moderadas y radicales, interlocutores válidos y fuerzas con las que ni siquiera se admite hablar.
Pero sería demasiado cómodo atribuir esta lógica únicamente al poder institucional. También existe dentro de una parte considerable de la izquierda y de los movimientos de solidaridad. Se afirma apoyar al pueblo palestino mientras se intenta seleccionar qué palestinos pueden representarlo, qué ideología debería tener su resistencia y qué organizaciones merecen formar parte de ella. Si son marxistas resultan más comprensibles para unos; si son islamistas se convierten inmediatamente en un problema para otros; si son nacionalistas tampoco siempre encajan en las categorías desde las que se interpreta la lucha palestina.
La contradicción es difícil de ignorar: se proclama el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación mientras se intenta determinar desde fuera qué fuerzas palestinas son suficientemente aceptables para ejercerla.
Existen organizaciones revolucionarias e internacionalistas que han rechazado esta lógica y han entendido que la solidaridad comienza precisamente por reconocer al pueblo palestino como sujeto de su propia lucha. Pero siguen siendo una minoría frente a una cultura política mucho más extendida que pretende acompañar a Palestina estableciendo al mismo tiempo las condiciones de ese acompañamiento.
La solidaridad internacional no puede convertirse en un casting político. Defender el derecho de un pueblo a decidir su camino no significa compartir cada posición, estrategia o decisión de todas sus organizaciones. Podemos criticarlas y discutir con ellas. Los propios palestinos lo hacen. Pero una cosa es ejercer el derecho a la crítica y otra convertir nuestras preferencias políticas en el examen que un pueblo debe superar para que reconozcamos su derecho a resistir. La solidaridad condicionada deja de ser solidaridad cuando exige al pueblo oprimido parecerse políticamente a quien dice apoyarlo.
Hay todavía una condición más profunda. No solamente se quiere decidir cómo debe resistir el palestino y quién puede hacerlo, sino también qué puede querer. Puede reclamar ayuda humanitaria, un alto el fuego o mejores condiciones de vida. Puede reivindicar un Estado dentro de determinadas fronteras y aceptar como horizonte aquello que la llamada comunidad internacional ha decidido considerar razonable. Pero cuando afirma que su problema no comenzó en 1967, sino con la colonización y la expulsión de su pueblo en 1948; cuando reivindica el retorno de los refugiados como un derecho real y no como un símbolo; cuando cuestiona que otros puedan decidir de antemano qué parte de su tierra debe aceptar perder; o cuando habla de la liberación de toda Palestina, vuelve a atravesar la frontera de lo permitido.
Ahí descubrimos que el palestino aceptable no solamente debe resistir correctamente. También debe desear correctamente. Puede imaginar el futuro que otros consideran posible, utilizar los métodos que otros consideran legítimos y aceptar los límites políticos que otros han establecido para él. Después llamamos a todo ello moderación.
¿Quién examina a quién?
Durante décadas se ha preguntado a los palestinos qué deberían hacer. Por qué no negocian, por qué no reconocen, por qué no condenan, por qué apoyan a determinada organización, por qué protestan de determinada manera, por qué toman las armas o por qué no aceptan aquello que se les ofrece. Cada una de estas preguntas puede formar parte de una discusión política. El problema aparece cuando todas juntas construyen una condición permanente: cambien ustedes y quizá entonces reconoceremos plenamente sus derechos.
Pero un derecho que depende del comportamiento perfecto de quien lo reclama deja de funcionar como un derecho. Un pueblo sometido a dominación colonial no debería tener que demostrar que posee la ideología correcta, la estrategia correcta o el grado exacto de moderación que tranquilice al resto del mundo para que se reconozca su derecho a organizarse, regresar, resistir y liberarse.
Quizá por eso resulta tan fácil solidarizarse con el palestino convertido exclusivamente en víctima. No nos exige demasiado. Podemos llorarlo, indignarnos, exigir que llegue ayuda humanitaria e incluso condenar a quienes lo matan. El palestino que se organiza, define sus propios objetivos, rechaza las soluciones diseñadas para él y decide resistir —también con las armas— plantea una cuestión mucho más difícil: nos obliga a aceptar que no somos nosotros quienes debemos escribir el guion de su liberación.
Los palestinos han probado prácticamente todos los lenguajes que durante décadas se les ha pedido utilizar. Han negociado, firmado acuerdos, acudido a organismos internacionales y tribunales, organizado huelgas, marchas, campañas de boicot y movilizaciones populares. También han resistido con las armas. Y después de todo ello siguen encontrándose ante un examen permanente sobre qué clase de palestino estamos dispuestos a aceptar.
Quizá sea esa la pregunta equivocada. La cuestión no debería ser qué tiene que pensar, decir o hacer un palestino para resultar aceptable ante nosotros, sino por qué seguimos creyendo que nos corresponde decidirlo. Antes de volver a examinar sus palabras, sus organizaciones, sus objetivos o sus formas de resistencia, quizá deberíamos responder nosotros a una pregunta mucho más incómoda: ¿quién nos concedió el derecho de decidir cómo debe comportarse un pueblo para merecer ser libre?