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- lustración: Darwin Fornés Báez
Esto
que vamos a conversar ahora del lado mío, son algunos comentarios no
preparados previamente, pero que pueden servir como insumos para lo que
ustedes pretenden en este día de debate. Es decir, hay que contemplarlos
entonces teniendo muy en cuenta que es posible que muchos de ustedes no
conozcan demasiado acerca de lo que se hablará y es imprescindible, sin
embargo, que conozcan mucho, pero mucho más de lo que yo les voy a
decir.
Me
voy a referir, en términos generales, a la dirección política de la
sociedad cubana en lo que toca a su organización en el proceso de la
revolución y ni siquiera voy a tener en cuenta las etapas más primeras,
las etapas del origen (…) Pero hay algunas experiencias, a partir de
ahí, que son indispensables.
Una
es, me parece, tener en cuenta que los protagonistas y participantes
principales tuvieron siempre como algo fundamental estar organizados. La
organización, y no el espontaneismo, resultó siempre priorizada.
El
Movimiento 26 de Julio fue, primero, la forma organizativa básica que
decidió; y este, sin dejar de ser muy importante, fue flanqueado y
finalmente superado por el Ejército Rebelde, que se llamaba primero
Ejército Revolucionario del 26 de Julio. El Ejército Rebelde llevó a una
situación decisiva la lucha contra la tiranía y la obtención del
triunfo mediante el desmantelamiento del aparato militar-represivo de la
tiranía. El triunfo revolucionario de enero de 1959 permitió la
liquidación, no solo del aparato militar-represivo, sino también del
aparato político de la república, ya no solo de la tiranía. Es decir,
los partidos políticos que existían –y en Cuba tenían una enorme
importancia durante la República Burguesa Neocolonial–, fueron
definitivamente liquidados por la revolución y, legalmente, esta fue la
situación del propio año 1959.
El
Gobierno revolucionario que se estableció a partir de ese triunfo era,
sobre todo, un poder ejecutivo y legislativo al mismo tiempo. El poder
judicial, después que fue depurado, se mantuvo como un poder autónomo,
en el sentido que suele ser en estos casos, en el Estado, es decir,
autónomo hasta cierto punto.
El
poder ejercido por el Gobierno revolucionario tampoco hay que verlo de
una manera formal, porque el Ejército Rebelde para la población, durante
toda la primera etapa, tenía una importancia decisiva para plantearle
problemas; pero también, incluso, para el Gobierno, para ejecutar
políticas priorizadas o acciones priorizadas.
Entonces,
el Gobierno revolucionario entendía que su legitimidad estaba dada por
el propio hecho de la revolución, su triunfo, y el consenso popular que
fue creciendo prácticamente sin parar durante 1959, 1960 y los primeros
años sesenta. Se decía entonces: «la revolución es fuente de derecho».
Es decir, la revolución ejerce el derecho a partir de sí misma, no lo
toma de alguien, es constitutiva ella misma. Las leyes de la revolución…
hay que ver, por ejemplo, que la revolución promulgó mil leyes en sus
primeros tres años. Fíjense qué cantidad de leyes cargaba, y ellas
tenían sus partes –por cierto, muy bien redactadas–, sus partes «de
derecho», sus partes «de hecho» antes de las partes «positivas», como
dicen los abogados.
[El
Derecho siempre era el carácter constitutivo que tiene la revolución y
esta decidía, inclusive, que se incorporaran al texto básico de una
juridicidad que son las Constituciones, lo que consideraba necesario].
La
Constitución de 1940, entonces, siguió vigente; pero esta era una
Constitución muy superior a las circunstancias cubanas. Era el fruto de
un acuerdo post-revolucionario, después de la Revolución del 30, que no
viene al caso mencionar ahora; pero tenía en su contenido virtudes que
permitieron que el régimen revolucionario pudiera tomarla, hasta 1976,
como texto básico y le hiciera adiciones en todo lo que… por ejemplo,
«la tierra es del que la trabaja» era un principio de la guerra
revolucionaria y de la revolución en su primer año; las dos leyes de
Reforma Agraria fueron las que llevaron esto a la Ley, pero la
Constitución [de 1940] tenía un artículo que decía «se proscribe el
latifundio», ya eso era una base; tenía otro artículo que decía «la
propiedad solo puede existir en función social», ya eso era otra base.
Claro, no se hicieron en 1940 para ser cumplidas, tuvieron que ser
cumplidas por un poder político-militar con consenso amplio de la
población; pero, desde el punto de vista legal, entonces se fueron
adicionando.
Por
ejemplo, en 1960 con la Ley de la Vivienda con un principio
constitucional: «la vivienda es del que la vive», que rompía –como había
roto otros preceptos ya, y como muy pronto rompería los demás– con la
propiedad privada y con el respeto a la propiedad privada, que es algo
muy importante también.
La
organización política que trató de desarrollarse desde un inicio, pero
bajo las normas prácticas de lo que hay, era el espíritu de la
revolución. El espíritu de una revolución que no había sido reconocida,
por los que «sabían mucho marxismo», como posible; ni había sido querida
para nada por los «demócratas», que en nombre de la democracia
gobernaban a Cuba para el capitalismo y para el imperialismo, no podía
ser respetuoso de ese sistema de ideas y de instituciones.
El
resultado fue que, en la práctica, el poder era bastante discrecional;
también, al mismo tiempo, tenía recursos muy propios como era, por
ejemplo, la participación masiva directa del pueblo en actividades en
las cuales expresaba ideas y sobre todo expresaba su consenso. Estas,
que se empezaron a llamar «movilizaciones» desde enero de 1959, eran una
de las formas prácticas; pero hay otras formas que a veces no se miran,
por ejemplo, la Milicia Nacional Revolucionaria oficializada a partir
de octubre de 1959 significó en la práctica ir hacia el armamento
general del pueblo, un principio comunista expresado por Carlos Marx
como uno de los rasgos del poder proletario, en este caso del poder
popular revolucionario. Es decir, al pasar gente común y corriente de
Cuba a armarse para defender su revolución, al mismo tiempo hacían una
organización política y tenían una transformación de conciencia que se
podía considerar también la aparición de un nuevo cuerpo ideológico.
Las
organizaciones de la revolución, entonces, fueron el camino tomado, no
de una manera planeada, digamos, previamente, pero sí que se fueron
sumando. El propio Gobierno revolucionario entonces fue flanqueado por
la Federación de Mujeres Cubanas, por la Asociación Nacional de
Agricultores Pequeños, no solo por la Milicia Nacional Revolucionaria, y
así después surgieron otras organizaciones. Una antigua organización se
«democratizó», se llamó así al sistema de asambleas y de renovaciones
en el movimiento sindical. Con lo que nació, entonces, el Ejército, el
Gobierno, las leyes, la Constitución retomada por la revolución, las
organizaciones militares, políticas y de masas.
Ese
es el poder, digamos, en un sentido político más general, que en los
primeros seis años intenta, primero, ir demasiado pronto y hace lo que
se llamaron Organizaciones Revolucionarias Integradas a mediados de
1961, pero que fracasa por introducirse en ella lo que se llamó, en
aquel tiempo, «el sectarismo». Es decir, un grupo intentó secuestrarla, y
que Cuba fuera prácticamente como los gobiernos de los países de Europa
que estaban en la órbita de la Unión Soviética. Fidel denunció esto en
marzo de 1962, se produjo una transformación muy fuerte y de ahí nació,
no solo la desaparición de las Organizaciones Revolucionarias Integradas
–llamadas ORI–, sino el Partido Unido de la Revolución Socialista
Cubana, ese largo nombre –la gente le decía el PURSC–. Es decir, un
partido político que se formará a partir, y aquí si viene algo que es
muy importante y que es característico de la Revolución cubana, a partir
de la ejemplaridad de sus miembros. Para ser militante del Partido, una
persona tendría que ser forzosamente elegido por sus compañeros de
trabajo, o en su caso, de estudios, militares, como trabajador ejemplar.
Sin la condición de «trabajador ejemplar» no se podía ser militante del
Partido. El Partido sería entonces la organización política que vería, a
través de un proceso, cómo podían pasar o no los trabajadores
ejemplares a ser militantes del Partido mediante entrevistas, datos,
preguntas a personas que los conocieran acerca de su vida, y asamblea
después, de trabajadores ejemplares, que debían discutir libremente
entre todos y aprobar o no quiénes llegaban a ser militantes.
Esto
le dio una fuerza muy grande en cuanto a selectividad y en cuanto a
prestigio al nuevo Partido que comenzaba, al PURSC. Este se fue
extendiendo, sobre todo ya en los años 1963, 1964 y en el 1965, y se
decidió formar una dirección que sustituyera a la dirección nacional de
ese PURSC, que eran 24 o 25 personas que habían sido designadas cuando
se constituyó, y que este Partido se llamara Partido Comunista de Cuba.
El
Partido Comunista de Cuba se fundó entonces el 3 de octubre de 1965, y
ese día se proclamó su Comité Central. El Comité Central eran, no
recuerdo el número exacto, pero eran quizás seis docenas o un poco más
de personas que venían sobre todo de las luchas contra la tiranía de
Batista y también de luchas de los primeros años de la revolución en el
poder. Había muchas personas desconocidas para el público y había otros
que eran dirigentes. Es decir, en ese primer Comité Central ya había una
buena combinación de personas muy destacadas, pero no que
necesariamente tuvieran que ejercer funciones con responsabilidades.
Ese
primer Comité Central también, al mismo tiempo, significó una
ratificación del carácter absolutamente autónomo desde el punto de vista
ideológico de la Revolución cubana respecto al socialismo de la Unión
Soviética. Las relaciones entre Cuba y la URSS a partir de los sesenta
en adelante fueron cada vez mayores y más importantes para Cuba, en
cuanto a la defensa y también la economía –tampoco puedo hablar de su
historia–, pero lo que sí fue imprescindible y sucedió fue que la
Revolución cubana hiciera realidad su autonomía completa, que no se
plegara a la política soviética, y este nacimiento del Partido en 1965
es un momento importante en esa dimensión.
También
en ese momento se estaba tratando que el Estado se revolucionara. Hay
toda una historia del Estado que yo tampoco la puedo hacer –no hay
tiempo aquí para eso–, que llevó a enormes modificaciones en la
estructura estatal en los años 1965, 1966, 1967; y la figura de Fidel en
esto fue fundamental, como ya estaba siendo desde hace tiempo en todas
las cosas más importantes de la revolución. Volvió a confrontar la
organización política un escollo con relación a la pretensión soviética,
y de la ideología que se adhería a las posiciones soviéticas, en lo que
se ha llamado «la microfracción» que obligó a un proceso que para
algunas personas fue un proceso criminal, y para otras fue un proceso de
discusiones políticas a fines de 1967 e inicios de 1968. La revolución
se tuvo que empeñar en el cumplimiento de un plan perspectivo que la
llevó a la zafra famosa de 1970 e hizo que el Estado también entrara en
una tensión enorme, mientras que la profundización del socialismo era
intentada en todos los aspectos posibles, incluido el internacionalismo,
que era una bandera desde 1959 de la revolución pero que en esta
segunda mitad de los sesenta también se llevó a momentos muy altos con
relación, sobre todo, a la revolución en América Latina –recuerden todos
también Bolivia, y la caída del Che en 1967.
La revolución confrontó dos problemas básicos, me parece a mí, en estos años.
Uno
fue el propósito de la expansión de la economía, de la economía de la
revolución –la economía sin apellidos siempre es burguesa–, la economía
de la revolución en un plan que se llamó «Plan Económico Socialista
Acelerado» que no pudo llevar a Cuba a salir del subdesarrollo en pocos
años, se demostró que no era factible –no se puede detallar aquí–, pero
no era factible.
Segundo,
el problema de la ampliación del campo revolucionario en el mundo que, a
manera de consigna, por ejemplo, lo recuerdan ustedes: «crear dos,
tres, muchos Vietnam», pero que formaba parte de una estrategia, la
estrategia de la expansión de la revolución, en este caso, sobre todo,
en América Latina como parte de una revolución de los países del Tercer
Mundo y de la revolución en el mundo. Pero no se obtuvieron victorias en
América Latina.
Es
decir, Cuba no pudo ser acompañada por otros poderes que le permitieran
hacer más factible su actividad, su sobrevivencia y su desarrollo.
Es
ante esas dos ausencias que el país tuvo que atenerse a mejorar sus
relaciones con la Unión Soviética, sobre todo después de 1970, lo que
llevó a ingresar en el sistema llamado por nosotros «CAME», Consejo de
Ayuda Mutua Económica, que era el sistema económico de los países que
llamaban «países socialistas» y que presidía la URSS. Cuba ingresó en
1972, fíjense, 14 años después del triunfo de la revolución; pasó a ser,
sobre todo, cliente y exportadora a la Unión Soviética y de algunos
otros de estos países del CAME. De esa manera, no se pudo continuar el
proyecto que llevaría a una industrialización con especializaciones,
sino que, sobre todo, se impuso la fabricación y exportación de azúcar
crudo hasta llegar a más de seis y después siete millones de toneladas
en el curso de esos 15 años que van de 1971 a 1985.
De
manera que, quitando lo demás porque no da tiempo, Cuba garantizó –poco
a poco primero, y después de una manera más fuerte– un bienestar
material pero no un desarrollo económico.
Y
también garantizó lo que se empezó a llamar a mediados de los años
setenta «la institucionalización»: es decir, pasar de la revolución como
fuente de derecho a tener un cuerpo institucional que permitiera
solidificar, cristalizar mejor los logros de la revolución y asegurar un
funcionamiento sistemático de ella. Esto incluía una comisión que
trabajaba con bastante parsimonia, sin apuro –y Fidel lo llegó a decir
en un discurso importante a principios de los setenta–, que era la
comisión para la Constitución; pero, a la vez, se hizo una reformulación
del Estado otra vez, más cercana al ideal soviético.
A
la vez que era un orden, tenía ese problema ya no solo ideológico, sino
también que afectaba a la política económica y a la idea misma de la
política. Es decir, la burocratización «no tenía que ser vista», como en
los años sesenta, como algo peligroso y como un enemigo de la
revolución; sino que podía ser, de otra manera, vista como un
crecimiento ordenado de la administración, cosa que sucedió en el peor
sentido.
Sin
embargo, al mismo tiempo, se fue garantizando la universalización de la
atención médica y su conversión en sistema de salud, que es mucho más
que la atención médica; la universalización del sistema educacional… por
ejemplo, en 1972 por primera vez en la historia de Cuba todos los niños
de 12 años terminaron sexto grado. Eso no había sucedido, en los 14
años anteriores se fue hacia allí. Por eso es que surgió el Destacamento
Pedagógico, porque hacían falta 35.000 profesores de Secundaria Básica y
solo había 7.000. Me detuve en un detalle, no me puedo detener en
ninguno, pero ustedes no, ustedes tienen que detenerse en todos los
detalles, en especial en todos los detalles importantes.
Ahora
bien, tenemos entonces una época contradictoria: avances en muchos
sentidos, retrocesos en otros, confusión ideológica muy grande,
implantación del dogmatismo en la teoría marxista, liquidación de una
parte –principal diría yo– de las capacidades del pensamiento social
para entender y para prever, es decir, el pensamiento que es capaz de
analizar, criticar y discutir sin miedo qué socialismo.
En
esa forma fue que llegamos al I Congreso del Partido, 17 años después
del triunfo revolucionario y 10 años después de la constitución del
primer Comité Central. El I Congreso del Partido, en diciembre de 1975,
significó un momento importante en la institucionalización del país, y a
la vez, la concreción de una manera determinada de organizar
políticamente el país.
El Partido
Comunista de entonces, que seguía teniendo el enorme prestigio de sus
bases basado en lo que dije al principio, que había aumentado mucho el
número de sus militantes, que tenía a su favor el crecimiento en
educación y en salud, en la cultura general y técnica de la población; a
la vez se vería afectado por este seguidismo de la ideología soviética y
por los factores nacionales que entendían que el autoritarismo era
mejor como una forma de organizarnos, y que bajo un sistema vertical se
podrían obtener éxitos. Es este cuadro complejo en el cual el Partido
Comunista celebra su I Congreso y a la vez acuerda que va a celebrar
congresos cada cinco años, que la economía la va a organizar y la va a
llevar, también, controlada de tal modo que se pueda hablar de Planes
Quinquenales –por eso el Plan 1976–1980–, y así en cuestiones que van
desde los aparatos auxiliares del Comité Central hasta la idea de que se
necesita tener un ateísmo de tipo científico: una barbaridad burguesa
en la cultura, como si formara parte de la necesidad de la cultura.
Entonces,
por este camino, ateniéndome nada más a lo que hemos quedado que yo
mencionara y no a lo demás, porque hay cosas importantísimas que no
menciono, se llegó en 1980 al II Congreso del Partido, en el cual hubo
algunas actividades previas de Fidel, y de Raúl también, estimulando la
crítica, estimulando la discusión dentro de aquel marco, sin salirse del
marco, pero estimulándola algo. Hubo algunas modificaciones también
dentro del sistema del poder Ejecutivo, no del sistema, pero sí del
personal. Sucedió, sin embargo, un hecho importantísimo que resultó
negativo: los sucesos de la Embajada del Perú, que terminaron con la
salida que llaman «del Mariel» de 125.000 personas. Todo aquel trauma de
los primeros meses del año ochenta tuvieron un efecto también, pienso
yo, de detención en lo que podía haber sido algo para analizar más
críticamente la situación y la forma de llevar la política.
Entonces,
a fines de ese año ochenta se hizo el II Congreso del Partido en
condiciones, incluso internacionales, muy delicadas. Me refiero a la
cuestión de Polonia, y con la expectativa de que el nuevo gobierno del
presidente Reagan en los Estados Unidos sería todavía más peligroso y
más agresivo que los anteriores, que lo habían sido. Entonces, Cuba se
encontró con la realidad ya no de la forma de 1962 cuando la Crisis de
Octubre, sino de otra forma –que por suerte quedó en aquel momento en
secreto–: la Unión Soviética le hizo saber que no iba a «correr el
riesgo» de un enfrentamiento directo con Estados Unidos por Cuba, que en
caso de una agresión mayor Cuba no podía esperarlo. Esto tuvo efectos
sobre el sistema defensivo cubano: la idea de la «Guerra de Todo el
Pueblo» se materializó.
También,
finalmente, a lo largo de la primera mitad de los ochenta se fueron
haciendo demasiado visibles las consecuencias sumamente negativas de la
burocratización, de la formación de grupos privilegiados, de la
corrupción, de la ineficiencia, y apareció el fenómeno de la
«Rectificación de errores y tendencias negativas».
Esto,
que Fidel lo comenzó de una manera discreta a fines del año 1984, se
hizo público en 1985, porque hubo cambios muy notables incluso en el
personal del Partido, pero, sobre todo, una apertura hacia la actividad
política, hacia la actividad política que fuera más de discusión, más de
participación real. Se celebró un Congreso de la Unión de Jóvenes
Comunistas importantísimo y, poco después, el III Congreso del Partido.
Este
III Congreso del Partido ya fue plenamente dentro de la
«Rectificación…» y desarrolló un conjunto de discusiones y de ideas
importantes. El proceso de «Rectificación…» duró la segunda mitad de los
años ochenta. Obtuvo avances que pueden ser considerados
importantísimos porque fue también una forma precoz de Fidel, el máximo
responsable de ese acierto, de darse cuenta de que la Unión Soviética
iba por el camino más negativo y que culminó en su desaparición, pero
darse cuenta antes de que se diera cuenta casi todo el mundo.
Esto
me parece que fue muy positivo, aunque al final no pudo evitar lo que
sucedió, lo que pasó en los primeros años noventa; pero, al menos el
país no se precipitó ciego, sino que ya llevaba algún tiempo en unas
condiciones políticas muy diferentes en que la población se sentía mucho
más activamente metida en los sucesos de 1989 en el país y en lo
internacional. Entre los segundos, tenemos la caída del Muro de Berlín y
los bombardeos genocidas de la invasión a Panamá, el fin del llamado
«campo socialista» entre 1989 y 1991, todo el cuadro en el cual se va
hacia el IV Congreso del Partido.
En
medio de aquella situación tan dificilísima, el Partido produjo el
documento más profundo y autocrítico que había producido hasta entonces
para uno de sus eventos: el Llamamiento al IV Congreso del Partido, del
15 de marzo de 1990, que se leyó en Baraguá. A partir de él, en las
asambleas se recogieron más de un millón de opiniones críticas, se
trabajó con ellas, pero el país iba confrontando dificultades
crecientes, y después de más de un año de una situación política
compleja se llegó al IV Congreso, en agosto de 1991, que se celebró en
Santiago de Cuba. Este congreso lo que hizo prácticamente fue enfrentar
la tremenda crisis que ya tenía el país encima.
O
sea, no se puede decir que fue en la práctica el logro de las críticas
de aquel maravilloso documento del noventa, pero yo creo que sin aquel
maravilloso documento del noventa todo hubiera sido incomparablemente
más difícil.
El
país, entonces, requerido por la máxima dirección bajo la orientación y
guía máxima de Fidel, se propuso enfrentar una crisis que acabó con la
calidad de la vida en muy poco tiempo, produjo resultados terribles, la
economía se desplomó, todo el sistema que tenía que ver con el llamado
«campo socialista» como es natural, en este caso, se desplomó y la
crisis de la primera mitad de los años noventa fue profundísima.
En
un momento dado, incluso, se promovió otra vez la emigración informal,
que se llamaron «los balseros», aunque en un número muchísimo menor que
la del ochenta: «los marielitos», por el Mariel; y así fue avanzando el
país a enfrentar su crisis política. Se fue sobre sí mismo, produjo una
pequeña reforma –para algunos no tan pequeña– de la Constitución de
1976, que me la salté, en vistas de esta situación en que estamos
haciendo esto, ahora donde nada cabe en la práctica.
[A
fines de 1976 había existido una reestructuración completa del Estado a
partir de la aprobación, después de un sistema formidable de
discusiones populares, de una nueva Constitución: la Constitución de
1976, que se puso en vigor ese año, y la reforma del Estado, que también
se puso en vigor ese año con la cual pasó a haber un Consejo de Estado,
un órgano presidido, en este caso, por la elección de Fidel como tal
–se eliminó el cargo de Presidente de la República– y una
reestructuración también de los organismos centrales del Estado].
Me
devuelvo al 2002, en donde se hicieron unas pequeñas discusiones, pero
muy importantes; y se planteó que nada ni nadie puede acordar con ningún
país extranjero nada que monoscabe la existencia del socialismo en
Cuba. Me parece central ese asunto. Pero, antes, en 1997, se había hecho
el V Congreso. El V Congreso del Partido que –en aquel momento, pienso
yo– no pudo tener una importancia tan grande, del 8 al 10 de octubre,
fue un cumplimiento, digamos, de aquella idea de que cada cinco años se
hiciera uno –el anterior había sido en el 1991, y este fue en 1997, solo
se atrasó un año–. Entonces, fue un momento de reafirmación política y
nacionalista, en el sentido revolucionario, y vinieron los restos del
Che y sus compañeros, que se habían logrado encontrar, y culminó el
Congreso con las honras fúnebres al Che y sus compañeros.
Entre
el V y el VI Congreso pasaron muchos años: de 1997 al 2011, es decir,
casi 14 años. En el medio –ustedes conocen más, está más cerca de la
vida de ustedes–, a fines de julio de 2006, por una grave enfermedad,
Fidel tuvo que salir de sus responsabilidades y fue sustituido por el
compañero Raúl. Esto se hizo ya oficial del todo a partir de febrero del
2008 al producirse, lo que sí ha sido muy secuencial cada cinco años,
las elecciones de diputados nacionales del Poder Popular, se ratificó la
situación por la elección de Raúl y la salida de Fidel de los cargos
fundamentales y, ahora sí, de una manera definitiva.
Esa
es la situación que nos lleva a estos dos periodos, que van a terminar
en febrero de 2018 y que llevó a que Raúl planteara que había que hacer
un Congreso del Partido y se fijara, finalmente, el 2011 como fecha para
el VI Congreso. Este VI Congreso fue precedido de una intensísima
formulación de documentos y de discusión de los documentos. Se les
llamó, a los más importantes, «Lineamientos…», y su discusión fue
ejemplar: en todos los campos, en todos los sistemas de las
organizaciones sociales del país, políticas y barriales, y se produjeron
una enorme cantidad no solo de discusiones sino de sugerencias, de
planteamientos y de modificaciones. Hasta que se llegó, con esos
«Lineamientos…», al VI Congreso y se produjo la discusión y aprobación
ahí de ellos.
Hasta
ahí la historia que, pudiéramos decir, que continua en cuanto a
congresos con el que se acaba de celebrar hace muy pocos días: el VII
Congreso; exactamente cinco años después, otra vez cinco años después,
del VI. Pero ya esto no cabe en nuestro comentario.
Fuente: https://medium.com/la-tiza/la-organizaci%C3%B3n-y-no-el-espontane%C3%ADsmo-269c16aac569