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martes, 14 de julio de 2020

Un análisis en 360 grados. Por Karima Oliva Bello por La pupila insomne

1. La gestión de los espacios públicos debiera basarse en la profundización de los mecanismos democráticos de participación popular. Transparentar los procesos y brindar información sobre la toma de decisiones en torno a lo público debe ser una cultura de trabajo. El socialismo brinda las mejores condiciones para que así sea, hay que perfeccionar y profundizar todo cuanto se deba en esa dirección. En las urbes latinoamericanas se mantienen en las periferias (físicas, simbólicas y de toma de decisiones) grandes sectores de la población, ya que las ciudades son reconstruidas y funcionan en sintonía con las pautas de privatización y el ordenamiento que el mercado dispone. Hay áreas urbanas completas cuyas dinámicas expulsan a todos aquellos que, a pesar de ser habitantes de la ciudad, no ostentan un lugar privilegiado en la estructura socio-clasista. Investigaciones informan cómo, no solo es impensable que sean consultados sobre algo, sino que estas zonas de clase media o clase media alta son inhóspitas para los jóvenes residentes en áreas marginadas debido al alto grado de criminalización y las violencias simbólicas de que son víctimas. Las ciudades latinoamericanas son extremadamente violentas y exclusivas en el manejo de los espacios públicos. Esa realidad es más compleja que la que se ha estado discutiendo, lo cual no quita valor a los temas en cuestión.
2. Resulta interesante la importancia que tiene la defensa del carácter de lo social en el imaginario colectivo en Cuba, el derecho a decidir sobre lo público. Por lo demás, veo a cubanas y cubanos expresándose libremente, a favor y en contra del sistema político, en entornos tan públicos como las redes sociales. En ese sentido, siempre me pregunto, ¿lo que se discute en las redes es representativo de las inquietudes y del sentir de las cubanas y cubanos que viven en la isla de manera general, o de círculos muy específicos de la población que, ya sea estando en Cuba o fuera de ella, cuentan con recursos para hacer vida en las redes, acceder a contenidos y/o elaborarlos? Las redes sociales no son el país, pero comprender cómo van interactuando los diferentes planos en que el país va produciendo sus modos de subjetivación sería muy interesante.
3. La “oposición” (la declarada o la disimulada) en Cuba, capitaliza cada problemática para atacar a las instituciones e incentivar estados de opinión adversos al gobierno y al sistema político, de manera general. Lo que pudiera ser justamente presentado como la necesidad de una revisión o debate en cuanto a la forma como se gestionan determinados asuntos para, incluso, disparar un análisis más amplio que fortalezca y perfeccione el sistema, es hiperbolizado para construir una imagen de catastrofismo en torno a lo que pasa en Cuba, en que pareciere que todo se hace mal, nada funciona y, lo que es peor, el socialismo no es una alternativa. Las redes sociales seguirán usándose como armas de desinformación, manipulación mediática y guerra psicológica. Cediendo ante las presiones que se generan o desconociéndolas no son vías que ayuden a resolver el problema. Las redes pudieran ser incorporadas intencionalmente de manera estratégica como instrumentos que enriquezcan la gestión del gobierno y la participación popular, creándose mejores condiciones de canalizar insatisfacciones y construir alternativas ante la labor de quienes quieran fabricar escenarios de caos y odio.
4. Una estrategia integral de los medios de comunicación oficiales que tome en cuenta el papel que van adquiriendo las redes sociales como plataformas para el ejercicio del debate público sobre diversos temas de la realidad nacional ayudaría a contrarrestar las campañas de infodemia o desinformación que se articulan en torno a la realidad cubana y crearía un escenario de diálogo con la ciudadanía que pudiera ser efectivo.
5. Es necesario educar para una cultura crítica en el uso de las redes sociales. La idea de que ahora sí estaremos informados, porque el entorno virtual es plural y las corrientes de opinión circulan en igualdad de condiciones, es una ilusión que no tiene cómo sostenerse en la actualidad. Analizando el comportamiento en las redes sociales se evidencia que hay quienes obviamente reproducen contenidos con total claridad y conciencia del manejo que están haciendo, en una dirección u otra, sin embargo, determinados sectores de la población lo hacen sin detenerse a constatar las fuentes de la información, sin tener idea clara de la impronta ideológica de los medios o los actores políticos que producen contenidos, sin conciencia de la responsabilidad que adquieren cuando publican algo. Las estrategias de dominación cultural están muy desarrolladas en la actualidad, nos llevan un tramo grande de ventaja, hay que crear las bases de un pensamiento crítico, decolonial. Eso es tarea de las organizaciones políticas, las instituciones, los medios masivos de comunicación, los programas y planes de estudio en escuelas y universidades.
6. En última instancia, cada quien, desde donde nos encontremos, tenemos la responsabilidad de tomar una decisión personal de carácter político sobre qué queremos para nuestro país y desde ahí pensar cuál será el derrotero ético de nuestro comportamiento en las redes sociales. Si colaboraremos con análisis cada vez más críticos, sistémicos, en que ponderemos los contextos, que aporten una visión compleja, donde las diferentes aristas de un problema se pongan en perspectiva, o si, por lo contrario, abonaremos el sendero del catastrofismo, el caos, la desinformación y la mentira que se quiere construir sobre la realidad cubana.
7. La defensa del bien común es importante y no se logrará si no se asume como una tarea de todas y todos.

martes, 23 de junio de 2020

Y quizás amanezca, pero deberá ser en otro mundo. Por Sara Rosenberg por La pupila insomne

Y quizás amanezca, pero deberá ser en otro mundo. Por Sara Rosenberg

por La pupila insomne
En la tragedia griega el hombre (el héroe) se enfrenta con su destino previamente fijado y lo desvía. Lo eclosiona. Podría quedarse quieto y vivir o sobrevivir sin desafiar lo que le ha sido otorgado. Sin embargo, por deseo, por voluntad de justicia, por necesidad, porque es lo que siente que debe hacer, por amor o por odio, por principios, se enfrenta a su destino.
Quizás simplemente sea porque estar vivo implica en algún momento de la vida desafiar al destino. Enfrentarse con lo dado para crear algo nuevo. Todo lo demás es conformismo, obediencia, muerte de la vida. Esclavitud.
Y la historia nos demuestra que los grandes saltos son también modos de detenerse para saltar después al abismo. Todo por crear, nada por guardar. Todo por ganar y nada por perder salvo las cadenas, diría repitiendo nuestra vieja consigna.
Este virus extraño y tan desconocido como previsible podría entenderse como una metáfora –o un avatar- cruel de la quietud, de la pérdida de la capacidad de enfrentarnos con nuestro destino otorgado y aceptado como el único posible. Es el virus de la quietud, es la pasividad lo que nos aterra, la imposibilidad de mantener los vínculos sociales de donde nace toda fuerza y todo pensamiento humano.
Sin embargo recién ahora empieza a romperse por todos los costados y la humanidad entera vuelve a moverse y a pronunciarse a partir de un hecho detonante, pero que ha sido la norma en el mundo de la explotación del hombre por el hombre porque la esclavitud de los pueblos americanos y la caza de esclavos en África para conquistar capital y territorios  funda un modo de producción y de vida hasta nuestros días. El modo de producción capitalista.

El asesinato de un hombre negro a manos de la policía en Estados Unidos, un hecho que se ha repetido miles de veces con total impunidad, en esta coyuntura es la gota que colma el vaso. Un balcón al abismo. Y al mismo tiempo un puente en construcción entre la historia y el futuro.  Es notable y celebro que las estatuas de colonizadores, esclavistas y asesinos sean derribadas, pintadas y señaladas.  Han  permanecido demasiado tiempo insultando la memoria de millones de víctimas, -como en el caso de Leopoldo el Belga-genocida del Congo- entre otros tantos piratas, esclavistas y colonizadores.
Como dice Benjamin, “La tradición de los oprimidos nos enseña entretanto que el “estado de emergencia” en que vivimos es la regla. Debemos llegar a un concepto de historia que resulte coherente con ello. …” (1)
En Madrid, que es una zona de alto riesgo estuvimos casi cien días encerrados y aterrados por no saber qué estaba pasando y qué pasa. Algo se movió en los talones. Algo nos hizo desconfiar de todos los que decían saber y algo nos hizo buscar razones o causas o explicaciones un poco menos paranoicas.
Algo empezó a humanizarnos, tal vez, porque aunque fuera en medio de una tragedia que como toda tragedia es incontrolable, nos hizo estar juntos y compartir destino; aunque  está claro que no todo destino es el mismo: no es lo mismo estar en la cola del hambre que estar en un chalet y en la seguridad médica privada. No es lo mismo, pero al mismo tiempo el calibre del desconocimiento nos igualó por algunos instantes. Y los que sólo tenemos seguridad publica -salud pública, educación pública, vivienda y trabajos precarios- comprendimos rápidamente que el estado y lo público habían sido golpeados de muerte y que las privatizaciones que pagamos con nuestro trabajo nos condenaban a tener una salud pública incapaz de hacer frente a la catástrofe. (1)
Aquí en España, en Italia, en Estados Unidos, en Francia, Bélgica, Suecia, etc etc… la salud y todo los llamados “derechos humanos y sociales”  fueron privatizados mientras nos dedicábamos a endeudarnos y a divertirnos y a pensar que existía eso que llamaron el estado del bienestar  y que el capitalismo “bueno” era posible.
Trabajar fue la ley y cobrar poco y aceptar siempre porque no hay otro curro, fue la consigna.  La súper-explotación se cebó con todos y las ganancias de las grandes corporaciones se triplicaron. (Ver estadísticas, hay muchas y no es lo mío)
Es curioso, la vida es curiosa y trágica siempre. Por primera vez después del confinamiento y hace solo dos semanas fuimos a la Puerta del Sol a protestar, con mascarilla y sólo cincuenta personas guardando distancia de seguridad de metro y medio. Siempre obedientes, siempre correctos. Pedimos con carteles y con palabras que  hubiera un fondo de emergencia y que no se recortaran más derechos ni sociales ni laborales. Lo mínimo.
Antes de este gesto en Puerta del sol, los fascistas habían salido a la calle a golpear cacerolas gritando “libertad” en el barrio de Salamanca y en otros barrios ricos del país.  Una palabra para analizar a la luz de qué libertad es la que piden y porqué la piden. Sobre todo cuando son los que siempre han condenado la libertad y desde siempre la han perseguido.  Pensé entonces que invertían el sentido de la palabra, tal como los nazis invirtieron el sentido del socialismo, -el nazional-socialismo- refiriéndose a la  libertad de seguir explotando la fuerza de trabajo, de la limpiadora, de sus obreros, o camareros, o dependientes de tienda, o de sus inquilinos, ya que son dueños de la mayoría de los edificios-burbuja inmobiliaria, de la libertad para traficar, mercar y ganar. Todo un tema el tema de la palabra “Libertad”.  También en USA los grupos fascistas- suprematistas  salieron a la calle a gritar “libertad”, y en Argentina y en Brasil hicieron lo mismo, gritaron “libertad” al son de sus cacerolas en contra de la ayuda médica solidaria de Cuba y en contra de las medidas de protección.
¿Libertad para qué, qué libertad, libertad para explotar o libertad para hacer justicia? ¿Libertad para que nada cambie, libertad en si, o libertad para si? ¿Libertad para ser solidarios, humanos, internacionalistas?
En un momento, durante el mes de abril –en  el pico de la pandemia y los muertos in crescendo -pensé que no era solo un virus de laboratorio sino un programa de eugenesia muy bien controlado; o dirigido, al menos. Me permito, como todos un cierto grado de paranoia. Los viejos sobran, no producen y mueren. No hay que pagar largas jubilaciones y hay más de veinte mil viejos muertos en residencias privadas administradas como granjas y negocio…que dejarán en las arcas del estado sus jubilaciones.
Bueno, realmente quería justificar con este texto solo un deseo y una especie de constatación: lo dicho, no es científico mi planteamiento, solo empírico, pero creo que el virus se asusta cuando nos humanizamos, luchamos y tomamos el destino en nuestras manos y que pulula y se incrementa con la pasividad y con la aceptación y el miedo, tal como el dicho popular que nos contagiaron previamente  “es lo que hay…y hay que aceptarlo” porque esa derrota asumida es el núcleo de una cultura agónica, y claro, enferma.
El destino –y su hija la obediencia ciega- esa entelequia que niega la historia y cualquier transformación se ha colado en nosotros para debilitarnos y para hacer que el pensamiento débil nos cuente siempre historias de sin salida (en películas, novelas, series…) donde la condena de la rebeldía es constante y la historia como bucle es inevitable. Nada más alejado del espíritu trágico y del héroe.
Y por eso el dolor –el “yo” en sus aisladas desgracias- se coloca en el centro de la historia y tergiversa la palabra “libertad”. Una sensibilidad burguesa que huele a podrido y que tal vez, eso es lo que más deseo -si el virus no se aposenta en mis pulmones a modo de venganza- podamos vencer entre todos.
Lo cierto es que el planeta entero se mueve y depende de nosotros romper las cadenas que no supimos ver a tiempo. El virus es solo eso, una especie de ceguera que empieza a despejarse. Y ha desnudado los resultados del neoliberalismo que no sólo debilitó y corrompió los estados y lo público sino el espíritu colectivo y propiamente humano.
Y en este desnudo integral hemos visto con toda claridad dos modelos: o capitalismo salvaje (en el que vivimos y morimos a mansalva) o socialismo (aquellos países que como Cuba, Venezuela, Nicaragua, China, Corea, Viet –Nam y con todos los matices y problemáticas que conocemos – Rusia, Irán y Siria) han enfrentado la pandemia reforzando el estado y lo público, haciendo que prevalezca la salud sobre el negocio/ganancia y con otro concepto, donde la “humanidad” tiene sentido. Porque como dicen los cubanos, “Patria es humanidad” y treinta y cuatro brigadas médicas, -dos mil quinientos cooperantes en veintiséis naciones, que se suman a otros que estaban en cincuenta y seis países más-  lo han demostrado ampliamente.
Si, son dos modelos, la máxima ganancia acumulada por un 1% y que necesariamente cuenta con estados destruidos y débiles en nombre del derecho absoluto de las corporaciones y el globalismo, o estados fuertes y participativos desde la base que defienden lo público, la distribución equitativa de la riqueza y la preservación y desarrollo de la humanidad y el planeta.
Insisto, no me guardo ningún claroscuro, porque las tonalidades de grises son parte de todo proceso de cambio. La tragedia traerá una transformación, habrá que pensar, aprender e inventar el modo para salir del congelamiento y su virus: el miedo a cambiar y a perder o ganar, inoculado a través de un aparato ideológico y cultural implacable e inmenso que ha sido capaz de torcer el sentido mismo de la palabra libertad, porque la libertad humana solo es posible construyendo el “Nosotros”, socialista y soberano.
NOTAS:
  1. Tesis de filosofía de la historia. Walter Benjamin. (tesis nº VIII) – (Premia editora, La nave de los locos, Mexico 1977)
  1. Todo mi agradecimiento a los trabajadores sanitarios que pusieron el cuerpo a pesar de la falta de medios y la precariedad a la que nos condena el sistema neoliberal.
  1. No puedo en este corto espacio hablar de las corporaciones militares y la tremenda ofensiva sobre Venezuela, Cuba y Siria, el desplazamiento de tropas a las  fronteras del este de Europa, la macabra propaganda contra China y toda la agónica ofensiva imperialista. Pero la solidaridad se extiende y vencerá, ni bloqueos ni sanciones pueden detener el curso de la historia.
La pupila insomne | 23 junio, 2020 de 7:46 | Etiquetas: capitalismo, Coronavirus, Covid-19, Sara Rosenberg | Categorías: Historia, Literatura | URL: https://wp.me/p10AwN-iu1

sábado, 30 de mayo de 2020

Un texto imprescindible de Lenin sobre Karl Marx

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818, y junto con Friederich Engels estableció los fundamentos del socialismo científico.
Pero Marx no solo fue un teórico de la clase obrera, también dedico su vida a la construcción del partido mundial de la revolución socialista.
Como dejó escrito en el Manifiesto Comunista, los trabajadores no tienen nada que perder salvo sus cadenas y tienen un mundo entero por ganar.
Desde Izquierda Revolucionaria animamos a todos los militantes y activistas de la izquierda a conocer su obra teórica y práctica en los libros que el mismo escribió junto a su camarada Engels. Un patrimonio que debemos defender frente a las tergiversaciones de reformistas y estalinistas, y que puedes conocer en nuestra página web y en la de la Fundación Federico Engels, la principal editorial marxista en lengua castellana.
Publicamos a continuación un texto imprescindible de Lenin. escrito en 1914 y que nos introduce en el pensamiento político del gran revolucionario alemán. Su título es Karl Marx.

Karl Marx
(Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo)1
V. I. Lenin
Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris (ciudad de la Prusia renana). Su padre era un abogado judío convertido al protestantismo en 1824. Su familia era acomodada y culta, aunque no revolucionaria. Tras cursar en Tréveris sus estudios de bachillerato, Marx se matriculó en la universidad, primero en la de Bonn y luego en la de Berlín, haciendo la carrera de Derecho, pero estudiando sobre todo historia y filosofía. Terminó sus estudios universitarios en 1841 con una tesis sobre la filosofía de Epicuro2. Sus ideas eran todavía las de un idealista hegeliano3. En Berlín se acercó al círculo de los hegelianos de izquierda(Bruno Bauer y otros), que intentaban extraer de la filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias.
Terminados sus estudios universitarios, Marx se trasladó a Bonn, con la intención de hacerse profesor. Pero la política reaccionaria del gobierno —que en 1832 había despojado de su cátedra a Ludwig Feuerbach y que en 1836 le había negado el reingreso en las aulas, y que en 1841 privó al joven profesor Bruno Bauer del derecho a enseñar desde la cátedra de Bonn— obligó a Marx a renunciar a la carrera docente. En aquella época, las ideas de los hegelianos de izquierda avanzaban rápidamente en Alemania. Fue Ludwig Feuerbach quien, sobre todo a partir de 1836, comenzó a someter a crítica la teología y a orientarse hacia el materialismo, que en 1841 (La esencia del cristianismo) se impone ya definitivamente en sus doctrinas; en 1843 ven la luz sus Principios de la filosofía del porvenir. “Hay que haber vivido la influencia liberadora” de estos libros, escribió Engels años más tarde refiriéndose a esas obras de Feuerbach. “Nosotros [es decir, los hegelianos de izquierda, entre ellos Marx] nos hicimos en el acto feuerbachianos”. Por aquel tiempo, los burgueses radicales renanos, que tenían ciertas coincidencias con los hegelianos de izquierda, fundaron en Colonia un periódico de oposición, la Gaceta Renana (cuyo primer número salió el 1 de enero de 1842). Sus principales colaboradores eran Marx y Bruno Bauer; en octubre de 1842, Marx fue nombrado redactor jefe del periódico y se trasladó de Bonn a Colonia. Con Marx al frente, la tendencia democrático-revolucionaria del periódico fue acentuándose, y el gobierno lo sometió primero a una doble censura y luego a una triple, para acabar ordenando su total supresión a partir del 1 de enero de 1843. Marx se vio obligado a abandonar su puesto de redactor jefe antes de esa fecha, pero su salida tampoco logró salvar al periódico, que dejó de publicarse en marzo de 1843. Entre los artículos más importantes publicados por Marx en la Gaceta Renana, Engels menciona, además de los que citamos más adelante (véase la Bibliografía5), el referido a la situación de los campesinos viticultores del valle del Mosela6. Como su labor periodística le había demostrado que no conocía suficientemente la economía política, Marx se dedicó afanosamente al estudio de esta ciencia.
Karl Marx
"Marx continúa y corona genialmente las tres principales corrientes ideológicas del siglo XIX: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés."
En 1843, Marx se casó en Kreuznach con Jenny von Westphalen, amiga suya de la infancia y con la que se había prometido cuando todavía era estudiante. Su esposa pertenecía a una reaccionaria familia aristocrática prusiana. Su hermano mayor fue ministro del Interior prusiano durante una de las épocas más reaccionarias (1850-58). En el otoño de 1843, Marx se trasladó a París, con objeto de editar en el extranjero una revista de tendencia radical en colaboración con Arnold Ruge (1802-1880; hegeliano de izquierda, encarcelado de 1825 a 1830, emigrado después de 1848, y partidario de Bismarck después de 1866-70). De esta revista, titulada Anales franco-alemanes, sólo llegó a ver la luz el primer cuaderno. Las dificultades con que tropezó su difusión clandestina en Alemania y las discrepancias de criterio surgidas entre Marx y Ruge hicieron que se suspendiese su publicación. Los artículos de Marx en los Anales nos muestran ya al revolucionario que proclama la “crítica despiadada de todo lo existente” y, en especial, la “crítica por las armas7”, apelando a las masas y al proletariado.
En septiembre de 1844 llegó a París, por unos días, Federico Engels, quien desde ese momento se convirtió en el amigo más íntimo de Marx. Ambos participaron de forma conjunta y muy activa en la vida, febril por aquel entonces, de los grupos revolucionarios de París (especial importancia revestía la doctrina de Proudhon8, a la que Marx sometió a una crítica demoledora en su obra Miseria de la filosofía, publicada en 1847) y, en lucha enérgica contra las diversas doctrinas del socialismo pequeñoburgués, forjaron la teoría y la táctica del socialismo proletario revolucionario, o comunismo (marxismo). Véanse las obras de Marx de esa época (1844-48) en la Bibliografía. En 1845, a instancias del gobierno prusiano, Marx fue expulsado de París por revolucionario peligroso, instalándose en Bruselas. En la primavera de 1847, Marx y Engels se afiliaron a una sociedad secreta de propaganda, la Liga de los Comunistas, y tuvieron una participación destacada en el II Congreso de esta organización (celebrado en Londres en noviembre de 1847), que les encomendó la redacción del famoso Manifiesto Comunista, que vio la luz en febrero de 1848. Esta obra expone, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo, la teoría de la lucha de clases y del papel histórico revolucionario universal del proletariado como creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista.
Al estallar la revolución de febrero de 18489, Marx fue expulsado de Bélgica y se trasladó nuevamente a París, desde donde se fue a Alemania tras la revolución de marzo, concretamente a Colonia. En esta ciudad se publicó, entre el 1 de junio de 1848 y el 19 de mayo de 1849, la Nueva Gaceta Renana, de la que Marx fue el redactor jefe.10 El curso de los acontecimientos revolucionarios de 1848 a 1849 vino a confirmar de manera brillante la nueva teoría, como la confirmarían en lo sucesivo todos los movimientos proletarios y democráticos de todos los países del mundo. La contrarrevolución triunfante hizo comparecer a Marx ante los tribunales, y si bien fue absuelto (9 de febrero de 1849), después fue expulsado de Alemania (16 de mayo de 1849). Marx se dirigió a París, de donde fue también expulsado tras la manifestación del 13 de junio de 1849,11 marchándose entonces a Londres, donde pasó el resto de su vida.
Las condiciones de vida en la emigración eran durísimas, como revela con toda claridad la correspondencia entre Marx y Engels (editada en 1913). La miseria asfixiaba realmente a Marx y a su familia; de no haber sido por la constante y altruista ayuda económica de Engels, Marx no sólo no habría podido acabar El Capital, sino que habría sucumbido inevitablemente bajo el peso de la miseria. Además, las doctrinas y corrientes del socialismo pequeñoburgués y del socialismo no proletario en general, predominantes en aquella época, obligaban a Marx a librar constantemente una lucha implacable, y a veces a repeler (como hace en su obra Señor Vogt) los ataques personales más rabiosos y absurdos. Manteniéndose al margen de los círculos de emigrados y concentrando sus fuerzas en el estudio de la economía política, Marx desarrolló su teoría materialista en una serie de trabajos históricos (véase la Bibliografía). Sus obras Contribución a la crítica de la economía política (1859) y El Capital (t. I, 1867) significaron una revolución en la ciencia económica (véase más adelante el apartado “La doctrina de Marx”).
La reanimación de los movimientos democráticos (a finales de la década de los 50 y en la década de los 60) llamó de nuevo a Marx a la actividad práctica. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres la famosa Primera Internacional, la Asociación Internacional de los Trabajadores. Marx fue el alma de esta organización, el autor de su primer manifiesto y de gran número de sus resoluciones, declaraciones y llamamientos. Con sus esfuerzos para unificar el movimiento obrero de los diferentes países y para lograr una actuación conjunta de las diversas formas del socialismo no proletario, premarxista (Mazzini, Proudhon, Bakunin, el tradeunionismo liberal inglés, las oscilaciones derechistas de Lassalle en Alemania, etc.), a la par que combatía las teorías de todas estas sectas y escuelas, Marx fue forjando la táctica común de la lucha proletaria de la clase obrera en los distintos países. Tras la derrota de la Comuna de París en 1871 —que Marx analizó de modo tan profundo, certero y brillante, y con tan gran espíritu práctico y revolucionario12—, y al producirse la escisión provocada por los bakuninistas13, la Internacional no podía subsistir en Europa. Después del congreso de La Haya (1872), Marx consiguió que el Consejo General de la Internacional se trasladase a Nueva York. La Primera Internacional había cumplido su misión histórica y dejaba paso a una época de desarrollo incomparablemente más amplio del movimiento obrero en todos los países del mundo, época en que este movimiento iba a desplegarse en extensión, creando partidos obreros socialistas de masas en cada estado nacional.
Su intensa labor en la Internacional y sus estudios teóricos, todavía más intensos, minaron definitivamente la salud de Marx. Prosiguió su obra de transformación de la economía política y se consagró a terminar El Capital, recopilando con este fin multitud de nuevos documentos y poniéndose a estudiar varios idiomas (el ruso entre ellos), pero la enfermedad le impidió concluir El Capital.
Karl Marx
"De no haber sido por la constante y altruista ayuda económica de Engels, Marx no sólo no habría podido acabar 'El Capital', sino que habría sucumbido inevitablemente bajo el peso de la miseria."
El 2 de diciembre de 1881 murió su esposa. El 14 de marzo de 1883, Marx se quedó dormido apaciblemente para siempre en su sillón. Está enterrado, junto a su mujer, en el cementerio londinense de Highgate. Varios hijos de Marx murieron en Londres siendo niños, cuando la familia atravesaba severas dificultades económicas. Tres de sus hijas se casaron con socialistas de Inglaterra y Francia: Eleanor Aveling, Laura Lafargue y Jenny Longuet. Un hijo de esta última es miembro del Partido Socialista Francés.14
La doctrina de Marx
El marxismo es el sistema de las ideas y la doctrina de Marx. Marx continúa y corona genialmente las tres principales corrientes ideológicas del siglo XIX, nacidas en los tres países más avanzados de la humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, unido a las doctrinas revolucionarias francesas en general. La admirable coherencia y la unidad sistemática —reconocidas incluso por sus adversarios— que en conjunto representan el materialismo y el socialismo científicos modernos como teoría y programa del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo nos obligan a esbozar brevemente su concepción general del mundo, antes de exponer la esencia del marxismo, o sea, la doctrina económica de Marx.
El materialismo filosófico
Desde 1844-45, época en que se forman sus ideas, Marx es materialista y, concretamente, sigue a Ludwig Feuerbach, cuyo punto débil fue para él, entonces y más tarde, la falta de consecuencia y de universalidad de su materialismo. Para Marx, la significación histórica universal de Feuerbach, lo que “hizo época”, era precisamente el haber roto resueltamente con el idealismo hegeliano y la proclamación del materialismo, que ya “en el siglo XVIII, sobre todo en Francia, representaba la lucha no sólo contra las instituciones políticas existentes y, al mismo tiempo, contra la religión y la teología, sino también (...) contra toda metafísica” (en el sentido de “especulación ebria”, a diferencia de la “filosofía sobria”) (La sagrada familia, en Herencia Literaria15). “Para Hegel —escribió Marx—, el proceso del pensamiento, al que convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo16 de lo real (...) Para mí, por el contrario, lo ideal no es más que lo material transpuesto y traducido en la cabeza del hombre” (C. Marx, El Capital, t. I, palabras finales a la 2ª ed.). Mostrándose plenamente de acuerdo con esta filosofía materialista de Marx, Federico Engels la expone así en su Anti-Dühring (véase), cuyo manuscrito conoció Marx:
“La unidad del mundo no consiste en su ser (...) La unidad real del mundo consiste en su materialidad, que tiene su prueba (...) en el largo y penoso desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales (...) El movimiento es la forma de existencia de la materia. Jamás ni en ninguna parte ha existido ni puede existir materia sin movimiento, ni movimiento sin materia (...) Si nos preguntamos (...) qué son en realidad y de dónde proceden el pensamiento y la conciencia, nos encontramos con que son productos del cerebro humano y con que el mismo hombre no es más que un producto de la naturaleza, que se ha formado y desarrollado en su ambiente y con ella; por donde llegamos a la conclusión, lógica por sí misma, de que los productos del cerebro humano, que en última instancia también son productos de la naturaleza, no se contradicen, sino que se armonizan con la concatenación general de la naturaleza. (...) Hegel era idealista, es decir, no consideraba las ideas de su cerebro como reflejos [Abbilder, pero a veces Engels habla de ‘reproducciones’] más o menos abstractos de los objetos y los fenómenos reales, sino, al contrario, eran los objetos y su desarrollo los que para él eran los reflejos de la idea, existente no se sabe dónde antes de aparecer el mundo”.
En Ludwig Feuerbach [y el fin de la filosofía clásica alemana], obra en la que Engels expone sus ideas y las de Marx sobre la filosofía de Feuerbach, y cuyo original envió a la imprenta tras revisar un antiguo manuscrito suyo y de Marx, datado en los años 1844-45, acerca de Hegel, Feuerbach y la concepción materialista de la historia, Engels escribe:
“El gran problema cardinal de toda filosofía, especialmente de la moderna, es el problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza (...) ¿Qué es lo primero, el espíritu o la naturaleza? (...) Los filósofos se dividían en dos grandes campos, según la contestación que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban que el espíritu estaba antes que la naturaleza y que, por tanto, admitían en última instancia una creación del mundo, de una u otra forma (...) se agrupaban en el campo del idealismo. Los demás, aquellos para quienes la naturaleza era lo primero, se adherían a las distintas escuelas del materialismo”.
Todo otro uso de los conceptos de idealismo y materialismo (en sentido filosófico) sólo siembra la confusión. Marx rechaza enérgicamente no sólo el idealismo —vinculado siempre, de un modo u otro, a la religión—, sino también las doctrinas de Hume y de Kant17, tan extendidas en nuestros días, es decir, las distintas formas de agnosticismo, criticismo y positivismo; para Marx, esta clase de filosofía era una concesión “reaccionaria” al idealismo y, en el mejor de los casos, una “manera vergonzante de aceptar el materialismo bajo cuerda y renegar de él públicamente”.18 Sobre esto puede consultarse, aparte de las obras ya citadas de Engels y Marx, la carta de este último a Engels, de 12 de diciembre de 1868, en la que habla de unas declaraciones del célebre naturalista T. Huxley, en que se muestra “más materialista” que de ordinario y reconoce: “nosotros observamos y pensamos realmente; nunca podemos salirnos del materialismo”. Pero, al mismo tiempo, Marx le reprocha que deje abierto un “portillo” al agnosticismo, a la filosofía de Hume. En particular, conviene destacar la concepción de Marx acerca de las relaciones entre libertad y necesidad: “La necesidad sólo es ciega mientras no se la comprende. La libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad” (Engels, Anti-Dühring). Esto equivale a reconocer el dominio de las leyes objetivas de la naturaleza y la transformación dialéctica de la necesidad en libertad (a la par que la transformación de la “cosa en sí”, todavía desconocida pero susceptible de ser conocida, en “cosa para nosotros”, y de la “esencia de las cosas” en “fenómenos”).
Karl Marx
"El movimiento es la forma de existencia de la materia. Jamás ni en ninguna parte ha existido ni puede existir materia sin movimiento, ni movimiento sin materia"
Para Marx y Engels, los mayores defectos del “viejo” materialismo, incluido el de Feuerbach (y con mayor razón todavía el materialismo “vulgar” de Büchner, Vogt y Moleschott19), eran los siguientes: 1) era “predominantemente mecanicista” y no tenía en cuenta los últimos progresos de la química y la biología (en nuestros días habría que añadir la teoría eléctrica de la materia); 2) no tenía un carácter histórico ni dialéctico (sino metafísico, en el sentido de antidialéctico) y no mantenía consecuentemente ni en todos sus aspectos el criterio del desarrollo; y 3) concebía “la esencia del hombre” abstractamente, y no como el “conjunto de las relaciones sociales” (históricamente concretas y determinadas), motivo por el cual se limitaba a “explicar” el mundo, cuando en realidad se trata de “transformarlo”; es decir, no comprendía la importancia de la “actividad revolucionaria práctica”.
La dialéctica
Para Marx y Engels, la dialéctica hegeliana, o sea, la doctrina más multilateral, más rica en contenido y más profunda del desarrollo, era la mayor conquista de la filosofía clásica alemana. Toda otra formulación del principio del desarrollo, de la evolución, les parecía estrecha y pobre, deformadora y mutiladora de la verdadera marcha del desarrollo en la naturaleza y en la sociedad (marcha que a menudo se efectúa a través de saltos, cataclismos y revoluciones). “Marx y yo fuimos seguramente casi los únicos que tratamos de salvar [del descalabro del idealismo, incluido el hegelianismo] la dialéctica consciente para traerla a la concepción materialista de la naturaleza (...) La naturaleza es la piedra de toque de la dialéctica, y hay que decir que las modernas ciencias naturales, que nos han brindado una extraordinaria cantidad de datos [¡y esto fue escrito antes de que se descubriesen el radio, los electrones, la transformación de los elementos...!] que aumentan cada día que pasa, demuestran que la naturaleza se mueve, en última instancia, dialécticamente, y no metafísicamente”.
“La gran idea cardinal —escribe Engels— de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de surgimiento y desaparición (...) esta gran idea cardinal se halla ya tan arraigada en la conciencia habitual, sobre todo desde Hegel, que expuesta así, en términos generales, apenas encuentra oposición. Pero una cosa es reconocerla de palabra y otra cosa es aplicarla a la realidad concreta, en todos los campos sometidos a investigación. (...) Para la filosofía dialéctica no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero, y sólo deja en pie el proceso ininterrumpido del devenir y del perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante es esta misma filosofía”.20 Así pues, la dialéctica es, según Marx, “la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano”.
Este aspecto revolucionario de la filosofía hegeliana es el que Marx recoge y desarrolla. El materialismo dialéctico “no necesita de ninguna filosofía situada por encima de las demás ciencias”. Lo único que queda en pie de la filosofía anterior es “la teoría del pensamiento y sus leyes, la lógica formal y la dialéctica”. Y la dialéctica, tal como la concibe Marx, y también Hegel, engloba lo que hoy se llama la teoría del conocimiento o gnoseología, ciencia que debe enfocar también su objeto desde un punto de vista histórico, investigando y generalizando los orígenes y el desarrollo del conocimiento, y el paso del no conocimiento al conocimiento.
Actualmente, la idea del desarrollo, de la evolución, ha penetrado casi en su integridad en la conciencia social, pero no a través de la filosofía de Hegel, sino por otros caminos. Sin embargo, esta idea, tal como la formularon Marx y Engels, apoyándose en Hegel, es mucho más completa, mucho más rica en contenido, que la teoría de la evolución al uso. Es un desarrollo que parece repetir las etapas ya recorridas, pero de otro modo, sobre una base más alta (la “negación de la negación”), un desarrollo que no discurre en línea recta, sino en espiral, por así decirlo; un desarrollo a saltos, a través de cataclismos y revoluciones, que son “interrupciones de la gradualidad”, transformaciones de la cantidad en calidad; impulsos internos del desarrollo originados por la contradicción, por el choque de las diversas fuerzas y tendencias que actúan sobre un determinado cuerpo o en los límites de un fenómeno dado, o en el seno de una sociedad dada; interdependencia e íntima e indisoluble concatenación de todos los aspectos de cada fenómeno (con la particularidad de que la historia pone constantemente al descubierto aspectos nuevos), concatenación que ofrece un proceso de movimiento uniforme, universal y sujeto a leyes: tales son algunos rasgos de la dialéctica, teoría mucho más compleja y rica que la teoría corriente. (Véase la carta de Marx a Engels del 8 de enero de 1868, en la que se mofa de las “rígidas tricotomías” de Stein21, que sería ridículo confundir con la dialéctica materialista).
La concepción materialista de la historia
La conciencia de que el viejo materialismo era una teoría inconsecuente, incompleta y unilateral llevó a Marx a la convicción de que era necesario “poner en armonía con la base materialista, reconstruyéndola sobre ella, la ciencia de la sociedad”.22 Si el materialismo en general explica la conciencia por el ser, y no al contrario, aplicado a la vida social de la humanidad exige que la conciencia social se explique por el ser social. “La tecnología —dice Marx— pone al descubierto la relación activa del hombre con la naturaleza, el proceso inmediato de producción de su vida y, al mismo tiempo, de sus condiciones sociales de vida y de las representaciones espirituales que de ellas se derivan”.23 Y en el prólogo a su Contribución a la crítica de la economía política, Marx ofrece una formulación integral de los principios fundamentales del materialismo aplicados a la sociedad humana y a su historia. Dice así: “En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.
“El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura política y jurídica, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción, que pueden verificarse con la precisión propia de las ciencias naturales, y las revoluciones jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.
Karl Marx
"La historia de todas las sociedades hasta nuestros días —exceptuando la historia del régimen de la comunidad primitiva— es la historia de las luchas de clases."
“Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que piensa de sí mismo, no podemos juzgar tampoco estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción (…) A grandes rasgos, podemos señalar como otras tantas épocas de progreso, en la formación económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués”.24 (Véase la breve formulación que Marx da en su carta a Engels del 7 de julio de 1866: “Nuestra teoría de que la organización del trabajo está determinada por los medios de producción”.)
El descubrimiento de la concepción materialista de la historia, o mejor dicho, la consecuente aplicación y extensión del materialismo al campo de los fenómenos sociales, acabó con los dos defectos fundamentales de las viejas teorías de la historia. En primer lugar, esas teorías solamente consideraban, en el mejor de los casos, los móviles ideológicos de la actividad histórica de los hombres, sin investigar el origen de esos móviles, sin captar las leyes objetivas que rigen el desarrollo del sistema de las relaciones sociales, sin ver las raíces de estas relaciones en el grado de desarrollo de la producción material; en segundo lugar, las viejas teorías no abarcaban precisamente las acciones de las masas de la población, mientras que el materialismo histórico permitió estudiar, por primera vez y con la exactitud de las ciencias naturales, las condiciones sociales de la vida de las masas y los cambios operados en estas condiciones.
La “sociología” y la historiografía anteriores a Marx proporcionaron, en el mejor de los casos, datos no analizados y fragmentarios, y la descripción de aspectos aislados del proceso histórico. El marxismo señaló el camino para un estudio universal y multilateral del proceso de aparición, desarrollo y decadencia de las formaciones económico-sociales, examinando el conjunto de todas las tendencias contradictorias y reduciéndolas a las condiciones, perfectamente determinables, de vida y de producción de las distintas clases sociales, eliminando el subjetivismo y la arbitrariedad en la elección de las diversas ideas “dominantes” o en su interpretación, y poniendo al descubierto las raíces de todas las ideas y de las diversas tendencias que se manifiestan en el estado de las fuerzas productivas materiales, sin excepción. Los hombres hacen su propia historia, pero ¿qué determina los motivos de los hombres, de las masas?, ¿qué provoca los choques de ideas y las aspiraciones contradictorias?, ¿qué representa el conjunto de todos esos choques que se producen en las masas de las sociedades humanas?, ¿cuáles son las condiciones objetivas de producción de la vida material que forman la base de toda la actuación histórica de los hombres?, ¿cuál es la ley que rige el desarrollo de estas condiciones? Marx concentró su atención en todo esto y trazó el camino para estudiar científicamente la historia como un proceso único y regido por leyes, pese a toda su inmensa complejidad y a todo su carácter contradictorio.
La lucha de clases
Todo el mundo sabe que en cualquier sociedad las aspiraciones de algunos de sus miembros chocan abiertamente con las aspiraciones de otros, que la vida social está llena de contradicciones, que la historia nos muestra la lucha entre pueblos y sociedades, así como en su propio seno; todo el mundo sabe también que se produce una sucesión de períodos de revolución y de reacción, de paz y de guerra, de estancamiento y de rápido progreso, o de decadencia. El marxismo nos proporciona el hilo conductor que permite descubrir una lógica en ese aparente laberinto y caos, a saber: la teoría de la lucha de clases. Sólo el estudio del conjunto de las aspiraciones de todos los miembros de una sociedad dada, o de un grupo de sociedades, permite fijar con precisión científica el resultado de dichas aspiraciones. Ahora bien, el origen de esas aspiraciones contradictorias son siempre las diferencias de situación y de condiciones de vida de las clases en que se divide toda sociedad.
“La historia de todas las sociedades hasta nuestros días —dice Marx en el Manifiesto Comunista (exceptuando la historia del régimen de la comunidad primitiva, añade más tarde Engels)— es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces, y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna. (...) La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas. Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado”.
A partir de la Gran Revolución Francesa, la historia de Europa pone de relieve en distintos países, con particular evidencia, la verdadera causa de los acontecimientos: la lucha de clases. Ya en la época de la Restauración25 destacan en Francia algunos historiadores (Thierry, Guizot, Mignet, Thiers) que, al generalizar los acontecimientos, no pudieron dejar de ver que la lucha de clases era la clave para la comprensión de toda la historia francesa. Y la época contemporánea, la época del triunfo completo de la burguesía y de las instituciones representativas, del sufragio amplio (cuando no universal), de la prensa diaria barata que llega a las masas, etc., la época de las poderosas asociaciones obreras y patronales cada vez más vastas, etc., pone de manifiesto de un modo todavía más patente (aunque a veces de forma unilateral, “pacífica”, “constitucional”) que la lucha de clases es el motor de los acontecimientos. El siguiente pasaje del Manifiesto Comunista nos muestra lo que Marx exigía de la sociología para el análisis objetivo de la situación de cada clase en la sociedad moderna y en relación con el análisis de las condiciones de desarrollo de cada clase:
“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar.
“Las capas medias (el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino), todas ellas luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, ya que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarias únicamente por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado”.
Karl Marx
"De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria."
En una serie de obras históricas (véase la Bibliografía), Marx nos ofrece brillantes y profundos ejemplos de historiografía materialista, de análisis de la situación de cada clase en particular y, a veces, de los diferentes grupos o capas que se manifiestan dentro de ella, mostrando palmariamente por qué y cómo “toda lucha de clases es una lucha política”.
El pasaje que acabamos de citar ilustra lo intrincada que es la red de relaciones sociales y grados transitorios de una clase a otra, del pasado al futuro, que Marx analiza para determinar la resultante del desarrollo histórico.
La confirmación y aplicación más profunda, completa y detallada de la teoría de Marx es su doctrina económica.
La doctrina económica de Marx
“El fin último de esta obra —dice Marx en su prólogo a El Capital— es descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna”, es decir, de la sociedad capitalista, de la sociedad burguesa. El estudio de las relaciones de producción de una sociedad dada, históricamente determinada en su surgimiento, desarrollo y decadencia: tal es el contenido de la doctrina económica de Marx. En la sociedad capitalista impera la producción de mercancías; por eso, el análisis de Marx empieza con el análisis de la mercancía.
El valor
Una mercancía es, en primer lugar, un objeto que satisface una necesidad humana cualquiera. En segundo lugar, es un objeto que se puede cambiar por otro. La utilidad de un objeto lo convierte en un valor de uso. El valor de cambio (o valor a secas) es, ante todo, la relación o proporción en que cierto número de valores de uso de una clase se cambian por un determinado número de valores de uso de otra clase. La experiencia diaria nos muestra que, a través de millones y miles de millones de esos actos de cambio, se equiparan constantemente todo género de valores de uso, incluso los más diversos y menos equiparables entre sí.
¿Qué tienen en común esos diversos objetos que constantemente son equiparados entre sí en un determinado sistema de relaciones sociales? Tienen en común que todos son productos del trabajo. Al cambiar sus productos, los hombres establecen relaciones de equivalencia entre las más diversas clases de trabajo. La producción de mercancías es un sistema de relaciones sociales en que los diversos productores crean distintos productos (división social del trabajo) y en que todos esos productos se equiparan entre sí por medio del cambio. Por tanto, lo que todas las mercancías tienen en común no es el trabajo concreto de una determinada rama de la producción, no es un trabajo de determinado tipo, sino trabajo humano abstracto, el trabajo humano en general.
Toda la fuerza de trabajo de una sociedad dada, representada por la suma de valores de todas las mercancías, constituye una y la misma fuerza de trabajo humana; así lo evidencian miles de millones de actos de cambio. Por consiguiente, cada mercancía por separado no representa más que una cierta parte del tiempo de trabajo socialmente necesario. La magnitud del valor se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario o por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir determinada mercancía, determinado valor de uso.
“Al equiparar, mediante el cambio, sus diversos productos, los hombres equiparan sus diversos trabajos como modalidades del trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen”. El valor es, como dijo un viejo economista, una relación entre dos personas; debió simplemente añadir: una relación encubierta por una envoltura material. Sólo partiendo del sistema de las relaciones sociales de producción en una formación social históricamente determinada, relaciones que se manifiestan en el cambio, fenómeno generalizado que se repite miles de millones de veces, podemos comprender qué es el valor. “Como valores, las mercancías no son más que cantidades determinadas de tiempo de trabajo coagulado”.
Tras analizar en detalle el doble carácter del trabajo encarnado en las mercancías, Marx pasa al análisis de la forma del valor y del dinero. Con ello, Marx se propone fundamentalmente buscar el origen de la forma monetaria del valor, estudiar el proceso histórico de desarrollo del cambio, comenzando por las operaciones sueltas y fortuitas de trueque (“forma simple, suelta o casual del valor”: determinada cantidad de una mercancía es cambiada por determinada cantidad de otra mercancía) y pasando por la forma general del valor, en que mercancías diferentes se cambian por otra mercancía determinada y concreta, siempre la misma, hasta llegar a la forma monetaria del valor, en que la función de esta mercancía, o sea, la función de equivalente universal, la desempeña ya el oro. El dinero, producto supremo del desarrollo del cambio y de la producción de mercancías, disfraza y oculta el carácter social de los trabajos individuales, la concatenación social existente entre los diversos productores unidos por el mercado. Marx somete a un análisis extraordinariamente minucioso las diversas funciones del dinero, debiendo resaltarse aquí (como en los primeros capítulos de El Capital) que lo que parece una exposición abstracta y a veces puramente deductiva es en realidad un gigantesco arsenal de datos sobre la historia del desarrollo del cambio y de la producción de mercancías.
“El dinero presupone cierto nivel en el cambio de mercancías. Las diversas formas del dinero (simple equivalente de mercancías, medio de circulación, medio de pago, tesoro y dinero mundial) señalan, según el distinto alcance y el predominio relativo de una de estas funciones, grados muy distintos del proceso social de producción” (El Capital, t. I).
La plusvalía
Al alcanzar la producción de mercancías un determinado grado de desarrollo, el dinero se convierte en capital. La fórmula de la circulación de mercancías era: M (mercancía) – D (dinero) – M (mercancía), es decir, venta de una mercancía para comprar otra. Por el contrario, la fórmula general del capital es D–M–D, es decir, la compra para la venta (con ganancia). Marx llama plusvalía al crecimiento del valor primitivo del dinero que se lanza a la circulación. Que el dinero lanzado a la circulación capitalista “crece” es un hecho que todo el mundo conoce. Y precisamente ese “crecimiento” es lo que convierte el dinero en capital, o sea, en una relación social de producción históricamente determinada. La plusvalía no puede provenir de la circulación de mercancías, pues esta sólo conoce el cambio de equivalentes; tampoco puede provenir de un alza en los precios, pues las pérdidas y las ganancias recíprocas de vendedores y compradores se equilibrarían; se trata de un fenómeno social medio, generalizado, y no de un fenómeno individual. Para obtener plusvalía, “el poseedor del dinero necesita encontrar en el mercado una mercancía cuyo valor de uso posea la peculiar cualidad de ser fuente de valor”, una mercancía cuyo proceso de consumo sea, al mismo tiempo, un proceso de creación de valor.
Y esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo humana. Su consumo es el trabajo, y el trabajo crea valor. El poseedor del dinero compra la fuerza de trabajo por su valor, valor que es determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla (es decir, por el coste del mantenimiento del obrero y su familia). Una vez que ha comprado la fuerza de trabajo, el poseedor del dinero tiene derecho a consumirla, es decir, a obligarla a trabajar durante un día entero, por ejemplo, durante doce horas. Pero el obrero crea en seis horas (tiempo de trabajo “necesario”) un producto con el que cubre los gastos de su mantenimiento; durante las seis horas restantes (tiempo de trabajo “suplementario”) crea un “plusproducto” no retribuido por el capitalista, que es la plusvalía. Por consiguiente, desde el punto de vista del proceso de la producción, en el capital hay que distinguir dos partes: el capital constante —invertido en medios de producción (máquinas, instrumentos de trabajo, materias primas, etc.) y cuyo valor se transfiere sin cambios (de una sola vez o en parte) al producto elaborado— y el capital variable, que es el que se invierte en pagar la fuerza de trabajo. El valor de este capital no permanece invariable, sino que aumenta en el proceso del trabajo, al crear la plusvalía. Por tanto, para expresar el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital no tenemos que comparar la plusvalía obtenida con el capital global, sino exclusivamente con el capital variable. La cuota de plusvalía, como llama Marx a esta relación, sería, pues, en nuestro ejemplo, de 6:6, es decir, del 100%.
Las premisas históricas para la aparición del capital son: 1) la acumulación de determinada suma de dinero en manos de ciertas personas, con un nivel de desarrollo relativamente alto de la producción de mercancías en general; y 2) la existencia de obreros “libres” en un doble sentido: libres de todas las trabas o restricciones impuestas a la venta de la fuerza de trabajo y libres por carecer de tierra y, en general, de medios de producción, la existencia de obreros desposeídos, de obreros “proletarios”, que sólo pueden subsistir vendiendo su fuerza de trabajo.
Hay dos modos fundamentales para incrementar la plusvalía: la prolongación de la jornada de trabajo (“plusvalía absoluta”) y la reducción del tiempo de trabajo necesario (“plusvalía relativa”). Al analizar el primer modo, Marx hace desfilar ante nosotros el grandioso panorama de la lucha de la clase obrera para reducir la jornada laboral y de la intervención del poder estatal, primero para prolongarla (siglos XIV-XVII) y después para reducirla (legislación fabril del siglo XIX). Desde la aparición de El Capital, la historia del movimiento obrero de todos los países civilizados ha aportado miles y miles de nuevos datos que ilustran este panorama.
En su análisis de la producción de la plusvalía relativa, Marx investiga las tres etapas históricas fundamentales en el proceso de elevación de la productividad del trabajo por el capitalismo: 1) la cooperación simple; 2) la división del trabajo y la manufactura; 3) la maquinaria y la gran industria. La profundidad con que Marx pone de relieve los rasgos fundamentales y típicos del desarrollo del capitalismo es mostrada, entre otras cosas, por el hecho de que el estudio de la llamada industria de los kustares26 en Rusia aporta abundante material para ilustrar las dos primeras de las tres etapas mencionadas. En cuanto al efecto revolucionario de la gran industria mecanizada, descrito por Marx en 1867, a lo largo del medio siglo transcurrido desde entonces se ha venido revelando en toda una serie de países “nuevos” (Rusia, Japón, etc.).
Prosigamos. Importantísimo y nuevo es el análisis de Marx sobre la acumulación del capital, es decir, sobre la transformación de una parte de la plusvalía en capital y sobre su empleo no para satisfacer las necesidades personales o los caprichos del capitalista, sino para volver a producir. Marx hace ver el error de toda la economía política clásica anterior (desde Adam Smith27) al suponer que toda la plusvalía que se convertía en capital pasaba a formar parte del capital variable, cuando en realidad se descompone en medios de producción y en capital variable. El incremento más rápido de la parte del capital constante (en la suma total del capital) respecto a la parte del capital variable tiene excepcional importancia en el proceso de desarrollo del capitalismo y de su transformación en socialismo.
Al acelerar el desplazamiento de los obreros por la maquinaria, produciendo riqueza en un polo y miseria en el polo opuesto, la acumulación del capital crea también el llamado “ejército industrial de reserva”, el “excedente relativo” de obreros o “superpoblación capitalista”, que reviste formas muy diversas y permite al capital ampliar con singular rapidez la producción. Esta posibilidad, combinada con el crédito y la acumulación de capital en medios de producción, nos da, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de sobreproducción que estallan periódicamente en los países capitalistas, primero cada diez años, término medio, y luego con intervalos mayores y menos precisos. Hay que distinguir entre la acumulación de capital realizada ya bajo el capitalismo y la conocida como acumulación primitiva: la separación forzosa del trabajador de sus medios de producción, la expulsión del campesino de sus tierras, el robo de las tierras comunales, el sistema de las colonias y el sistema de las deudas nacionales, las tarifas aduaneras proteccionistas, etc. La “acumulación primitiva” crea, en un polo, al proletario “libre”, y en el contrario, al poseedor del dinero, el capitalista.
Karl Marx
"El conjunto de las relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, sobre la que se levanta la superestructura política y jurídica."
Marx describe la “tendencia histórica de la acumulación capitalista” con las famosas siguientes palabras: “La expropiación de los productores directos se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y con el acicate de las pasiones más infames, más ruines, más mezquinas y más odiosas. La propiedad privada, fruto del trabajo personal [del campesino y del artesano] “y que el individuo libre ha creado identificándose en cierto modo con los instrumentos y las condiciones de su trabajo, cede el sitio a la propiedad privada capitalista, basada en la explotación de la fuerza de trabajo ajena y que no tiene más que una apariencia de libertad (...) Ahora no se trata ya de expropiar al trabajador que explota él mismo su hacienda, sino al capitalista, que explota a muchos obreros. Esta expropiación se realiza a través de la acción de las leyes inherentes a la propia producción capitalista, a través de la centralización de los capitales. Un capitalista derrota a muchos otros. Y paralelamente a esta centralización del capital o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la forma cooperativa del proceso de trabajo, se desarrolla la aplicación consciente de la ciencia a la técnica, la explotación sistemática de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo utilizables sólo colectivamente, la economía de todos los medios de producción al ser usados como medios de producción de un trabajo combinado, social, la incorporación de todos los pueblos a la red del mercado mundial y, junto a ello, el carácter internacional del régimen capitalista. A medida que disminuye constantemente el número de magnates capitalistas, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, aumenta la miseria, la opresión, la esclavitud, la degeneración, la explotación; pero aumenta también la rebeldía de la clase obrera, que es aleccionada, unida y organizada por el mecanismo del propio proceso de producción capitalista. El monopolio del capital se convierte en grillete del modo de producción que se había desarrollado con él y gracias a él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista, que acaba por estallar. A la propiedad privada capitalista le llega su hora. Los expropiadores son expropiados” (El Capital, t. I).
Otro punto sumamente importante y nuevo es el análisis que Marx hace de la reproducción del capital social, tomado en su conjunto, en el tomo II de El Capital. También en este caso toma Marx un fenómeno general, y no individual; toma toda la economía social en su conjunto, y no una parte de ella. Rectificando el error antes mencionado de los economistas clásicos, Marx divide toda la producción social en dos grandes secciones: 1) producción de medios de producción; y 2) producción de artículos de consumo. Y, apoyándose en cifras, analiza minuciosamente la circulación del capital social en su conjunto, tanto en la reproducción simple como en la acumulación. En el tomo III de El Capital se resuelve, sobre la base de la ley del valor, el problema de la formación de la tasa media de ganancia. Es un gran progreso en la ciencia económica el hecho de que Marx parta siempre, en sus investigaciones, de los fenómenos económicos generales, del conjunto de la economía social, y no de casos aislados o de las manifestaciones superficiales de la competencia, que es a lo que suele limitarse la economía política vulgar o la moderna “teoría de la utilidad marginal28”. Marx analiza primero el origen de la plusvalía y luego pasa a ver su descomposición en ganancia, interés y renta del suelo. La ganancia es la relación entre la plusvalía y todo el capital invertido en una empresa. El capital de “alta composición orgánica” (es decir, aquel en el cual el capital constante predomina sobre el capital variable en proporciones superiores a la media social) arroja una tasa de ganancia inferior a la media. El capital de “baja composición orgánica” rinde, por el contrario, una tasa de ganancia superior a la media. La competencia entre los capitales y su paso libre de unas ramas productivas a otras reducen a la media la tasa de ganancia. La suma de los valores de todas las mercancías de una sociedad dada coincide con la suma de precios de esas mercancías; pero en las distintas empresas y en las diversas ramas de la producción, las mercancías, bajo la presión de la competencia, no se venden por su valor, sino por el precio de producción, que equivale al capital invertido más la ganancia media.
Así pues, un hecho conocido de todos e indiscutible (que los precios difieren de los valores y que las ganancias se compensan unas con otras), Marx lo explica perfectamente partiendo de la ley del valor, pues la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de sus precios. Sin embargo, la reducción del valor (social) a los precios (individuales) no es una operación simple y directa, sino que sigue una vía muy complicada: es perfectamente lógico que en una sociedad de productores de mercancías dispersos, vinculados solamente por el mercado, las leyes que rigen esa sociedad se manifiesten necesariamente a través de resultados medios, sociales, generales, con una compensación recíproca de las desviaciones individuales en uno u otro sentido.
La elevación de la productividad del trabajo significa un incremento más rápido del capital constante respecto al variable. Pero como la creación de plusvalía es una función privativa del capital variable, se comprende que la tasa de ganancia (o sea, la relación entre la plusvalía y todo el capital, no sólo con su parte variable) acuse una tendencia a la baja. Marx analiza detalladamente esta tendencia, así como las diversas circunstancias que la ocultan o la contrarrestan. Sin detenernos a exponer los capítulos, extraordinariamente interesantes, del tomo III, que tratan del capital usurario, comercial y monetario, pasaremos a lo esencial, a la teoría de la renta del suelo.
Dado que la superficie del suelo está limitada, puesto que en los países capitalistas lo ocupan enteramente propiedades particulares, el coste de producción de los productos agrícolas no lo determinan los gastos de producción en los terrenos de calidad media, sino en los de calidad inferior; no lo determinan las condiciones medias en que el producto se lleva al mercado, sino las condiciones peores. La diferencia existente entre este coste y el coste de producción en las tierras mejores (o en condiciones más favorables de producción) constituye la renta diferencial. Marx analiza en detalle la renta diferencial y demuestra que proviene de la diferente fertilidad del suelo, de la diferencia de los capitales invertidos en el cultivo de las tierras, poniendo totalmente al descubierto (véase también Teorías sobre la plusvalía, donde merece especial atención la crítica a Rodbertus29) el error de Ricardo, según el cual la renta diferencial sólo se obtiene por el paso sucesivo de tierras mejores a otras peores. Por el contrario, se dan también casos inversos: tierras de una clase determinada se transforman en tierras de otra clase (gracias a los progresos de la técnica agrícola, a la expansión de las ciudades, etc.), por lo que la célebre “ley del rendimiento decreciente del suelo” es un profundo error que intenta cargar sobre la naturaleza los defectos, limitaciones y contradicciones del capitalismo.
Además, la igualdad de ganancias en todas las ramas de la industria y de la economía nacional presupone la plena libertad de competencia, la libertad de transferir los capitales de una rama de la producción a otra. Pero la propiedad privada del suelo crea un monopolio, que es un obstáculo para esa libre transferencia. En virtud de ese monopolio, los productos de una economía agrícola que se distingue por una baja composición del capital, y que por consiguiente da una tasa de ganancia individual más alta, no entran en el proceso totalmente libre de nivelación de las tasas de ganancia.
El propietario agrícola puede, en calidad de monopolista, mantener sus precios por encima del nivel medio, y este precio de monopolio origina la renta absoluta. La renta diferencial no puede ser abolida dentro del capitalismo; en cambio, la renta absoluta sí puede serlo; por ejemplo, con la nacionalización de la tierra, que la convierte en propiedad del Estado. Esta medida significaría romper el monopolio de los propietarios privados, así como una aplicación más consecuente y más completa de la libre competencia en la agricultura. Por eso, advierte Marx, los burgueses radicales han formulado repetidas veces a lo largo de la historia esta reivindicación burguesa progresista de nacionalizar la tierra, que sin embargo asusta a la mayoría de los burgueses porque “toca” demasiado de cerca a otro monopolio mucho más importante y “sensible” en nuestros días: el monopolio de los medios de producción en general. (En su carta a Engels del 2 de agosto de 1862, Marx expone en un lenguaje muy popular, conciso y claro su teoría de la ganancia media sobre el capital y de la renta absoluta del suelo. Véase Correspondencia, t. III, págs. 77-81, y también la carta del 9 de agosto de 1862, en las pp. 86-87).
En la historia de la renta del suelo es también importante señalar el análisis de Marx que demuestra la transformación de la renta de trabajo (cuando el campesino crea el plusproducto trabajando la tierra del amo) en renta natural o renta en especie (cuando el campesino crea el plusproducto trabajando su propia tierra, entregándoselo luego al amo por el imperio de la “coerción extraeconómica”), después en renta en dinero (que es la misma renta en especie, sólo que convertida en dinero, el obrok30 de la antigua Rusia, en virtud del desarrollo de la producción de mercancías) y, por último, en renta capitalista, cuando, en vez del campesino, es el patrono quien cultiva la tierra con ayuda del trabajo asalariado.
En relación con este análisis de la génesis de la renta capitalista del suelo, hay que señalar una serie de profundas ideas de Marx (de especial importancia para los países atrasados, como Rusia) sobre la evolución del capitalismo en la agricultura:
“La transformación de la renta natural en renta en dinero no sólo va acompañada invariablemente por la formación de una clase de jornaleros desposeídos, que se contratan por dinero, sino que incluso la precede. En el curso del período de su formación, cuando esta nueva clase sólo aparece esporádicamente, entre los campesinos más acomodados, sujetos al obrok, va extendiéndose, como es lógico, la costumbre de explotar por su cuenta a obreros asalariados agrícolas, del mismo modo que ya en la época feudal los siervos de la gleba acomodados31 tenían a su vez vasallos a su servicio. Esto les da la posibilidad de ir acumulando poco a poco cierta fortuna y de transformarse en futuros capitalistas. Entre los antiguos cultivadores de tierra propia surge así un foco de arrendatarios capitalistas, cuyo desarrollo depende del desarrollo general de la producción capitalista fuera de la agricultura” (El Capital, t. III, p. 332).
“La expropiación y la expulsión de la aldea de una parte de la población rural no sólo ‘libera’ para el capital industrial a los obreros, sus medios de vida y sus instrumentos de trabajo, sino que le crea el mercado interior” (El Capital, t. I, p. 778).
La depauperación y la ruina de la población campesina influyen, a su vez, en la formación del ejército industrial de reserva del capital. En todo país capitalista, “una parte de la población rural se encuentra constantemente en trance de transformarse en población urbana o manufacturera [es decir, no agrícola]. Esta fuente de superpoblación relativa mana sin cesar (...) El obrero agrícola se ve, por consiguiente, reducido al salario mínimo y tiene siempre un pie en el pantano del pauperismo” (El Capital, t. I, p. 668). La propiedad privada del campesino sobre la tierra que cultiva es la base de la pequeña producción y la condición para que esta florezca y se desarrolle en la forma clásica. Pero esa pequeña producción sólo es compatible con un marco estrecho, primitivo, de la producción y de la sociedad. Bajo el capitalismo, “la explotación de los campesinos se distingue de la explotación del proletariado industrial sólo por la forma. El explotador es el mismo: el capital. El capitalista individual explota al campesino individual por medio de la hipoteca y la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina por medio de los impuestos del Estado” (Marx, Las luchas de clases en Francia). “La parcela del campesino es ya solamente el pretexto que permite al capitalista extraer de la tierra ganancia, intereses y renta, dejando al agricultor que se las arregle para sacar como pueda su salario.” (El 18 Brumario de Luis Bonaparte).
Habitualmente, el campesino entrega incluso a la sociedad capitalista, es decir, a la clase capitalista, una parte de su salario, descendiendo “al nivel del colono irlandés, y todo bajo la apariencia de un propietario privado” (Las luchas de clases en Francia). ¿Cuál es “una de las causas de que, en países donde predomina la propiedad parcelaria, el precio del trigo esté más bajo que en los países donde impera el régimen capitalista de producción”? (El Capital, t. III, p. 340). La causa es que el campesino entrega gratuitamente a la sociedad (es decir, a la clase capitalista) una parte del plusproducto. “Estos bajos precios [del trigo y los demás productos agrícolas] son, por tanto, consecuencia de la pobreza de los productores, y en ningún caso resultado de la productividad de su trabajo” (El Capital, t. III, 2ª, 340).
Bajo el capitalismo, la pequeña propiedad agraria, forma normal de la pequeña producción, se va degradando, es destruida y desaparece.
“La pequeña propiedad agraria, por su propia naturaleza, es incompatible con el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo, con las formas sociales del trabajo, con la concentración social de los capitales, con la ganadería a gran escala y con la utilización progresiva de la ciencia. La usura y el sistema fiscal la conducen inevitablemente a la ruina en todas partes. El capital invertido en la compra de tierras es sustraído al cultivo de estas. Fragmentación infinita de los medios de producción y diseminación de los productores mismos. [Las cooperativas, es decir, las asociaciones de pequeños campesinos, cumplen un extraordinario papel progresista desde el punto de vista burgués, pero sólo pueden atenuar esta tendencia, sin llegar a suprimirla; además, no debe olvidarse que estas cooperativas dan mucho a los campesinos acomodados y muy poco, casi nada, a la masa de campesinos pobres, ni que esas asociaciones terminan por explotar ellas mismas el trabajo asalariado].
Karl Marx
"La magnitud del valor se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario."
“Inmenso derroche de energía humana. El empeoramiento progresivo de las condiciones de producción y el encarecimiento de los medios de producción son leyes de la propiedad parcelaria”.
En la agricultura, como en la industria, el capitalismo transforma el proceso de producción a costa del “martirio de los productores”. “La dispersión de los obreros del campo en grandes extensiones quebranta su fuerza de resistencia, mientras que la concentración robustece la fuerza de resistencia de los obreros urbanos. Al igual que en la industria moderna, en la moderna agricultura, capitalista, el aumento de la fuerza productiva del trabajo y su mayor movilidad se consiguen a costa de devastar y agotar la propia fuerza de trabajo. Fuera de ello, todo progreso de la agricultura capitalista no es solamente un progreso del arte de esquilmar al obrero, sino también del arte de esquilmar la tierra (...) Por lo tanto, la producción capitalista no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción más que socavando al mismo tiempo las fuentes de toda riqueza: la tierra y el obrero” (El Capital, t. I, final del capítulo 13).
El socialismo
Por lo expuesto, se ve cómo Marx, basándose única y exclusivamente en la ley económica del movimiento de la sociedad moderna, llega a la conclusión de que la transformación de la sociedad capitalista en sociedad socialista es inevitable. La socialización del trabajo, que avanza cada vez con mayor rapidez bajo miles de formas y que en el medio siglo transcurrido desde la muerte de Marx se manifiesta de un modo muy palpable en el incremento de la gran producción, los cárteles, los sindicatos y los trusts capitalistas [monopolios y corporaciones], y en el gigantesco crecimiento del volumen y el poder del capital financiero, es la base material más importante del advenimiento inevitable del socialismo. El motor intelectual y moral de esta transformación, su agente físico, es el proletariado, educado por el propio capitalismo. Su lucha contra la burguesía, que se manifiesta de múltiples formas cada vez más ricas en contenido, acaba por convertirse inevitablemente en lucha política por la conquista del poder político por el proletariado (la “dictadura del proletariado”). La socialización de la producción no puede dejar de conducir a la conversión de los medios de producción en propiedad social, a la “expropiación de los expropiadores”. La gigantesca elevación de la productividad del trabajo, la reducción de la jornada laboral y la sustitución de los vestigios, de las ruinas de la pequeña producción, primitiva y desperdigada, por el trabajo colectivo perfeccionado son las consecuencias directas de esa conversión.
El capitalismo rompe definitivamente los vínculos de la agricultura con la industria, pero, al mismo tiempo, con la culminación de su desarrollo, prepara nuevos elementos de esos vínculos (la unión de la industria con la agricultura) sobre la base de la aplicación consciente de la ciencia, de la combinación del trabajo colectivo y de un nuevo reparto territorial de la población (acabando con el abandono del campo, con su aislamiento del mundo y con el atraso de la población rural, así como con la aglomeración antinatural de gigantescas masas humanas en las grandes ciudades). Las formas superiores del capitalismo moderno preparan nuevas relaciones familiares, nuevas condiciones para la mujer y para la educación de las nuevas generaciones: en la sociedad moderna, el trabajo de las mujeres y los niños y la disolución de la familia patriarcal por el capitalismo revisten inevitablemente las formas más horribles, miserables y repulsivas.
No obstante,  “la gran industria, al asignar a la mujer, a los jóvenes y a los niños de ambos sexos un papel decisivo en el proceso socialmente organizado de la producción, al margen de la esfera doméstica, crea la base económica para una forma superior de familia y de relaciones entre ambos sexos. Sería igual de absurdo, naturalmente, considerar absoluta la forma cristiano-germánica de la familia, o las antiguas formas romana y griega o la forma oriental, que, por lo demás, constituyen en su conjunto una sola línea de desarrollo histórico. Evidentemente, un personal obrero combinado, formado por personas de ambos sexos y de las más diversas edades, en condiciones adecuadas debe convertirse inevitablemente en fuente de progreso humano, aunque en su forma primaria, brutal, capitalista, en que el obrero existe para el proceso de producción y no el proceso de producción para el obrero, sea fuente pestilente de ruina y esclavitud” (El Capital, t. I, final del cap. 13).
El sistema fabril nos muestra “el germen de la educación futura, en la que se combinará para todos los niños, a partir de cierta edad, el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como método para aumentar la producción social, sino como el único método capaz de producir hombres plenamente desarrollados en todos los aspectos” (loc. cit.).
Sobre esa misma base histórica plantea el socialismo de Marx los problemas de la nacionalidad y del Estado, no limitándose a explicar el pasado, sino previendo audazmente el futuro y en el sentido de una intrépida acción práctica para su realización. Las naciones son un producto y una forma inevitables de la etapa burguesa de desarrollo de la sociedad. Y la clase obrera no podía fortalecerse, alcanzar su madurez y formarse, sin “organizarse en los límites de la nación”, sin ser “nacional” (“aunque de ningún modo en el sentido burgués”).32
Pero el desarrollo del capitalismo va destruyendo cada vez más las barreras nacionales, acaba con el aislamiento nacional y sustituye los antagonismos nacionales por los antagonismos de clase. Por eso es una verdad innegable que, en los países capitalistas avanzados, “los obreros no tienen patria” y que la “acción común” de los obreros, al menos en los países civilizados, “es una de las primeras condiciones de su emancipación” (El Manifiesto Comunista).
El Estado, que es la violencia organizada, surgió inevitablemente en determinada fase del desarrollo de la sociedad, cuando esta, dividida en clases antagónicas, no habría podido seguir existiendo sin un “poder” situado aparentemente por encima de ella y, hasta cierto punto, separado de ella. El Estado, fruto de los antagonismos de clase, se convierte en “el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda del mismo, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos; y el moderno Estado representativo es el instrumento del capital para explotar el trabajo asalariado” (Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, obra en la que el autor expone sus ideas y las de Marx33). Incluso la forma más libre y progresista del Estado burgués, la república democrática, no elimina de ningún modo este hecho; lo único que hace es variar su forma (vínculos del gobierno con la Bolsa, corrupción —directa o indirecta— de los funcionarios y de la prensa, etc.).
El socialismo, que conduce a la abolición de las clases, conduce por ello a la supresión del Estado. “El primer acto —escribe Engels en su Anti-Dühring— en que el Estado actúa efectivamente como representante de toda la sociedad (la expropiación de los medios de producción en nombre de la sociedad) es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención del poder del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se apagará por sí misma. El gobierno sobre las personas será sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos productivos. El Estado no será ‘abolido’; se extinguirá (…) La sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales, enviará toda la maquinaria del Estado al lugar que entonces le corresponderá: el museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce” (F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).
Por último, respecto al problema de la actitud del socialismo de Marx hacia los pequeños campesinos, que seguirán existiendo en la época de la expropiación de los expropiadores, debemos señalar un pasaje en que Engels recoge las ideas de Marx: “Cuando estemos en posesión del poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá, ante todo, en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo, y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente, medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que serle explicadas” (Engels, El problema campesino en Francia y Alemania, ed. Alexéieva, p. 17; la traducción rusa contiene errores. Véase el original en Die Neue Zeit34).
La táctica de la lucha de clase del proletariado
Tras poner al descubierto, ya en 1844-45, uno de los defectos fundamentales del antiguo materialismo, consistente en no comprender las condiciones ni apreciar la importancia de la actividad revolucionaria práctica, Marx prestó una gran atención durante toda su vida, además de a los aspectos teóricos, a las cuestiones de táctica de la lucha de clase del proletariado. Todas las obras de Marx, y en particular los cuatro volúmenes de su correspondencia con Engels, publicados en 1913, nos ofrecen a este respecto una documentación valiosísima. Esta correspondencia dista mucho de estar debidamente recopilada, sistematizada, estudiada y analizada. Por eso tendremos que limitarnos aquí a las observaciones más generales y más breves, subrayando que, para Marx, el materialismo despojado de este aspecto era justamente un materialismo a medias, unilateral, sin vida. Marx determinó la tarea esencial de la táctica del proletariado en rigurosa consonancia con todas las premisas de su concepción materialista dialéctica del mundo. Sólo considerando objetivamente el conjunto de las relaciones mutuas entre todas las clases, sin excepción, que forman una sociedad dada, y considerando, por tanto, el grado objetivo de desarrollo de dicha sociedad y sus relaciones con otras sociedades, podremos tener una base que nos permita trazar la táctica correcta de la clase de vanguardia. A este respecto, todas las clases y todos los países no son examinados de un modo estático, sino dinámico, es decir, no como algo inmóvil, sino en movimiento (movimiento cuyas leyes emanan de las condiciones económicas de vida de cada clase). A su vez, el movimiento debe ser estudiado no sólo desde la óptica del pasado, sino también del futuro, y además no con el criterio vulgar de los “evolucionistas”, que sólo perciben cambios lentos, sino dialécticamente: “En los grandes procesos históricos, veinte años son igual a un día —escribía Marx a Engels—, si bien luego pueden venir días en que se condensen veinte años” (Correspondencia, t. III, p. 127).35
Karl Marx
"Marx fue el alma de la Primera Internacional, el autor de su primer manifiesto y de gran número de sus resoluciones, declaraciones y llamamientos."
En cada grado de desarrollo, en cada momento, la táctica del proletariado debe tener presente esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana; por un lado, aprovechando las épocas de estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga (la llamada evolución “pacífica”), para elevar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa de la clase avanzada, y por otro, encauzando toda esa labor de aprovechamiento hacia el “objetivo final” del movimiento de dicha clase, capacitándola para resolver en la práctica las grandes tareas, cuando lleguen los grandes días “en que se condensan veinte años”. Sobre esta cuestión hay dos consideraciones de Marx que tienen particular importancia: una, en Miseria de la filosofía, se refiere a la lucha económica y a las organizaciones económicas del proletariado; la otra es del Manifiesto Comunista y se refiere a sus tareas políticas.
La primera dice así: “La gran industria concentra en un solo lugar una multitud de personas que se desconocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa de los salarios, ese interés común frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia, de coalición (...) Las coaliciones, al principio aisladas, forman grupos, y la defensa de sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo para los obreros más importante que la defensa de los salarios (...) En esta lucha —una verdadera guerra civil— se van uniendo y desarrollando todos los elementos necesarios para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición adquiere un carácter político”.
Ante nosotros tenemos el programa y la táctica de la lucha económica y del movimiento sindical para varios decenios, para toda la larga época durante la cual el proletariado preparará sus fuerzas “para la batalla futura”. Compárese esto con los numerosos ejemplos que Marx y Engels sacan del movimiento obrero inglés, de cómo la “prosperidad” industrial suscita intentos de “comprar a los obreros” (Correspondencia con Engels, t. I, p. 136)36 y de apartarlos de la lucha; de cómo esa prosperidad en general “desmoraliza a los obreros” (II, 218); de cómo “se aburguesa” el proletariado inglés; de cómo “la más burguesa de las naciones [Inglaterra] parece que quisiera llegar a tener, además de una burguesía, una aristocracia burguesa y un proletariado burgués” (II, 290)37; de cómo desaparece la “energía revolucionaria” del proletariado inglés (III, 124); de cómo habrá que esperar más o menos tiempo hasta que “los obreros ingleses se libren de su aparente contaminación burguesa” (III, 127); de cómo al movimiento obrero inglés le falta “el ardor de los cartistas” (1866, III, 305)38; de cómo los líderes de los obreros ingleses se transforman en un tipo intermedio entre el burgués radical y el obrero” (caracterización que se refiere a Holyoake39, IV, 209); de cómo, en virtud de la posición monopolista de Inglaterra y mientras subsista este monopolio, “no habrá nada que hacer con el obrero inglés” (IV, 433)40. La táctica de la lucha económica en relación con la marcha general (y con el resultado) del movimiento obrero se examina aquí desde un punto de vista admirablemente amplio, universal, dialéctico, verdaderamente revolucionario.
El Manifiesto Comunista establece el siguiente principio del marxismo sobre la táctica de la lucha política: “Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento”. Por eso Marx apoyó en 1848, en Polonia, al partido de la “revolución agraria”, es decir, al “partido que en 1846 provocó la insurrección de Cracovia”.
En Alemania, Marx apoyó en 1848-49 a la democracia revolucionaria extrema, sin que jamás se retractase de lo que entonces dijo sobre táctica. Para él, la burguesía alemana era un elemento “inclinado desde el primer instante a traicionar al pueblo [sólo la alianza con los campesinos hubiese permitido a la burguesía alcanzar enteramente sus objetivos] y a pactar un compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad”. He aquí el análisis final de Marx sobre la posición de clase de la burguesía alemana en la época de la revolución democrática burguesa. Y, por cierto, un análisis que es un modelo del materialismo que examina la sociedad en su movimiento, y además no solamente en su movimiento hacia atrás: “sin confianza en sí misma y sin confianza en el pueblo; gruñendo contra los de arriba y temblando ante los de abajo; (...) asustada ante la tormenta mundial; (...) sin energía en nada, con plagio en todo; (...) sin iniciativa; (...) un maldito viejo condenado a dirigir y a desviar, en su propio interés senil, los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto” (Nueva Gaceta Renana, 1848; véase Herencia literaria, t. III, p. 212).41
Unos veinte años más tarde, en una carta a Engels (III, 224), Marx decía que la causa del fracaso de la revolución de 1848 fue que la burguesía prefirió la paz en la esclavitud a la simple perspectiva de luchar por la libertad. Al terminar la época revolucionaria de 1848-49, Marx se alzó contra los que se empeñaban en seguir jugando a la revolución (lucha contra Schapper y Willich42), sosteniendo que era necesario saber trabajar en la nueva fase, que bajo una “paz” aparente estaba incubando nuevas revoluciones. El espíritu con que Marx pedía que se realizase el trabajo se ve en su apreciación de la situación alemana en 1856, el período más negro de la reacción: “En Alemania, todo dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con alguna segunda edición de la guerra campesina” (Correspondencia con Engels, t. II, pág. 108).43
Karl Marx
"El moderno Estado representativo es el instrumento del capital para explotar el trabajo asalariado."
Mientras en Alemania no se completó la revolución democrática (burguesa), Marx concentró toda su atención, en cuanto a la táctica del proletariado socialista, en impulsar la energía democrática de los campesinos. Opinaba que la actitud de Lassalle44 era, “objetivamente, una traición al movimiento obrero en beneficio de Prusia” (III, 210), entre otras cosas porque se mostraba demasiado complaciente con los terratenientes y el nacionalismo prusiano. “En un país agrario —escribió Engels en 1865, en un cambio de impresiones con Marx a propósito de una proyectada declaración conjunta a la prensa— es una bajeza alzarse únicamente contra la burguesía en nombre del proletariado industrial, olvidando por completo la patriarcal ‘explotación del palo’ a que los obreros agrícolas se ven sometidos por la nobleza feudal” (t. III, 217).45
En el período 1864-70, cuando la revolución democrática burguesa alemana tocaba a su fin, cuando las clases explotadoras de Prusia y Austria pugnaban sobre los medios para completar esa revolución desde arriba, Marx no sólo condenó a Lassalle por sus coqueteos con Bismarck, sino que llamó al orden a Liebknecht46, que había caído en la “austrofilia” y defendía el particularismo. Marx exigió una táctica revolucionaria que combatiese implacablemente tanto a Bismarck como a los austrófilos, una táctica que no se acomodase al “vencedor”, el junker47 prusiano, sino que reanudase inmediatamente la lucha revolucionaria contra él, a pesar de la situación creada por las victorias militares de Prusia (Correspondencia con Engels, III, 134, 136, 147, 179, 204, 210, 215, 418, 437, 440-441).48
En el famoso manifiesto de la Internacional del 9 de septiembre de 1870, Marx prevenía al proletariado francés contra un alzamiento prematuro; pero cuando, a pesar de todo, este tuvo lugar (1871), aclamó con entusiasmo la iniciativa revolucionaria de las masas, “que están tomando el cielo por asalto” (carta de Marx a Kugelmann).49 En esta situación, como en muchas otras, la derrota de la acción revolucionaria era, desde el punto de vista materialista dialéctico que sustentaba Marx, un mal menor en la marcha general y en el resultado de la lucha proletaria, en comparación con lo que hubiese representado el abandono de las posiciones ya conquistadas, la capitulación sin lucha. Esta capitulación habría desmoralizado al proletariado y mermado su combatividad. Marx, que apreciaba en todo su valor el uso de los medios legales de lucha en los períodos de estancamiento político y de dominio de la legalidad burguesa, condenó severamente, en 1877 y 1878, tras la promulgación de la ley de excepción contra los socialistas50, las “frases revolucionarias” de un Most51; pero combatió con el mismo vigor, o acaso con más, el oportunismo que por entonces se había adueñado temporalmente del Partido Socialdemócrata oficial, que no había sabido dar pruebas inmediatas de firmeza, decisión, espíritu revolucionario y disposición a pasar a la lucha ilegal en respuesta a la ley de excepción (Cartas de Marx a Engels, IV, 397, 404, 418, 422 y 42452; véanse también las cartas a Sorge53).
Notas
1. Lenin escribió un prólogo para este texto de cara a su publicación como folleto: “El artículo sobre Karl Marx, que ahora aparece en folleto, lo escribí (si mal no recuerdo) en 1913, para el Diccionario Granat. Al final del artículo se incluía una bibliografía bastante detallada sobre Marx, sobre todo de publicaciones extranjeras. Esa bibliografía no figura en la presente edición. Además, la redacción del Diccionario, por su parte, teniendo en cuenta la censura, suprimió la porción final del artículo, donde se exponía la táctica revolucionaria de Marx. Por desgracia, me es imposible reproducir aquí dicha porción, pues el manuscrito lo dejé con mis papeles no sé dónde, en Cracovia o en Suiza. Sólo recuerdo que allí citaba, entre otras cosas, el pasaje de la carta de Marx a Engels del 16 de abril de 1856, en la que el primero decía: ‘En Alemania, todo dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con alguna segunda edición de la guerra campesina. Entonces todo saldrá a pedir de boca’. Esto es lo que no entendieron en 1905 nuestros mencheviques, que han llegado ahora incluso a traicionar completamente al socialismo, a pasarse al campo de la burguesía. V.I. Lenin, Moscú, 14 de mayo de 1918.”
2. El título de la tesis es Diferencias en la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro. Demócrito y Epicuro fueron filósofos griegos, materialista el primero e idealista el segundo, del siglo IV a.e.c.
3. Marx tomó la dialéctica del filósofo metafísico alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, pero, como él mismo diría en El Capital, la puso del revés, “para descubrir así el núcleo racional que se oculta bajo la envoltura mística”.
4. Marx y Engels estuvieron ligados a ellos en su juventud, para posteriormente realizar una crítica fundamentada contra las posiciones idealistas de muchos de sus integrantes en obras como La sagrada familia y La ideología alemana.
5. Omitida en la presente edición.
6. Se trata del artículo de Marx La justificación del corresponsal del Mosela.
7. Estas palabras son de la introducción a la obra de Marx Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. El pasaje dice lo siguiente: “El arma de la crítica no puede sustituir la crítica por las armas; la fuerza material sólo puede ser derrocada con fuerza material. Pero también la teoría se convierte en una fuerza material cuando prende en las masas”.
8. Proudhon, Pierre J. (1809-1865): publicista, economista y sociólogo francés, ideólogo de la pequeña burguesía y uno de los fundadores del anarquismo. Proudhon soñaba con perpetuar la pequeña propiedad privada y criticaba, desde posiciones pequeñoburguesas, la gran propiedad capitalista. Proponía organizar el Banco del Pueblo, que, por medio del crédito gratuito, ayudaría a los obreros a adquirir medios de producción propios y hacerse artesanos. Otra idea reaccionaria suya fue la de fundar bancos de cambio que asegurarían a los trabajadores la venta “equitativa” de sus productos y, al mismo tiempo, no afectarían a la propiedad capitalista de los medios de producción. Proudhon no comprendió el papel histórico del proletariado, mantuvo una actitud negativa hacia la lucha política y negó la necesidad del Estado. Marx y Engels lucharon consecuentemente contra las tentativas de los proudhonistas de imponer sus criterios en la Primera Internacional.
9. Se trata de la revolución francesa que hizo caer la llamada monarquía de Julio (por el mes de 1830 en que subió al trono Luis Felipe I) y proclamó la Segunda República.
10. La Nueva Gaceta Renana (Neue Rheinische Zeitung) fue un diario de gran influencia en toda Alemania. Sus firmes llamamientos a combatir la contrarrevolución, sus denuncias de las autoridades y su defensa del internacionalismo le hicieron ganarse la ira de los junkers y de la burguesía. En mayo de 1849, el gobierno expulsó a Marx con la excusa de que no tenía la nacionalidad prusiana y el resto de los redactores sufrieron represalias, todo lo cual condujo a su desaparición. En su último número (impreso en rojo el día 19), la redacción declaraba que “su última palabra será siempre y en todas partes: ¡la emancipación de la clase obrera!”. Véase el artículo de Engels Marx y la ‘Nueva Gaceta Renana’ (1848-1849).
11. Los políticos de la pequeña burguesía radical francesa, organizaron el 13 de junio de 1849 una manifestación pacífica en París para protestar contra el envío del ejército francés a Italia a aplastar una revolución, lo que constituía una violación de la constitución francesa, que prohibía utilizar el ejército para oponerse a la libertad de otros pueblos. La manifestación fue disuelta por las tropas. Después del 13 de junio, las autoridades iniciaron la represión contra los demócratas.
12. Referencia al libro de Marx La guerra civil en Francia. Existe edición de la Fundación Federico Engels.
13. Los seguidores del ideólogo anarquista Mijaíl Bakunin abandonaron la Primera Internacional en 1872.
14. Sus maridos fueron, respectivamente, el británico Edward Aveling y los franceses Paul Lafargue y Charles Longuet. El nieto de Marx fue Jean Longuet, diputado socialista y dirigente de la corriente centrista de la SFIO (Partido Socialista).
15. Véase Marx y Engels: La sagrada familia, capítulo 8.
16. Dios creador, según la escuela filosófica platónica, o principio activo del mundo, según los agnósticos.
17. David Hume (1711-1776): Filósofo empirista escocés. || Emmanuel Kant (1724-1804): Filósofo idealista alemán.
18. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Fundación Federico Engels, Madrid, 2006, p. 21.
19. Ludwig Büchner (1824-1899): Filósofo y físico alemán. || Karl Vogt (1817-1895): Científico y político germano-suizo; Marx escribió un libro para refutar las calumnias que Vogt lanzó contra él, titulado precisamente Sr. Vogt. || Jacob Moleschott (1822-1893): Psicólogo holandés.
20. Engels, op. cit., pp. 39 y 12.
21. Lorenz von Stein (1815-1890): Influyente economista y sociólogo alemán; acuñó el término “movimiento social”. La tricotomía es un método de clasificación en que las divisiones y subdivisiones tienen tres partes.
22. Engels, op. cit., p. 26.
23. Véase Marx: El Capital, volumen I. (Nota del Autor)
24. Marx: Contribución a la crítica de la economía política (1859). (N. del A.)
25. Período de la historia francesa entre la caída de Napoleón Bonaparte y la restauración de la monarquía borbónica (1814), y el ascenso al trono de la casa de Orleáns (julio de 1830) en la persona de Luis Felipe I.
26. Artesanos que trabajaban en establecimientos muy pequeños y para un mercado muy reducido.
27. Destacado economista burgués británico del siglo XVIII, que defendió la propiedad privada, el libre mercado y la competencia. Fue el iniciador de la llamada escuela clásica.
28. Teoría económica burguesa surgida en los años 70 del siglo XIX en oposición a la teoría marxista del valor. Según la misma, la apreciación subjetiva del consumidor es la fuente del valor, contribuyendo así a ocultar la explotación del trabajador por el capitalista. También es llamada teoría de la utilidad límite.
29. Karl Johann Rodbertus (1805-1875): Economista y político alemán partidario de cierto socialismo de Estado. Planteó que las crisis podían ser consecuencia de la tendencia a la disminución de los salarios respecto al conjunto de los ingresos de la sociedad y propuso redistribuir las rentas a través de los impuestos.
30. El obrok era un censo de la Rusia feudal, el tributo, en especie o en dinero, que el campesino tenía que pagar al propietario de la tierra.
31. Es decir, campesinos que, aunque acomodados, estaban sometidos igualmente a vasallaje por el señor feudal.
32. Estas palabras proceden del Manifiesto Comunista: “Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Pero, en la medida que el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués”. Existe edición de la Fundación Federico Engels.
33. Existe edición de la Fundación Federico Engels.
34. Revista teórica del SPD alemán.
35. Véase la carta de Marx a Engels, 9/4/1863.
36. Véase la carta de Engels a Marx, 5/2/1851.
37. Véanse las cartas de Engels a Marx, 17/12/1857 y 7/10/1858.
38. Véanse las cartas de Engels a Marx, 8/4/1863 y de Marx a Engels, 9/4/1863 y 2/4/1866. Los cartistas fueron el primer movimiento obrero independiente de la historia, surgido en Inglaterra en los años 30 y 40 del siglo XIX. Plantearon peticiones al Parlamento en diversas ocasiones; la más conocida recibió el nombre de “Carta del Pueblo” (de ahí la denominación).
39. Georges Holyoake (1817-1906): Secularista británico (fue la última persona condenada por blasfemia en Gran Bretaña) y destacado impulsor del cooperativismo en la última etapa de su vida.
40. Véanse las cartas de Engels a Marx, 19/11/1869 y 11/8/1881.
41. Véase Marx: La burguesía y la contrarrevolución, artículo segundo.
42. Karl Schapper (1812-1870) y August Willich (1810-1878) fueron los dirigentes de una fracción de la Liga de los Comunistas contraria a las tesis de Marx.
43. Véase la carta de Marx a Engels, 16/4/1856.
44. Ferdinand Lassalle (1825-1864): Abogado y político alemán, amigo de Marx y defensor de un socialismo pequeñoburgués que posteriormente tendría gran influencia en la socialdemocracia alemana. En 1863 fundó la Unión General Obrera de Alemania, que en el congreso de Gotha (1875) se unificó con el Partido Socialdemócrata. Mantuvo posiciones oportunistas respecto a cuestiones teóricas y políticas fundamentales.
45. Véanse las cartas de Engels a Marx, 27/1/1865 y 5/2/1865.
46. Wilhelm Liebknecht (1826-1900): Fundador, junto con August Bebel, del SPD alemán. Fue el padre de Karl Liebknecht.
47. Aristocracia terrateniente prusiana, que constituía la espina dorsal de los funcionarios del Estado y del ejército alemán.
48. Véanse las siguientes cartas: de Engels a Marx, 11/6/1863; de Marx a Engels, 12/6/1863; de Engels a Marx, 24/11/1863 y 4/9/1864; de Marx a Engels, 10/12/1864; de Engels a Marx, 27/1/1865; de Marx a Engels, 3/2/1865; de Engels a Marx, 6/12/1867; y de Marx a Engels, 17/12/1867.
49. Referencia al Segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana, escrito por Marx entre el 6 y el 9 de septiembre de 1870. En su prefacio a la traducción rusa de las cartas de C. Marx a L. Kugelmann, Lenin abunda en el tema.
50. La ley de excepción contra los socialistas alemana se promulgó en octubre de 1878. El SPD y las organizaciones obreras de masas fueron prohibidas, se suspendió la prensa obrera y se reprimió a los socialdemócratas. La presión del movimiento obrero logró su derogación en octubre de 1890.
51. Alusión a Johann Most, un diputado socialdemócrata alemán que evolucionó hacia el anarquismo. Se le atribuye la expresión “propaganda de los hechos”.
52. Véanse las siguientes cartas: de Marx a Engels, 23/7/1877 y 1/8/1877; de Engels a Marx, 20/8/1879 y 9/9/1879; y de Marx a Engels, 10/9/1879.
53. Sorge, Friedrich Adolph (1828- 1906): comunista alemán. A los 18 años se sumó al grupo de los revolucionarios de Sajonia durante el levantamiento armado de 1848. En marzo de 1852 fue expulsado de Bélgica y se trasladó a Londres. Después de recuperarse se embarcó para Nueva York, llegando en junio de 1852. En 1857 formó el Club Comunista de Nueva York, convirtiéndose en el principal defensor de Marx. En diciembre de 1869 fundó la Sección I de Primera la Internacional en Nueva York. Desde 1872 hasta 1874, Sorge fue secretario general de la Primera Internacional en todo el mundo. Su nombramiento siguió a la ruptura entre Marx y los anarquistas encabezados por Mijaíl Bakunin, y de la decisión, en septiembre de 1872, por el Congreso de La Haya, de transferir el Consejo General a Nueva York.