lunes, 24 de agosto de 2026

Estados Unidos acaba de cruzar una frontera que, para cualquier otro país, sería presentada como una catástrofe. Su deuda pública ya supera los 40 billones de dólares. Cruzaron el umbral de los 39 billones hace apenas cinco meses. Ese es el ritmo al que un imperio en declive relativo sigue financiando su maquinaria militar, sus recortes de impuestos a los ricos y su política exterior de coerción, mientras le exige disciplina fiscal a medio planeta.

 Estados Unidos acaba de cruzar una frontera que, para cualquier otro país, sería presentada como una catástrofe. Su deuda pública ya supera los 40 billones de dólares. Cruzaron el umbral de los 39 billones hace apenas cinco meses. Ese es el ritmo al que un imperio en declive relativo sigue financiando su maquinaria militar, sus recortes de impuestos a los ricos y su política exterior de coerción, mientras le exige disciplina fiscal a medio planeta.

Ejemplos sobran: Argentina, Sri Lanka, Grecia cualquier país con un acumulado de déficit similar siempre tiene una misión del FMI aterrizando en el aeropuerto y a la prensa financiera hablando de "sacrificios necesarios". Cuando es Estados Unidos el que se endeuda, no hay condicionalidad, no hay ajuste estructural, no hay austeridad. Hay un mercado de bonos capturado y un Tesoro comprando su propia deuda cuando nadie más quiere hacerlo. 


Este privilegio no elimina las contradicciones. Esta semana, Scott Bessent, Secretario del Tesoro, duplicó el programa de recompra de bonos a largo plazo: de 2.000 a un mínimo de 4.000 millones de dólares por operación, con margen para ir "más allá" según sus propias palabras. La justificación oficial habla de "liquidez".

Cuando es Estados Unidos el que se endeuda, no hay condicionalidad, no hay ajuste estructural, no hay austeridad

Traduzcamos: el gobierno estadounidense inyecta dinero público para sostener artificialmente el precio de su propia deuda porque los compradores extranjeros —China, Japón, el Reino Unido— están vendiendo, y los rendimientos de los bonos a 30 años ya tocan niveles que no se veían desde antes de 2008.

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O sea,  Washington el principal predicador de las virtudes del libre mercado, a cualquier atisbo de crisis, usa al Estado, interviene su propio mercado para camuflar una crisis de confianza, financiado en última instancia por el poder de coacción que le da controlar el sistema de pagos mundial.  A eso, en cualquier otro país, se le llamaría manipulación. Aquí se le llama "refinanciamiento". 


En julio, las importaciones estadounidenses de crudo saudí cayeron a cero por primera vez en un mes completo desde 1985. El detonante inmediato fue el cierre del tráfico por el estrecho de Ormuz consecuencia directa de la guerra contra Irán, no una ruptura deliberada del pacto petrodólar. Pero el hecho de que ese acuerdo de cincuenta años, diseñado para obligar al planeta entero a acumular dólares y bonos del Tesoro con tal de poder comprar energía, pueda tambalearse por una guerra regional, ya dice algo: la arquitectura que sostiene el privilegio del dólar es más frágil de lo que Washington quiere admitir.

¿Y quién sostiene el sistema en pie mientras tanto? No los banqueros de Wall Street que se benefician de la financiarización. Lo sostienen los bancos centrales de países del resto del mundo, obligados a acumular reservas en dólares y comprar bonos del Tesoro como seguro contra una volatilidad que en gran parte importan de la propia política monetaria estadounidense. Es una relación de rehén: ningún gobierno extranjero puede dejar de financiar a Washington sin arriesgar su propia estabilidad. 

Nada de esto es casualidad ni disfunción. Es estrategia. Estados Unidos sostiene déficits de dos billones de dólares al año, incluso en tiempos de paz, porque su deuda no es solo una obligación financiera: es la base material de su dominio militar y geopolítico.

Cada portaaviones, cada base en el extranjero, cada paquete de sanciones que corta a un país del sistema SWIFT, se financia con una deuda que el resto del mundo está obligado a comprar. Es, literalmente, un arma de guerra económica.

Es una relación de rehén: ningún gobierno extranjero puede dejar de financiar a Washington sin arriesgar su propia estabilidad

Cuando la deuda pase de los 40 a los 50 billones —y lo hará, porque no hay voluntad política de tocar el gasto militar ni de subir impuestos al capital— no habrá crisis de legitimidad en Washington.

Habrá, como siempre, un ajuste exportado: inflación importada para el Sur Global, tasas de interés que encarecen la deuda de países que nunca gastaron ni una fracción de lo que gasta el Pentágono, y una prensa financiera que seguirá llamando "excepcionalismo" a lo que, sin eufemismos, es un fracaso y un privilegio imperial sostenido por la fuerza.

Mientras se habla de responsabilidad fiscal, la principal potencia militar del planeta sigue utilizando recursos gigantescos para proyectar su poder alrededor del mundo. Y mientras se presenta al dólar como una herramienta neutral del mercado, Washington lo utiliza como instrumento de sanción y coerción.

Los 40 billones de dólares en deuda pública no anuncian por sí solos el colapso de Estados Unidos. Pero sí muestran la magnitud de un privilegio que el resto del mundo ya no puede soportar. 

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