sábado, 30 de marzo de 2013

Ada Colau, el régimen político económico capitalista terrorista borbónico nepotista, una juventud sin futuro y los "escraches", es decir, la legítima defensa de los ciudadanos antes unas instituciones dictatoriales de los ricos e ilegítimas, sostenidas en las injuticias y en los abusos inhumanos.

Ada Colau, el terrorismo, los escraches y una Juventud Sin Futuro. Manuel Tapial, Rebelión

No es dificil leer y releer en estos días las barbaridades a las que la activista Ada Colau esta siendo sometida en verbo y forma por los diferentes dirigentes políticos de nuestro país. Desde Rosa Díez hasta Cristina Cifuentes pasando por una amalgama de seudo cargos públicos que no han dejado titere sin cabeza atacando a Ada Colau personalmente y/o en su defecto a la Plataforma de Afectados de la Hipoteca.
Como decía Javier Gallego en su artículo de hoy Escrache toda esta gente no se ha dado cuenta de que quienes vienen desde hace años haciendo un Escrache monumental contra la ciudadanía son la clase política y la banca.
Los límites a los que estamos llegando en nuestro país con los recortes en sanidad, educación o cultural, por poner algunos ejemplos son del todo irracionales si además le sumamos que mientras todo eso sucede, los casos de corrupción no dejan de saltar a los medios de comunicación y hemos de encontrarnos con la paradoja diaria que personas son desahuciadas de sus casas mientras políticos corruptos, equipos de futbol con deudas a los bancos millonarias, banqueros condenados o miembros de la realeza siguen haciendo su vida como si con ellos no fuera la cosa. Estos contrastes no hacen otra cosa que alimentar el odio, evidenciar el injusto sistema en el que vivimos y por su puesto, demostrar la profunda falta de respeto de los dirigentes políticos y las élites a las que representan sobre el conjunto de los ciudadanos.
Que se pretenda asociar a Ada Colau con el terrorismo es una bajeza moral que era previsible que tarde o temprano se produciría, como previsible era que quién la realizase fuese la cachorra de Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes. Según la Rae, terrorismo es una “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror” o bien la “dominación por el terror” y según estas acepciones me pregunto si no tenemos un gobierno que domina gracias al terror y produce actos de terrorismo cuando facilita el desalojo de miles de familias de sus casas a las que previamente las han disminuido sus derechos sociales, laborales, educativos o sanitarios y deja en el total desamparo. Esas actitudes no solo vulneran los derechos humanos sino sin duda alguna son actos de terrorismo ejecutados desde el estado y cuales destinatarios son la ciudadanía entera.
Los escraches de los que se quejan los diputados son el mar menor dadas las circustancias. Y como decía la periodista Maruja Torres en su columna de El Pais, “El problema es que exploten pocos; eso proporciona excusas a los carceleros del régimen” a lo que yo añado que están haciendo méritos para que la explosión sea mayoritaría y al final el escrache se convierta en algo mayoritario hasta que les consigamos echar del poder, y algunos hasta del país.  
El día 7 saldremos a las calles en España, pero no solo. También saldremos a las calles de New York, de Londres, de Berlin, de Montreal, de Los Angeles, de México D.F., de Buenos Aires, de Estambul, de Paris, de Amsterdam, de Oslo y de un infinito de ciudades mas en las que nos hemos tenido que exiliar algunos expulsados por las diferentes políticas que el gobierno eligió desarrollar. Los recortes y la falta de oportunidades laborales han provocado que miles de estudiantes hayan tenido que buscar becas lejos de sus lugares de origen u oportunidades laborales mas haya de nuestras fronteras y somos esos, los exiliados económicos los que ocuparemos las calles ese día 7 fuera de nuestro país. Sin duda, en nuestras reivindicaciones asumimos las de las PAH y llevaremos con nosotros su distintivo circulo verde del SI SE PUEDE, porque además creemos que se debe votar la ILP que consiguieron meter al parlamento, y porque nosotros también somos vñíctimas del terrorismo del gobierno, porque #NoNosVamosNosEchan y somos una Juventud Sin Futuro.

Derecho, Estado y propiedad. La libertad republicana contra la concepción liberal del Estado. ¿En qué consiste y qué es realmente la democracia'? ¿Un eslogan propagandístico del capitalismo? ¡Desde luego es algo mucho más serio!



Derecho, Estado y propiedad. La libertad republicana contra la concepción liberal del Estado.

Temas
Este artículo es la versión original del que fue publicado con el mismo título en el número 70 de la revista Temas (La Habana, abril junio 2012). Los editores cubanos hicieron una serie de modificaciones sobre el original que, normalmente, derivan en cuestiones meramente sintácticas, pero que, al menos en nuestro país, dificultan la lectura.
Hay muchas formas de matar
Pueden meterte un cuchillo en el vientre
Quitarte el pan
No curarte de una enfermedad
Meterte en una mala vivienda
Empujarte hasta el suicidio
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo
llevarte a la guerra, etc.
Solo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.
Bertolt Brecht, Me-Ti. El libro de los cambios. 1937


1. El Estado como “nada más que” una herramienta de dominación de clase
Desde sus orígenes, la corriente principal de la tradición marxista ha tendido a considerar el aparato del Estado como “nada más que” una herramienta de explotación y dominación de clase. En este sentido, como es lógico, la discusión sobre cuándo y cómo cabría lograr la abolición del Estado ha sido una constante.
A este respecto, hay que empezar sin duda reconociendo que ya en Engels, en Lenin e incluso en el propio Marx (aunque en menor medida) es posible encontrar indicaciones respecto a la necesaria abolición del Estado.
Ciertamente en Engels podemos encontrar las indicaciones más nítidas al respecto. Así, por ejemplo, en una carta a Bebel de marzo de 1875 considera simplemente absurda la mera idea de un “Estado libre”:
“ Siendo el Estado una institución meramente transitoria que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso, nosotros propondríamos emplear siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra "comunidad" (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa "Commune"” 1
Bien es verdad que la posición de Marx al respecto parece siempre mucho más matizada. Así, por ejemplo en la Crítica del programa de Gotha no tiene reparos en hablar del “Estado futuro de la sociedad comunista” 2 para referirse al entramado institucional que habrá de resultar tras el triunfo de la clase obrera.
No obstante, Lenin niega cualquier diferencia que pueda producirse a este respecto entre Marx y Engels . En efecto, en El Estado y la revolución , Lenin critica a quienes tratan de señalar alguna diferencia entre ambos pensadores a propósito de la cuestión del Estado 3 . A partir de aquí, Lenin se posiciona de un modo muy expreso a favor de la abolición del Estado una vez suprimida la necesidad de un aparato coactivo de explotación de clase. Y de este modo, aunque sí reconoce la necesidad de alguna estructura represiva capaz de controlar los excesos de individuos concretos, fija para la corriente principal de la tradición marxista una postura firme en defensa de la abolición del Estado como tarea ineludible del comunismo:  
“ sólo el comunismo suprime en absoluto la necesidad del Estado, pues no hay nadie a quien reprimir, "nadie" en el sentido de clase, en el sentido de una lucha sistemática contra determinada parte de la población. No somos utopistas y no negamos lo más mínimo que es posible e inevitable que algunos individuos cometan excesos, como tampoco negamos la necesidad de reprimir tales excesos. Pero, en primer lugar, para ello no hace falta una máquina especial, un aparato especial de represión; esto lo hará el propio pueblo armado, con la misma sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de personas civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa a los que se están peleando o impide que se maltrate a una mujer. Y, en segundo lugar, sabemos que la causa social más profunda de los excesos, consistentes en la infracción de las reglas de convivencia, es la explotación de las masas, su penuria y su miseria. Al suprimirse esta causa fundamental, los excesos comenzarán inevitablemente a "extinguirse". No sabemos con qué rapidez y gradación, pero sabemos que se extinguirán. Y con ello se extinguirá también el Estado ” 4 .
Sin embargo, lo primero con lo que nos encontramos a este respecto es con un sistema de definiciones cerrado en el que Estado no remite a nada más que a las estructuras e instituciones de opresión de clase y, por lo tanto, va de suyo su “extinción” con la abolición de la sociedad de clases.
Esto es algo que se comprende a la perfección en un contexto de discusión teórica y actividad política en que se trata de confrontar aparatos estatales que, en efecto, no tienen muchas más funciones que las de carácter represivo, de sostenimiento del orden establecido y garantía de la propiedad de las clases altas. Evidentemente, cuando se habla de Estado zarista, lo primero que viene a la cabeza no es la provisión de servicios públicos esenciales como la sanidad o la educación. Ni tampoco se piensa en el instrumento de seguridad jurídica y garantías respecto a las libertades individuales.
En ese contexto, es decir, en el contexto de la I Internacional, es evidente que en la discusión con los anarquistas habría sido absurdo que los comunistas se presentasen como los defensores del Estado frente a quienes piden su abolición.
En la medida en que el Estado no sea más que una estructura de opresión de clase , es necesario defender su extinción en paralelo con la abolición de las clases. Pero esto es algo que no tiene mayor complicación ni mayor interés. Es algo que se establece por definición y que afecta al Estado solo en la medida en que no sea nada más que estructura de opresión de clase.
  Como es evidente, lo que nos interesa es plantearnos si el Estado puede ser “algo más” y qué ocurre con ese “algo más” . Y a este respecto, resulta difícil negar que, además de una maquinaria para cobrar tributos y reprimir revueltas, el Estado puede sin duda desempeñar otras funciones.
En todo caso, el contexto de discusión hoy no es principalmente con el anarquismo o, en todo caso, lo es con el anarco-liberalismo tipo Nozick, que lo que defienden es, precisamente, que el estado no sea nada más que ese mínimo imprescindible para garantizar la explotación de clase.


2. El estado como “algo más que” una mera herramienta de dominación de clase
2.1. Libertad y coacción .
Incluso en lo relativo a las funciones netamente coactivas y de ejercicio de la violencia, parece claro que una parte de las tareas que le corresponden no remiten a conflictos de clase. Resulta de una ingenuidad llamativa plantear que en algún momento dejarán de ser necesarias las funciones represivas y de garantía de la seguridad, tanto interna -porque habrá llegado una nueva era de relaciones entre los hombres- como externa -porque habrá triunfado la revolución mundial.
Confiar la integridad personal a que cale en el corazón de los hombres el “no matarás” o confiar la propiedad (pública o privada) a que ya no se codicien los bienes ajenos, puede ser un objetivo noble pero basado en una pura confianza mesiánica. En ausencia de fuerzas coactivas por parte del poder del Estado, te encuentras con todo tipo de venganzas, pillajes, saqueos y la permanente amenaza del caos. A este respecto, no le falta razón a Doménico Losurdo cuando señala que los grandes procesos revolucionarios socialistas (fundamentalmente la revolución rusa y la revolución china) se encontraran como primera tarea con la necesidad de salvar un Estado ante una situación que se precipitaba al caos 5 . En realidad, cualquier proceso revolucionario obliga a replantear determinados presupuestos ingenuos que arrastramos respecto a la violencia. Por ejemplo, el proceso revolucionario venezolano ha puesto de manifiesto que es falsa la relación mecánica que desde la izquierda se tendía a establecer entre violencia y condiciones materiales. En efecto, en Venezuela nos encontramos con que se ha multiplicado el poder adquisitivo de los estratos populares y las garantías de protección social y, sin embargo, no se han reducido proporcionalmente los índices de violencia. Y por fin (recientemente y con carácter experimental) el Estado ha decidido que es necesario reforzar su capacidad coactiva a través de un cuerpo de Policía Nacional.
Es resumen, incluso desde el punto de vista de la coacción y el necesario ejercicio de la violencia, hay “algo más” , hay funciones que en absoluto cabe reducir a una función de opresión de clase y, por lo tanto, que siguen pendientes por mucho que queden abolidos los mecanismos estructurales de explotación.
 
2.2. Derechos de participación política
También en lo relativo a la representación y la participación política, parece difícil renunciar a un entramado institucional capaz de garantizar la toma de decisiones colectivas según procedimientos estables.
Lenin mismo reconoce que incluso la democracia más avanzada no puede prescindir de instituciones representativas. Y en el caso de Marx desde luego es transparente. En su defensa de la Comuna de París, celebra sin duda el entramado institucional de representación que se establece y los procedimientos reglados para la toma de decisiones.
A este respecto, las discusiones sobre el Estado han resultado en gran medida netamente nominales. Ciertamente, si vamos a defender una estructura institucional con procedimientos reglados para la toma de decisiones y capacidad coactiva para hacerlas cumplir, es puro voluntarismo no llamarlo “Estado”.
En todo caso, entre las funciones de eso a lo que cabe llamar “Estado” hay que incluir mecanismos de deliberación pública y decisión común que, convenientemente secuestrados y amordazados por los poderes económicos, pueden no ser “nada más que”   herramientas de control de clase (por la vía de la legitimación) pero que, en principio, son irrenunciables en cualquier república democrática que quiera reclamar para sí el nombre de “comunismo” pues, de hecho, son condición necesaria para que pueda hablarse de decisiones tomadas en común.   En este sentido, cabe sin demasiado problema llamar “Estado” al necesario entramado institucional que pudiera corresponder a un sistema de deliberación de soviets o consejos. A este respecto, no hay más que ver el análisis tan elogioso que hace Marx sobre el entramado institucional de la Comuna de París 6 .


2.3. Derechos sociales y provisión de servicios
Pero mucho más claro es todavía el asunto si nos referimos ya a la cuestión de los servicios esenciales cuya provisión hay que atender desde instancias públicas. Aquí aparece, como es obvio, todo un ámbito de funciones del Estado que no es fácil ver por qué habrían de extinguirse con la supresión de las clases. De hecho, para mostrar que también en los países capitalistas el Estado constituye “algo más”   que no se reduce a una mera función de explotación de clase, basta ver cómo se reacciona desde la izquierda (actualmente por ejemplo de un modo dramático en el caso de Europa occidental) cada vez que que se produce un nuevo ataque al Estado como garante de la provisión de ciertos servicios básicos.
Así pues, en cuanto se pone encima de la mesa la cuestión de la sanidad o la educación, es decir, en cuanto se localiza algún tipo de “algo más”, la pregunta que se impone de inmediato –si no queremos enredarnos en una discusión meramente nominal– ya no es si Estado sí o no, sino qué instituciones y con qué garantías .  


3. El Estado comunista y la exigencia de atender a ese “algo más”: derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales
Ahora bien, c on la misma naturalidad con la que, si se considera que el Estado no es “nada más que” un instrumento de explotación de clase hay que contestar que, en ausencia de explotación, el Estado tendrá que extinguirse; con la misma naturalidad hay que decir que, si se considera que el Estado es “algo más” ,   la principal función de ese estado comunista será, ante todo, atender a ese “algo más”.
  En efecto, si cabe localizar funciones necesarias del Estado “más allá” de la mera explotación de clase, y cabe localizarlas de hecho respecto a los distintos “tipos” o “generaciones” en que suelen clasificarse los derechos, es decir, si cabe localizar que tanto en la cuestión de los derechos civiles (conocidos a veces como derechos de primera generación), como en la cuestión de los derechos de participación política (o derechos de segunda generación) como, de un modo aún más nítido, en los derechos sociales (o de tercera generación), se juega algo más que la mera explotación de clase, entonces es evidente que la tarea de un Estado comunista debe ser garantizar ese algo más.
En primer lugar, parece obvio que un Estado comunista no puede dejar de intentar que no se produzcan agresiones y atentados entre individuos (de carácter racista, homófobo, machista o, por ejemplo, agresiones de carácter sexual). También debe evitar que se produzcan abusos del propio aparato del Estado sobre sus ciudadanos y, en esa medida, no puede dejar de garantizar cierta seguridad jurídica y garantías procesales.
Ahora bien, lo fundamental es destacar que también estos derechos y libertades dependen enteramente de la existencia de instituciones de garantía con capacidad de preservarlas de un modo efectivo. Incluso la seguridad jurídica y las garantías procesales dependen por entero de condiciones materiales para su ejercicio. Por ejemplo, la tutela judicial efectiva es una mera ficción si no se garantiza la asistencia de un letrado, los medios para la defensa etc. Más clara todavía es la impotencia, por ejemplo, en la lucha contra los asesinatos machistas si el Estado no ofrece modo de cortar ni siquiera la atadura material de las mujeres a sus maridos. Pero esto, claro está, no es un argumento ni contra el Estado ni contra el derecho, sino contra la ausencia de medios e instituciones de garantía (que son, en efecto, los rasgos distintivos de un Estado comunista).
En segundo lugar, también los derechos de participación política resultan meramente ficticios e ilusorios si carecen de medios e instituciones de garantía. Derechos como, por ejemplo, el de libertad de expresión carecen en gran medida de sentido si se desconectan de las condiciones materiales para su ejercicio, es decir, si se desconecta de la cuestión del acceso a los medios de comunicación. De nuevo aquí, si hay algo que define a un Estado comunista no puede ser la renuncia a estos derechos (ya que, especialmente en el caso de los derechos de participación política, son condición de que pueda haber procesos de deliberación colectiva y, por lo tanto, decisiones tomadas en común). Por el contrario, lo que define a un estado comunista solo puede ser que, si se establece la información veraz o la libertad de expresión como derecho fundamental, se establecen al mismo tiempo las condiciones materiales y las instituciones de garantía capaces de asegurarlos; y asegurarlos significa que si se establecen como derechos fundamentales, cualquier derecho de rango inferior se subordina a su cumplimiento.
Por último , este asunto es aún más evidente en el terreno de lo que tradicionalmente se han llamado “derechos sociales” o “derechos de tercera generación”. Corresponde también esencialmente a la idea de un “Estado comunista” el imperativo incondicionado de incluir entre los derechos fundamentales toda una serie de cuestiones relativas al sustento material (la necesidad de un sistema de salud y educación público, las garantías en el acceso a la vivienda, cierta garantía mínima de ingresos, etc). En efecto, corresponde esencialmente a la tradición republicana y socialista el establecer en el mismo rango de derechos fundamentales determinadas cuestiones materiales excluidas por principio por la tradición liberal.
De hecho, cabe defender que lo que distingue esencialmente a la tradición liberal de la tradición republicana y socialista es que esta se niega a desconectar la cuestión formal de las libertades de las condiciones materiales para su ejercicio. Si se trata de garantizar la integridad personal, hay que garantizar tanto que no eres agredido con un cuchillo como que no te niegan el acceso a 2000 calorías diarias.
Ciertamente, en el caso de los derechos sociales tiende a resultarnos más nítido ( aunque el problema es exactamente el mismo ) que el problema no está en el reconocimiento del derecho (por ejemplo en el derecho a la vivienda en la Constitución española) sino en la falta de instituciones de garantía. Ante este hecho, hay juristas liberales que, con bastante descaro, tratan de defender que, si faltan instituciones de garantía , entonces es que no existía tal derecho. Sin embargo, a nuestro entender, tiene toda la razón Ferrajoli cuando sostiene que si faltan las instituciones de garantía lo único que se pone de manifiesto es una laguna   que la propia arquitectónica del derecho reclama que se cubra.


4. Discusión con el liberalismo
Ahora bien, todo esto implica automáticamente una apuesta decidida por las instituciones de deliberación y decisión colectiva. En efecto, lo primero que implica asignar a todas estas cuestiones materiales el rango de derecho fundamental es la exigencia de atenderlas desde los poderes públicos y, por lo tanto, la necesidad de intervenir con fuerza en cuestiones económicas con el fin de obtener los recursos suficientes para proveer esos servicios. En efecto, si se quieren incluir esas garantías entre los derechos fundamentales, es necesario gestionar desde los poderes públicos una cantidad ingente de recursos.
Y es en este punto en el que la tradición liberal reacciona escandalizada diciendo que esas libertades “positivas” (que exigen la provisión de recursos) entran necesariamente e n contradicción con el conjunto más básico de libertades “negativas” (a las que correspondería prioridad sobre las primeras) ya que implican, como mínimo, una interferencia en ese “derecho fundamental” que sería el derecho de propiedad. En efecto, es evidente que no hay forma de proveer de todos los servicios esenciales de salud, nutrición, vivienda, educación, etc. que no pase por una notable injerencia coactiva en el terreno de la actividad individual. Ciertamente, cualquier intento de sostener un sistema amplio de provisión de servicios pasa al menos por una intensa política fiscal capaz de detraer de unos lo que va a proveer a otros (eso cuando no pasa por un plan sistemático de nacionalizaciones) y, por lo tanto, supondría una interferencia efectiva en el terreno de la propiedad privada y, por lo tanto, en uno de los elementos básicos de los derechos fundamentales de los individuos. En ese sentido, esa interferencia fiscal (cuando no de una política de expropiaciones) supondría un atentado al núcleo de las libertades individuales en sentido negativo que exigen no ser interferidas.
Resulta evidente que, desde la tradición republicana y socialista, debemos oponernos a ese planteamiento pero, desde nuestro punto de vista, la respuesta más sensata no es restar importancia a los derechos fundamentales y las libertades individuales sino denunciar que el planteamiento entero se ampara en una oposición engañosa (la que enfrenta libertades positivas y negativas) y en una confusión interesada (la que se empeña en no distinguir entre derechos fundamentales y derechos patrimoniales).


4.1. Una oposición engañosa: libertad negativa / libertad positiva
En efecto, según la distinción clásica consagrada por Isaiah Berlín, las libertades negativas serían aquellas que permitiesen sin restricción a cada uno “hacer o ser lo que sea capaz de hacer o ser, sin ser interferido por otras personas” 7 . En este sentido, serían “libertades negativas” aquellas cuya función se limitase a impedir cualquier tipo de interferencia o atentado contra el espacio de libertad e integridad individual de cada uno, tanto de su persona como de su propiedad.
Ahora bien, no hay ni puede haber ninguna restricción en este sentido que no implique, al mismo tiempo, una interferencia positiva en el espacio propio de cada sujeto y su propiedad. En efecto, aunque solo sea porque también los derechos negativos implican la gestión de recursos comunes (para sostener instituciones como unos cuerpos de seguridad, un sistema penitenciario, una administración de justicia, etc.) no hay forma de garantizar ninguna libertad negativa que no pase también por una interferencia en el patrimonio por la vía de impuestos. En efecto, no solo los “derechos sociales” o aquellos que implican la provisión de bienes y servicios por parte de las administraciones públicas exigen un gasto efectivo de recursos. Por el contrario, cuanto mayor sea la desigualdad y mayores las aspiraciones de las libertades negativas, mayores serán también los medios necesarios para asegurarlas. En este sentido, las libertades negativas se topan (tanto como las positivas) necesariamente con el problema de cómo obtener los recursos necesarios para garantizarlas y, al menos en ese sentido, se ven forzadas a intervenir en el ámbito privado de la propiedad privada por la vía de la recaudación.
No hay, pues, ningún derecho ni garantía (ni negativo ni positivo) que pueda eludir esta cuestión de los recursos y la recaudación tributaria y, por lo tanto, ningún derecho que no implique, como mínimo en ese sentido, la necesidad de tomar decisiones políticas   (y hacerlas efectivas con carácter coactivo) que interfieren de un modo sustancial en el terreno privado de la propiedad individual .
En este sentido, la decisión política de ampliar las garantías de “integridad personal” hasta el punto de asegurar no solo seguridad sino también, por ejemplo, 2000 calorías diarias, vivienda o acceso a servicios sanitarios no introduce ninguna novedad sustancial (solo de grado) en lo relativo a la “interferencia” que implica respecto al espacio privado de la renta y el patrimonio.


4.2. Una confusión interesada: derechos fundamentales y derechos patrimoniales
Ahora bien, junto a esta distinción (a nuestro entender engañosa) entre libertades positivas y negativas, el discurso liberal reposa en una confusión (a nuestro entender interesada) entre derechos fundamentales y derechos patrimoniales. En efecto (al menos algunos comunistas) no rechazamos discutir la cuestión a partir del reconocimiento del carácter inalienable (absoluto e incondicionado) de ciertos derechos fundamentales (que remiten, sí, a derechos y garantías de los individuos que deben ser respetados con carácter incondicionado).
Pero, a este respecto, creemos que la discusión debe centrarse en qué cabe considerar derechos fundamentales y qué no y, ciertamente, la principal estrategia de los discursos liberales pasa siempre por defender que el derecho de propiedad debe contarse sin duda entre ellos. Sin embargo, como demuestra Ferrajoli de un modo, a nuestro entender, incontrovertible, el “derecho de propiedad” no reúne los requisitos mínimos que caracterizan a los derechos fundamentales, empezando, evidentemente, por el principal y decisivo de estos requisitos que es, precisamente, el de la posibilidad de ser derechos para todos por igual. En efecto, resulta absurdo reclamar como derecho fundamental algo que puedo tener yo solo a condición de que no lo tenga nadie más (tal como ocurre con al propiedad sobre bienes materiales). Ciertamente, yo puedo tener un derecho de propiedad sobre las tierras de mi familia, y puede tratarse de un derecho importante, pero no puedo pretender que la propiedad-sobre-las-tierras-de-mi-familia constituya un derecho fundamental, pues con ello estaría exigiendo que la propiedad-sobre-las-tierras-de-mi-familia fuese un derecho igual para todos, lo cual es absurdo, dado que el concepto de propiedad ya no significaría nada.
  Otra cosa enteramente distinta (y que sí es, como resulta evidente, perfectamente universalizable) es el derecho de los individuos a ser, en general, sujetos del derecho a propiedad. Todos somos posibles sujetos del derecho de propiedad, pero no cabe pretender que, a partir de ahí, se conviertan en “derecho fundamental” las cuestiones relativas al patrimonio en concreto y a las distribuciones patrimoniales de hecho.
  Así pues, la textura mínima que define a los derechos fundamentales es su posibilidad de estar asegurados por igual para todos. Y este puede ser el caso, por ejemplo, de la libertad de expresión, el derecho a recibir asistencia sanitaria o educación y, también, la posibilidad de ser propietario de bienes en general . Sin embargo, la propiedad privada sobre esas tierras o aquella renta no puede, por definición, ser universalizada y, por lo tanto, no puede aspirar al rango de derecho fundamental. La propiedad sobre un patrimonio concreto puede sin duda constituir un derecho más o menos importante. Pero, insistimos una vez más, el derecho sobre un patrimonio en concreto solo se puede tener a condición de que no lo tenga nadie más y, por lo tanto, puede constituir un derecho, sí, pero no un derecho fundamental en ningún caso, sino solo un derecho patrimonial.
  Ahora bien, sin perjuicio de su importancia y del alto grado de garantías que quepa exigir al respecto, se trata necesariamente de un derecho de rango inferior que debe quedar subordinado al cumplimiento efectivo de los derechos fundamentales y, por lo tanto, debe poder ser sometido, por ejemplo, a un impuesto de patrimonio si ello resulta necesario para atender a las exigencias de libertad, seguridad, salud, educación o independencia que en cada caso se hayan establecido constitucionalmente como derechos fundamentales.  
El planteamiento en realidad no puede ser más sencillo: si la tutela judicial efectiva es un derecho fundamental, también lo son los medios materiales y las instituciones de garantía necesarias para sostenerla y, por lo tanto, que unas tierras en concreto formen o no parte de mi patrimonio es un derecho importante pero en cualquier caso subordinado al cumplimiento de los derechos fundamentales. Del mismo modo, la garantía de acceso plural a los medios de información, como condición esencial de la deliberación pública y la participación política, debe imponerse en el orden jerárquico sobre el hecho patrimonial de que la cadena sea propiedad privada de este o aquel particular. Igualmente, si se considera la salud, la educación o 2000 calorías diarias un derecho fundamental, no cabe aducir derechos patrimoniales para impedirlo. En este sentido los derechos fundamentales son todos aquellos respecto a los que no cabe la pregunta de si son viables o no (y mucho menos, claro, si son rentables o no) y respecto a los que la única pregunta posible es quién los paga.


5. El liberalismo y el intento de reducir el Estado a “nada más que” una herramienta de explotación de clase.
Así pues, todo el escándalo con el que alborota el liberalismo radical ante cualquier planteamiento de este tipo y, a partir de ahí la correspondiente propuesta de “Estado mínimo” que defienden autores como von Mises, Hayek, Nozick o Milton Friedman, se sostiene enteramente, como estamos intentando defender, sobre una distinción engañosa y una confusión interesada.
De hecho, llevando hasta límite último esa confusión, terminaría siendo imposible defender ninguna institución de garantía, ni siquiera las relativas a la protección de los derechos civiles y la seguridad jurídica mínima de los individuos (la vida, la libertad y la propiedad), pues cualquier institución de garantía (también los tribunales, la policía, el sistema penitenciario, etc.) requiere recursos. Y, ciertamente, si el Estado debe limitarse a defender las llamadas “libertades negativas” (es decir, excluyendo por supuesto cualquiera que implique directamente provisión de servicios) y se incluyen como parte de esas libertades las cuestiones patrimoniales (es decir, la defensa en cualquier caso de la estructura de distribución de renta dada), nos encontramos con que, en el límite, no se podría justificar un sistema fiscal ni siquiera para sostener la policía y los tribunales (pues todo sistema fiscal implica detraer coactivamente recursos del patrimonio de los individuos o grupos de individuos libremente asociados (empresas), lo cual sería ya por sí mismo un atentado a la libertad en sentido negativo).
En cualquier caso, aquí no nos interesan tanto las encrucijadas en las que se encuentran para justificar la necesidad y la legitimidad de   las instituciones de garantía al menos para las libertades negativas (llegando a coquetear incluso con la idea de sostenerlo todo en donaciones privadas y fondos fiduciarios voluntarios; algo que realmente causa estupor). Lo que nos interesa es ver que todos los defensores del “Estado mínimo” defienda un Estado que, precisamente, se limite nada más que a las funciones que Marx consideraba propias del Estado como herramienta de dominación de clase. En efecto, incluso Robert Nozick, que es probablemente el más radical de esta tradición, termina defendiendo la existencia del Estado siempre que se limite a las funciones de protección contra la violencia, el robo, el fraude y la violación de contratos 8 . Es decir, exactamente los elementos que Marx demuestra que hay que sostener para garantizar la eficacia del sistema de explotación de clase. En definitiva, se trata simplemente de garantizar la propiedad (en la estructura de distribución en la que se encuentra de hecho, como si esa distribución fuese en sí misma un derecho fundamental ) y, a partir de ahí, garantizar la libertad individual sin límites para establecer contratos.
Ahora bien, conviene recordar el mecanismo elemental que Marx localiza por el que, una vez establecida una estructura de propiedad capitalista, basta consagrar la libertad para garantizar la eficacia de la explotación de clase. En efecto, como explica Marx, la negociación laboral en el mercado capitalista se establece siempre sobre el trasfondo de una determinada masa necesaria de población desempleada (a la que Marx denomina “ejército industrial de reserva” y la economía convencional denomina “tasa natural de desempleo”), es decir, una masa estructuralmente necesaria de población desmpleada que, sin embargo, depende a vida o muerte de la obtención de un salario. En estas coordenadas, resulta evidente que la absoluta “libertad individual de contrato” generaría unas condiciones de competencia en las que siempre hay gente dispuesta a trabajar un poco más barato con tal de, al menos, tener un empleo. Siempre. Con independencia de lo barato que se esté ya trabajando. Así pues, en las coordenadas de un mercado de trabajo capitalista, la “libertad individual sin límites para establecer contratos”, si no se interviene sobre las condiciones de la propiedad, implica automáticamente el más eficaz mecanismo de explotación de clase.

6. Algunos ejemplos históricos
A título de ejemplo, puede resultar interesante comentar un par de casos históricos para ilustrar en qué sentido decimos que es exactamente ahí (en el problema de la clasificación jerárquica entre distintos tipos de libertad y en el estatuto jurídico de los derechos de propiedad, es decir, en la cuestión de esa distinción engañosa entre libertades positivas y negativas y esa confusión interesada entre derechos fundamentales y patrimoniales) donde se juega y siempre se ha jugado la confrontación fundamental del republicanismo (y por supuesto del socialismo) con el liberalismo.
En primer lugar, podemos localizar a la perfección ese eje de conflicto en el centro mismo de la revolución francesa.
En esa confrontación histórica, como es lógico, la mayor parte de la atención la ha acaparado el conflicto que enfrenta a las posiciones revolucionarias en general con las fuerzas reaccionarias. Sin embargo, es en el enfrentamiento interno de las fuerzas revolucionarias donde se jugaba la batalla que más actualidad tiene en nuestro contexto político actual. En efecto, desde el comienzo mismo de la revolución entran en pugna dos proyectos alternativos radicalmente incompatibles entre sí 9 . El primero de ellos, encabezado por los seguidores de Turgot y de las ideas de los fisiócratas, representaba ante todo el proyecto liberal de una sociedad de mercado en el que la libre iniciativa (económica) individual tenía que ser resguardada con carácter prioritario frente a cualquier otra consideración. Y, en este sentido, los poderes públicos tenían la función prioritaria de preservar ese espacio con toda la violencia que resultase necesaria. Por otro lado, los jacobinos reclamaban la existencia de ciertas funciones políticas que la República no podía dejar de atender (por ejemplo, garantizar el “derecho a la existencia” de toda la población como condición indispensable para su participación ciudadana) incluso si esas funciones exigían realizar interferencias en el espacio privado de la actividad económica.
Este conflicto estalla de un modo transparente a propósito de la libertad de comercio de los bienes de primera necesidad, en particular de los precios del trigo. Ciertamente, la liberalización de los precios del grano era una larga reivindicación de los propietarios para poder subir los precios (tradicionalmente tasados por los poderes municipales) y aumentar con ello el margen de ganancias. Ya en dos ocasiones el Rey había intentado llevar a cabo esta medida liberalizadora pero terminó desistiendo ante la explosión de motines de subsistencia. Así pues, es finalmente la Asamblea Constituyente (controlada por quienes Florence Gauthier denomina el “partido de los economistas”) la que el 29 de agosto de 1789 instaura el principio de la “libertad ilimitada del comercio de los granos” y, poco después, el 21 de octubre, decide militarizar Francia por medio de la “ley marcial” para evitar los motines y revueltas.
Con esta operación, ciertamente, se está lejos de evitar la “intervención” de los poderes públicos. Por el contrario, se trata de un nivel de “intervencionismo militar” realmente apabullante. Sin embargo, el perfil “liberal” de este planteamiento se cifra en un único punto: la intervención (empleando todos los medios y recursos que resulten necesarios) no puede tener más propósito que el de evitar interferencias (emanadas desde instancias de decisión colectiva) en la actividad individual y privada. En este sentido, ese concepto negativo de libertad exige que, frente a cualquier posible injerencia política (emanada de ninguna “voluntad unida”), se preserve sin interferencias el espacio de iniciativa individual de cada uno por separado, incluso si para asegurarlo hay que declarar una dictadura militar. Por su parte, el planteamiento jacobino es el inverso: hay determinados derechos fundamentales que también son derechos de los individuos (como por ejemplo el derecho a existir), que son derechos que remiten a la integridad personal (tanto como la ausencia de violencia) y que también requieren la gestión de recursos públicos (tanto como la ausencia de violencia). Así, hay determinada exigencias que se plantean a la República que deben ser atendidas por los poderes públicos incluso si para ello hay que tomar medidas que interfieren e el espacio individual y privado del patrimonio y la actividad económica.
Este mismo conflicto puede encontrarse también de un modo nítido en el siglo XX, por ejemplo, en el Chile de Allende y la reacción armada de Pinochet. En efecto, tal como analiza minuciosamente Naomi Klein 10 , la ideología que orienta la dictadura pinochetista está fundamentalmente determinada por el ultra-liberalismo económico de Milton Friedman y los denominados “Chicago Boys”. No es que no opere a la base de este planteamiento un concepto de libertad. Todo lo contrario. A la base de la legitimación ideológica hay operando un concepto negativo de libertad a partir del cual resulta intolerable la injerencia de decisiones políticas sobre el espacio del patrimonio y la libre actividad económica individual. Desde esta perspectiva, la nacionalización del cobre era considerada un atentado intolerable contra la “libertad” que exigía ser corregido así fuera a través de una sangrienta dictadura militar (y empleando para ello, por supuesto, todos los recursos materiales que fueran necesarios). A la inversa, una vez más, el planteamiento de Allende pasa por localizar en la gestión pública de recursos la única vía por la que garantizar a todos, por un lado, las condiciones materiales necesarias para el acceso a la ciudadanía tomando decisiones con soporte económico también relativas a sanidad, educación, infraestructuras o lo que se decida en cada caso.

7. Conclusión.
Contra la confusión engañosa y la confusión interesada en la que se basa el núcleo de la ideología liberal en lo relativo a la cuestión del Estado, cabría defender lo siguiente como principios fundamentales de un Estado Comunista:
1) En primer lugar, claro está, el reconocimiento de un sistema de Derechos fundamentales que abarquen el conjunto de los aspectos sin los cuales no es posible una vida digna y de participación ciudadana. Y, en este sentido, no podrían dejar de formar parte de los derechos fundamentales cuestiones relativas tanto a las libertades civiles y los derechos de participación política (derechos de 1ª y 2ª generación) como, evidentemente, cuestiones relativas a derechos sociales.
2) En segundo lugar, como es evidente, que todos los derechos fundamentales estén protegidos por las correspondientes instituciones de garantía, y, por lo tanto, esto implica asegurar los medios materiales necesarios para asegurar de un modo efectivo
a) tanto los derechos civiles (garantizando realmente principios tan elementales como, por ejemplo, el derecho a la defensa o a no ser víctima de la violencia machista, lo cual pasa antes que nada, por asegurar la gratuidad de la justicia o por neutralizar la dependencia material que une con frecuencia a las mujeres maltratadas con sus maltratadores);
b) como los derechos de participación política, muy especialmente los derechos de organización y libertad de expresión e información, lo cual pasa, por ejemplo, por impedir que los medios de comunicación se rijan por una lógica meramente empresarial en la que los dueños de un puñado de corporaciones puede contratar y despedir libremente en función de consideraciones ideológicas, de tal modo que, a la postre, se termina entendiendo sólo el derecho a ser expresada la opinión de 6 o 7 magnates; la libertad de información debe en ese sentido tener un nivel de protección y garantías al menos análogo al de la libertad de cátedra de los profesores o la libertad de los jueces; y eso sólo es posible a través del carácter público de las instituciones.
c) y, por supuesto, instituciones de garantía encargadas de asegurar el cumplimiento efectivo de las prestaciones sociales que se haya decidido incluir entre los derechos fundamentales: sanidad, educación, vivienda digna, garantía mínima de ingresos, etc.
Y, evidentemente, hablar de las instituciones de garantía es hablar de la gestión de recursos necesarios para su ejecución.
3) Y, por último, debe no perderse de vista que si estamos hablando de derechos fundamentales ( y de sus correspondientes instituciones de garantía ) es evidente que hablamos de algo que debe quedar fuera del terreno de lo “políticamente decidible” y, por lo tanto, a resguardo de cualquier posible juego de eventuales mayorías y minorías. Es decir, que del mismo modo que ninguna mayoría (por muy mayoritaria que sea) puede decidir suprimir las garantías procesales, tampoco debe poder decidir no proteger a una víctima de la violencia machista (poniendo en operación los medios, y los recursos, que resulten necesarios); igual que en cualquier ordenamiento de derecho ninguna mayoría puede decidir eliminar la libertad de expresión, tampoco hay derecho a que decida no garantizar de un modo efectivo, por ejemplo, los medios para la organización política y la información veraz; o, del mismo modo que no cabe decidir el exterminio de una minoría tampoco debe haber margen para decidir que no cubre necesidades sanitarias 11 .
A partir de aquí, cabría definir un Estado comunista como u n estado democrático en el que los derechos civiles, políticos y sociales básicos no dependan del impulso político (o no) de un eventual gobierno comunista sino que se hallen consagrados como tales derechos fundamentales y amparados (con carácter incondicional) por las correspondientes instituciones de garantía.

Notas:
1 Engels, Carta a Bebel 18-28 de marzo de 1875, MEW, 34, p. 129
2 Marx, Kritik des Gothaer Programms, MEW, 19, p. 29
3 Lenin, El Estado y la revolución, en Obras Escogidas,, vol. VII, Moscú, Progreso, 1977, p. 81
4 Ibid. pp. 87-88
5Cf. Doménico Losurdo, Stalin, Barcelona, Viejo Topo, 2010
6 A propósito de este análisis, conviene abrir un pequeño paréntesis sobre la cuestión de la división de poderes : Marx, parece oponerse a la división de poderes cuando comenta el asunto de la Comuna de París y se posiciona nítidamente a favor de que el legislativo asuma las funciones ejecutivas. Sin embargo, esto debe entenderse a la luz de en qué consisten los organismos ejecutivos contra los que está lanzando. En realidad, Marx propone algo bastante parecido a lo que entendemos por “división de poderes” en los sistemas parlamentarios. En efecto, en absoluto se opone a que comisiones derivadas del legislativo (y siempre bajo su control) sean las que ejercen las funciones de gobierno (es decir, algo similar al modo como se se supone que se forma y se fiscaliza al gobierno en un ordenamiento jurídico parlamentario, a través de procesos de investidura, sesiones de control, etc.). Por el contrario, lo que está combatiendo es un poder ejecutivo completamente independiente de la voluntad popular y despótico, que no desempeña más que funciones recaudatorias y represivas, y en ningún caso programas de garantía social, y que, en principio, pretende tomar a las instituciones representativas como órganos meramente consultivos sin capacidad de decisión vinculante.
7 Isaiah Berlin, Four Essays on Liberty, Oxford, Oxford University Press, 1969, pp. 121-122.
8 Cf. Robert Nozick, Anarchy, State, and Utopia, Oxford, Basil Blackwell, 1999  
9Sobre este asunto, los trabajos de la historiadora francesa Florence Gauthier resultan realmente esclarecedores.
10 Cf. La doctrina del Shock, Barcelona, Paidós, 2007
11 Esto es, en definitiva, a lo que remite el “constitucionalismo rígido” de Ferrajoli que establece la necesidad de fijar un ámbito de lo “indecidible que” y lo “indecidible que no” pero no como algo contrapuesto a la democracia, sino como el sistema de garantías básico que debe asegurar todo aquello que sea condición de una vida ciudadana y una participación democrática efectiva.

Despidos masivos para salvaguardar los puestos de trabajo y la empresa... Es una broma, pero ¡Qué broma!, en el fondo no tiene ninguna gracia, para los obreros, ahí se ve de forma cruda la humanidad del capitalismo.


viernes, 29 de marzo de 2013

Más explotación eso es lo que nos ofrece la Europa del capitalismo y de las gerras de "democratización" (sic)

Más explotación: ¿Esta es la nueva Europa?.Fernando Luengo, Público

La crisis económica, dura en intensidad y larga en el tiempo, ha supuesto una merma de los beneficios con que operaban los capitales (extraordinarios, en las actividades financieras e inmobiliarias), reduciendo asimismo los espacios disponibles para su valorización. Las políticas implementadas por los gobiernos y por la troika han buscado restablecer los márgenes de ganancia, trasladando los costes de la crisis a la población trabajadora y creando nuevas fuentes de negocio para esos capitales. Tan sólo eso es lo que hay detrás del equívoco y confuso lenguaje oficial relativo a las políticas de austeridad y reformas estructurales.
En realidad, esas políticas son herramientas al servicio de un formidable proceso de redistribución regresiva de la renta, de un expolio social sin precedentes. Con independencia de que sus aspectos más extremos podrían suavizarse (flexibilizarse) cuando la urgencia de la coyuntura lo permita y cuando se haya culminado la primera gran oleada confiscadora, el núcleo duro de las estrategias de ajuste presupuestario y devaluación salarial han llegado para quedarse.
La devaluación interna, eufemismo que en realidad significa política de rentas salariales, designa quien debe pagar la crisis, los trabajadores, y ocupa un lugar medular en la recomposición de las ganancias empresariales. La “moderación salarial” ya dominaba la dinámica laboral europea desde hace más de tres décadas (¿es esa la Europa que algunos reivindican como salida de la crisis?). Ahora, con la introducción de la última generación de reformas laborales, con la permanente amenaza que pesa sobre los puestos de trabajo y con la presión a la baja de los ingresos de los trabajadores que suponen unos niveles de desempleo históricamente elevados, los salarios nominales se estacan o retroceden… abriéndose un camino que los empresarios recorren con satisfacción de mejora para los beneficios; sin necesidad de que lo haga la inversión productiva y sin que el consumo interno se dinamice.
La competencia a través de los salarios se instala en la Unión Europea, del mismo modo que ya impregna la dinámica de las empresas transnacionales, donde ya es habitual la competencia salarial entre los distintos centros de trabajo que integran el grupo corporativo. La lógica del ajuste salarial como mecanismo competitivo (¡¡lo verdaderamente importante es tener un empleo, cualquiera que sea su calidad!!) sitúa a Europa, a sus trabajadores, en una posición de extrema vulnerabilidad, pues, inmersos en esa lógica, para que las economías ganen cuota de mercado, se obliga a los trabajadores a perder derechos y capacidad adquisitiva.
Además de la presión sistemática y sistémica sobre los salarios, en la situación actual cobran una importancia creciente aquellos mecanismos de acumulación que podemos denominar como “extensivos” (sin eufemismos: más explotación), en oposición al crecimiento alimentado por la obtención de mejoras en la productividad. La jornada de trabajo tiende a alargarse al tiempo que se intensifican las cadencias y ritmos de producción, lo que de hecho significa una reducción de los salarios reales de los trabajadores. Igualmente, con el mismo objetivo de utilizar más extensivamente la fuerza de trabajo, se prolonga la vida laboral.
En resumen, intensificación de la explotación laboral, más que renovación y modernización de las capacidades productivas. Estos son los pilares sobre los que se está levantando la nueva Europa comunitaria, la que están impulsando las oligarquías productivas y financieras y las élites políticas, las que rigen los destinos del norte y del sur del continente europeo.
Fernando Luengo es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid.

Paro, precariedad o exilio, eso nos ofrece, Rajoy, el gestor del capitalismo del Estado español, de los oligarcas, terratenientes y demás ladrones de los ciudadanos trabajadores

Paro, precariedad o exilio.  Jesús Gellida, Rebelión

Después de un año de reforma laboral y cinco desde que empezó esta crisis estamos a las puertas de los 6 millones de parados (1), la precariedad laboral y social ha aumentado a gran velocidad y las cifras de personas que emigran por la patética situación económica no dejan de crecer.
Así tenemos que la situación económica se agrava cada vez más y podemos afirmar que ni han existido los brotes verdes, ni nada pareciendo, ni se los espera; es más, incluso los poderes políticos y económicos hablan de que continuará la destrucción de empleo, esto si en menor medida que en años anteriores, pues faltaría más que con estas cifras de paro estratosféricas todavía hubieran más despidos que en años anteriores. Aunque aquí todo es posible puesto que este pasado año 2012 el paro aumentó en 850.000 personas según los datos de la encuesta de población activa, uno de los peores datos desde el comienzo de la crisis. Pero por si no hubiera bastante con la pérdida del empleo y verse en la incertidumbre de un futuro precario no muy lejano tenemos que los poderes políticos instauran nuevas normativas restrictivas en cuanto a la percepción de prestaciones, subsidios o ayudas diversas. En este sentido y para poner tan sólo un ejemplo comentar el último decreto-ley que dificulta el acceso a subsidios para los mayores de 55 años.
Además de esta continúa destrucción de empleo con consecuencias brutales para la vida de las personas (2), véase el drama de los desahucios entre otros, tenemos que se está imponiendo un nuevo modelo de relaciones laborales a base de generalizar el miedo a la pérdida del trabajo. En este sentido se está aprovechando el contexto económico actual para implantar este nuevo modelo regido por una cada vez más instaurada y generalizada precariedad. Está claro que lo que se busca es competir con el resto del mundo devaluando las condiciones laborales internas, es decir, tener mano de obra todavía más barata, que esté a la completa disposición de la empresa y a la cual se pueda despedir sin trabas ni indemnizaciones. Así, este cambio de modelo comportará la proliferación de lo que en el mundo anglosajón denominan woorking por (trabajadores pobres), personas que se encuentran bajo el umbral de la pobreza a pesar de tener un trabajo asalariado y que tienen que aceptar condiciones de semi-esclavitud como consecuencia de las necesidades básicas que tienen que cubrir. Un claro ejemplo de la precarización generalizada son las últimas medidas sobre el empleo juvenil las cuales incentivan contrataciones precarias de jóvenes hasta los 30 años donde las empresas pueden ir sustituyendo a sus trabajadores por estos jóvenes con salarios más bajos, menos protección social y en definitiva con menos derechos laborales, y además estos trabajos están subvencionados lo que supone menos ingresos a la seguridad social.
Con este panorama la pobreza y las desigualdades no paran de crecer y, por lo tanto, mucha gente opta por emigrar en busca de un futuro mejor. Así se produce un exilio económico de centenares de miles de personas, muchas de ellas muy bien preparadas ya sea académica, profesionalmente o ambas juntas. Pero este futuro trabajo digno en el extranjero no es tan fácil de encontrar o muchas veces no existe puesto que el modelo de precariedad o paro está muy extendido y, menos algunos afortunados, el resto tiene que conformarse muchas veces en ser mano de obra barata fuera de su país (3).
Así pues, dentro de esta dicotomía entre paro o precariedad lo que se está generalizando es el modelo de que la aceptación de cualquier empleo, en cualquier condición y en cualquier lugar, es mejor que el no tener empleo. Pues no, no podemos resignarnos y aceptar esta situación sino que tenemos que luchar por una vida digna. Pero para eso hay que cambiar la correlación de fuerzas respecto a los poderosos y, por lo tanto, no nos queda otra que movilizarnos de forma sostenida y continuada en el tiempo lo más contundente posible; a la vez que también hay que organizarse política, social y sindicalmente para articular un bloque alternativo antiausteridad que pueda ser mayoritario y así revertir primero los recortes sociales y laborales para después acumular las fuerzas y la legitimidad suficientes para transformar la sociedad.
Notas:
(1) Ver los artículos:
- “Un año de reforma laboral”
- “A las puertas de los 6 millones de parados”
(2) Ver el artículo: “Consecuencias de la precarización laboral para las clases populares”
(3) Ver la web de Juventud sin Futuro “No nos vamos nos echan”

Blog del autor: jgellida.blogspot.com

jueves, 28 de marzo de 2013

Tesis sobre las Américas y el socialismo en el siglo XXI

Iñaki Gil de San Vicente.

 
Tesis para las V ª Jornadas de Debate sobre la Crisis 2013: Relaciones Internacionales de Dominación, celebradas en León el 22 de Marzo de 2013.

  1. Uno de los problemas teóricos decisivos es el de la perspectiva histórica, del mismo modo que uno de los problemas históricos decisivos es el de la perspectiva teórica. Historia y teoría forman una unidad a la vez que mantienen una separación ya que la historia sólo se entiende desde una teoría, pero esta sólo existe si es corroborada por la historia. La teoría nos aporta los conceptos claves, esenciales, que nos permiten comprender la historia, sus contradicciones y sus tendencias evolutivas fuertes, aquellas sobre las que debemos y podemos incidir para guiarla hacia objetivos emancipadores. Sin los conceptos teóricos elementales no podemos hablar de historia mundial, sino de caos interpretativo.
  1. Muy sucintamente dicho y en el problema que ahora tratamos, la teoría nos aporta tres niveles interpretativos que confluyen en un todo: el capitalismo como modo de producción dominante en el mundo; las formaciones económico-sociales específicas que existen; y las influencias que en estas formaciones concretas tienen los restos de modos de producción precapitalistas.
  1. La lucha antipatriarcal, la de emancipación nacional, la de clases, así como todas aquellas movilizaciones relacionadas con la defensa o recuperación de los bienes comunes, de las propiedades colectivas y públicas, de los recursos del pueblo, del excedente social colectivo sea material o simbólico, con los componentes horizontalistas y comunalistas de la cultura popular, estas y otras luchas recorren internamente los tres niveles expuestos en el Pt º 2. No son por tanto un cuarto bloque teórico autónomo ni menos aún independiente de los tres restantes, sino que forma parte consustancial al enfrentamiento entre el capital y el trabajo a nivel planetario y en los Estados, naciones y pueblos concretos, aunque con plasmaciones específicas según los casos particulares.
  1. La teoría en cuanto tal es como el hilo de Ariadna que nos guía a grandes rasgos por el Laberinto del Minotauro: sin su guía el monstruo, la irracionalidad capitalista, termina devorándonos. Y frecuentemente cuando deambulamos desorientados dejándonos llevar por los sugestivos cantos las Sirenas hacia las promesas del poder, entonces este otro componente de la realidad, el de la amarga experiencia de la lucha elevada al carácter de teoría, hace lo que Circe con Ulises, advertirnos de que la credulidad en el opresor siempre se paga con la derrota, y muchas veces con la vida.
  1. Siendo coherentes con lo aquí dicho hasta ahora debo proponer como tarea colectiva la relectura crítica de un texto mío de agosto de 2010 sobre esta misma problemática, titulado «La aportación de las Américas a la revolución mundial», a libre disposición en la Red. Lo propongo porque la esencia dialéctica de la teoría marxista exige siempre la crítica y la autocrítica de lo dicho y hecho con anterioridad, exigencia ineludible pero que apenas practicamos. En ese texto, que no tiene todavía tres años, sostengo que las aportaciones revolucionarias de las Américas se sustentan en tres grandes prácticas mantenidas contra viento y marea: una, la independencia de pensamiento de las fuerzas liberadoras y revolucionarias, emancipándose del colonialismo intelectual sufrido hasta comienzos del siglo XX, y del neocolonialismo intelectual aplicado por el imperialismo desde entonces hasta ahora; dos, la decisiva importancia histórica y presente de la defensa de lo común y de lo colectivo, como eje tanto del avance del socialismo del siglo XXI como de la fuerza autoorganizada cotidiana de las clases trabajadoras y de los pueblos oprimidos; y tres, la igualmente decisiva pero casi desconocida, silenciada y hasta negada, importancia histórica y presente de la lucha de las mujeres, en especial de las que sufren la explotación sexo-económica y etno-cultural y nacional.
  1. Sobre esta base iniciada prácticamente desde el primer día de la invasión europea, que incluso hunde parte de sus raíces en las luchas nacionales y sociales precolombinas, las masas oprimidas han ido generando multitud de lecciones prácticas, que no podemos resumir aquí obviamente, desde las cuales se pueden extraer como mínimo cinco lecciones teóricas de decisiva trascendencia para el socialismo del siglo XXI en las Américas pero también en el resto del planeta, siempre que se apliquen correctamente en cada formación económico-social dada. Las lecciones versan sobre: uno, no sólo la recuperación de todas las formas de propiedad comunal sino sobre todo su extensión a la total propiedad colectiva de los medios de producción; dos, muy especialmente la extinción del papel de la mujer como «instrumento de producción» cualitativamente único en propiedad exclusiva del hombre; tres, la superación de la cosmovisión occidentalista basada en la propiedad privada y en el «ego conquiro» aplicado contra la naturaleza en su conjunto; cuatro, la interacción de todas o casi todas las formas de resistencia según muy correctas evaluaciones estratégicas, políticas y éticas; y cinco, la mundialización revolucionaria basada en una brillante visión antiimperialista de los próceres latinoamericanos, sobre todo de Bolívar.
  1. El imperialismo y las burguesías autóctonas son muy conscientes tanto de la tendencia al alza de las prácticas emancipadoras, como del enriquecimiento de las lecciones teóricas. Por esto, desde hace unos años lanza una contraofensiva general que ya ha sido estudiada en otros textos, y que tiene como uno de sus objetivos licuar y reducir a la nada las lecciones teóricas elaboradas. Sin embargo, entre muchos otros ejemplos que demuestran la necesidad de la teoría para comprender la historia, y para transformarla, ahora mismo sólo voy a citar cuatro, empezando por los más recientes: uno, el significado de la muerte de Chávez y del nuevo papado de Francisco; dos, los procesos abiertos por las FARC-EP; tres, el décimo aniversario de la invasión de Irak; y cuatro, los ciento treinta años de la muerte de Karl Marx. ¿Qué relación existe entre estos acontecimientos aparentemente tan distintos y qué importancia tienen para las Américas y para el socialismo en el siglo XXI?
  1. La teoría marxista explica que la única forma existente de que el imperialismo salga de su crisis actual no es otra que una estrategia cuádruple: aumentar la explotación de la humanidad trabajadora todo lo que sea necesario; derrotar de algún modo a las potencias subimperialistas para que se sometan a las exigencias del imperialismo occidental; exprimir la naturaleza hasta sus últimos recursos aun a costa de acelerar la catástrofe socioecológica; e introducir a la fuerza una revolución tecnocientífica que refuerce al imperialismo occidental a pesar de los terribles costos sociales que ello acarreará. La cuádruple estrategia variará puntual y formalmente en cada región del mundo, en cada bloque imperialista o subimperialista, pero en esencia es básicamente la misma para todo el planeta.
  1. Pues bien, para las Américas los ejemplos que hemos escogido muestran que la estrategia imperialista se mueve dentro de sus constantes históricas asentadas desde comienzos del siglo XX e incluso varias de sus expresiones más elementales desde el nacimiento histórico definitivo del capitalismo en el siglo XVII. Por tanto, inciden a la vez en la lucha de clases entre el capital y el trabajo y, a la fuerza, en la adecuación del socialismo a las características del modo de producción capitalista en el siglo XXI. La muerte de Chávez, sea inducida o no, permite un relanzamiento del terrorismo en todas sus formas contra la revolución bolivariana, sobre todo el terrorismo de provocación directa tal y como ha advertido el gobierno venezolano sobre los intentos de asesinato de Capriles: el imperialismo sabe cómo legitimar invasiones atroces utilizando crímenes terroristas organizados por sus servicios secretos.
  1. Aquí, la teoría es una vez más incuestionable porque resume y sintetiza las lecciones históricas. Es en el contexto de tendencia al alza de las luchas populares y obreras en las Américas, que el imperialismo ha decidido cambiar de táctica vaticana dando la Tiara Papal a un cardenal que no puede esconder su conservadurismo colaboracionista bajo los gestos de caridad fútil y denuncia abstracta de la pobreza. Con la muerte de Chávez y el nuevo papado ultraconservador y demagógico, el imperialismo intenta ampliar e intensificar la lucha teórica, ética y moral, política, cultural y religiosa contra el socialismo en todas las Américas, incluida la del norte, en donde la oficial Iglesia católica es una fuerza decisiva del imperialismo en su contraofensiva mundial.
  1. Uno de los objetivos de la contraofensiva es el de debilitar al máximo a las FARC-EP para que cedan en las actuales negociaciones. Además de otros instrumentos de presión, la situación abierta en Venezuela, que se estabilizará pronto con la victoria de Maduro, pero sobre todo la incrementada beligerancia reaccionaria del nuevo papa buscarán debilitar la incuestionable legitimidad de las FARC-EP. La teoría marxista entiende el recurso al derecho humano a la rebelión contra la tiranía en su forma de lucha armada, porque hay otras formas, como un instrumento táctico utilizable en determinadas condiciones y contextos, y siempre sujeto a la valoración política y ética de sus resultados en cuanto impulsores de la emancipación o retardadores de ésta, pero nunca rechaza el derecho a su empleo ni lo condena, aunque no lo practique porque haya valorado que se puede avanzar más rápidamente hacia el momento crítico de la revolución mediante otros métodos de lucha.
  1. Las masas trabajadoras americanas observan atentas el desenlace de las conversaciones en Cuba, porque saben que significan uno de los puntos críticos para la emancipación del continente. Saben que las FARC-EP se han recuperado de las derrotas tácticas sufridas en el pasado, que han desarrollado nuevas tácticas y estrategias, más movilidad y fuerza de choque de difícil localización y, sobre todo, que la burguesía colombiana empieza a comprender que no puede vencer militarmente pese a la ayuda yanqui y a los enormes e improductivos gastos militares, que frenan el desarrollo económico. También saben que el pueblo colombiano, su juventud obrera y popular, estudiantil, sus movimientos populares y sociales, sus medios intelectuales críticos, etc., se están autoorganizando y creciendo, perdiendo el miedo al terrorismo y a la represión, y pasando incluso a la ofensiva en muchas reivindicaciones. Para ese amplio y creciente movimiento obrero y popular, la victoria política de las FARC-EP, basada en su clara recuperación militar, en las conversaciones en Cuba supone un tremendo espaldarazo a su proyecto emancipatorio.
  1. Las masas trabajadoras americanas, y en especial las colombianas, también saben que se han producido cambios secundarios en el bloque de clases dominante en el país, que son parte de otros cambios similares en todas las Américas, como veremos. Por un lado, la vieja y arcaica burguesía latifundista y terrateniente, aliada incondicional de los EEUU, está perdiendo algo de poder y de fuerza frente al ascenso de una nueva burguesía interesada en distanciarse un poco de los EEUU para crecer autónomamente acercándose a Brasil y Argentina, e incluso un poco a la «boliburguesía» venezolana, y sectores de la ecuatoriana y boliviana. De este modo, y con el apoyo de China, integrar sus intereses financieros y agroindustriales con la gran corriente económica en ascenso del eje-Pacífico y africano.
  1. No es esta una fracción burguesa progresista, en absoluto, y jamás estará dispuesta a un choque político duro con los terratenientes y narcoparamilitares, sus hermanos de clase; además está cediendo políticamente en decisiones importantes ante las presiones de esta ensangrentada burguesía que recompone día a día su política a la espera de dar el golpe, bien apoyando un giro ultraduro del presidente Santos, simultáneo a su abandono de las conversaciones en Cuba, bien desplazándolo del poder con maniobras clásicas de los servicios secretos yanquis. Hay que decir muy claro que las contradicciones entre estas fracciones hermanas no son irreconciliables, sino secundarias, resolubles mediante negociaciones del reparto de la tarta, de los suculentos narcodólares, del reparto de tierras y de otros favores mutuos, todo ello para intensificar un ataque terrorista masivo contra el pueblo colombiano si no sigue avanzando en sus luchas.
  1. Las FARC-EP tienen toda la razón cuando tantean a esta fracción burguesa y, en especial, cuando se adelantan para poner el centro del debate, por ahora, en la decisiva cuestión agracia. Las FARC-EP saben que el capitalismo mundial en crisis necesita apropiarse de toda la tierra latinoamericana y mundial, como veremos luego, y que la independencia socialista de Colombia dentro de la Patria Grande bolivariana sólo puede sostenerse sobre la propiedad socialista de la tierra y de las fuerzas productivas. La propiedad de la tierra ya fue un tema decisivo planteado por Marx y Engels en su tiempo, y la historia les está dando la razón. Por esto, la política de las FARC-EP va directamente al corazón del modelo de socialismo del siglo XXI en todas las Américas, y del resto del planeta.
  1. Para el socialismo en el siglo XXI a escala planetaria, estos procesos suponen una confirmación de la teoría en general y a la vez su enriquecimiento porque atañen a realidades muy diversas aunque aplastadas por el mismo enemigo, el imperialismo, como sucede con el décimo aniversario de la invasión para destruir Irak y convertirla en un espacio desestructurado sometido al saqueo implacable del capitalismo occidental. La teoría marxista muestra que las lecciones históricas necesitan de un tiempo para ser plenamente entendidas. Aunque ya antes de la invasión sabíamos de sobra qué buscaba el imperialismo, solamente cuando se ha desarrollado su brutalidad metódica podemos captar su criminal alcance estratégico en todos los sentidos. La teoría ya nos lo había advertido en lo sustantivo, pero una década después lo conocemos en todos sus detalles, desde la masiva destrucción de las libertades de las mujeres hasta el expolio cultural, pasando por el energético y económico, así como por las torturas, asesinatos y otros crímenes de lesa humanidad.
  1. Y es así porque la historia es la única jueza de la teoría, la condena y niega, o la confirma y mejora, como sucede siempre con los veredictos de la historia con respecto a la teoría marxista. Pues bien, enriquecidos por estas lecciones histórico-teóricas, debemos saber que el imperialismo no ha descartado en modo alguno aplicar la misma «solución» a zonas de las Américas, y de facto lo ha hecho de manera directa como en Honduras o de manera indirecta mediante presiones de todo tipo, sea para instalar bases militares o ampliar las existentes, para relanzar la neocolonización económica y cultural, etc. La teoría como la historia nos enseñan que el imperialismo aprende de sus errores y de nuestras victorias, así que lo más probable es que adapte a las condiciones actuales de las Américas las tácticas empleadas hace diez años contra Irak, y el ataque a Honduras así lo demuestra, por citar un único pero decisivo caso.
  1. Marx no se hubiera sorprendido en absoluto por estos acontecimientos, y Engels tampoco, y menos todavía por los conflictos militares. Me refiero al Marx y al Engels que pulieron y mejoraron su esquema teórico conforme transcurrían los años y según sus primeras ideas eran superadas y criticadas por la acelerada expansión capitalista y por las luchas sociales de todo tipo que se libraban en su interior. Los ciento treinta años transcurridos desde la muerte de Marx nos enseñan seis cosas básicas sobre lo que ahora tratamos: una, que su inicial eurocentrismo ha sido muy dañino para la emancipación de los pueblos; dos, su inicial economicismo ha sido igualmente dañino; tres, la síntesis de eurocentrismo en versión de «rusocentrismo» y de economicismo determinista creada por la URSS a partir de finales de la década de 1920, unida al dogma de la «burguesía nacional antiimperialista» ha sido muy dañina para los pueblos; cuatro, la fuerza del dogma stalinista más la efectividad de la represión imperialista y burguesa autóctona retrasó mucho la recuperación del marxismo dialéctico en sí mismo y del llamado «marxismo maduro», o «último»; cinco, pese a esto la recuperación y recomposición de las luchas se hizo confirmando lo esencial de este marxismo dialéctico y negando sus tergiversaciones mecanicistas; y seis, la gravedad de la actual crisis refuerza la necesidad de un marxismo abierto, crítico, dialéctico y, por tanto, revolucionario.
  1. Tras repasar tan rápidamente estos cuatro ejemplos vemos que tienen una esencial identidad válida para cualquier parte de las Américas: solamente los pueblos explotados, las clases trabajadoras, las mujeres, las masas empobrecidas, etc., pueden crear las dinámicas sociales capaces de avanzar al socialismo y a la Patria Grande latinoamericana, la única alternativa capaz a su vez de integrar a los llamados «sectores intermedios», «clases medias» viejas y nuevas, el grueso de las fracciones de la pequeña burguesía y en definitiva a todos los sectores sociales machacados por el imperialismo y por las grandes burguesías autóctonas, que nunca se enfrentarán a los EEUU ni al euroimperialismo, y que tenderán a establecer alianzas o pactos de media duración por subimperialismos emergentes para presionar al imperialismo occidental.
  1. Los pueblos de las Américas tienen en la actualidad cinco grandes retos que superar: uno, la necesidad angustiosa del imperialismo occidental por apropiarse de sus recursos globales. Tengamos en cuenta la rapidez del agotamiento de los recursos naturales a escala mundial, los efectos negativos de la crisis socioecológica, las exigencias salvajes de las grandes corporaciones energéticas y de agrocombustibles, agroindustriales y alimentarias, de la sanidad y biotecnología, de la «bioeconomía» y de las industrias punteras en I+D+i que necesitan materiales estratégicos, tierras raras, y un largo etc. Si a esto le unimos las necesidades de bases militares, guerra electrónica e informática, etc.; sin olvidarnos de las exigencias implacables del capital financiero para poder depredar a sus anchas por todo el mundo, así como su creciente necesidad de aumentar la explotación económica, por ejemplo, la necesidad del debilitado subimperialismo español por volver a enriquecerse gracias a la sobreexplotación de las Américas, viendo todo esto, comprendemos los espeluznantes peligros que acechan a sus pueblos.
  1. Dos, las decisiones de las burguesías colaboracionistas dispuestas a ceder con tal de mantener sus propiedades privadas y derrotar estratégicamente a sus pueblos, especialmente de las más débiles, las que más necesitan de las fuerzas armadas y de las ayudas económicas directas del imperialismo occidental. Estas burguesías, que irán creciendo en número estatal conforme la economía tarde y tarde en recuperarse un poco, conforme aumente la lucha obrera y popular y conforme aumenten las presiones imperialistas, tenderán cada vez más a la derecha. Debemos considerar la experiencia de Honduras, el golpe contra Lugo en Paraguay, el empeoramiento de la situación social y el aumento del narcocapitalismo en Centro América y otras áreas. Estas débiles burguesías estatales tienen también «hermanas de clase» en fracciones burguesas en retroceso en Estados latinoamericanos más poderosos, como es la fracción burguesa narcoparamilitar liderada por el criminal ex presidente Uribe, y otras fracciones idénticas en Perú, México, Venezuela y en general en todo el continente. El imperialismo occidental tiene en estas burguesías un fiel peón.
  1. Tres, las presiones menores, sólo económicas pero inquietantes a largo plazo de subimperialismos como el japonés y el chino fundamentalmente, y en menor medida el ruso, el indio, el surcoreano, y otros, que buscan quedarse con todos los recursos posibles pero manteniendo las formas, las apariencias, ayudando con préstamos e inversiones menos onerosas y duras que las del imperialismo occidental. No hay duda de que el grueso de la nueva burguesía latinoamericana idéntica a la colombiana descrita, tiene claros intereses de acuerdos con estos subimperialismo que van más allá de lo simplemente económico para buscar incluso una cierta legitimación propagandística cara a sus pueblos, intentando así aumentar su fuerza electoral y debilitar a las fuerzas de izquierda institucional y reformista, y sobre todo a la revolucionaria. De cualquier modo hay que dejar nítidamente claro que estos subimperialismos se opondrán a los procesos revolucionarios una vez que estos amenacen sus intereses en las Américas, y que no dudarán en apoyar medidas represivas para salvaguardar sus beneficios.
  1. Cuatro, la política de las burguesías brasileña y argentina fundamentalmente, y parcialmente uruguaya, pero con simpatías y apoyo en otras fracciones burguesas, dispuestas a establecer alianzas para contrarrestar el poder occidental, pero que en modo alguno aceptarán un recorte serio de sus beneficios y jamás la pérdida de sus propiedades. Como toda burguesía, también estas tienen sus fuerzas militares y policiales, sus servicios secretos, y sus conexiones internas con el imperialismo occidental, con las Flotas yanquis, con sus Fuerzas de Intervención Rápida, y con sus instrumentos de terrorismo, ese que el «demócrata» Obama ha fortalecido y ampliado.
  1. Y cinco, las presiones sistemáticas del imperialismo occidental para impedir el despegue económico de esas burguesías latinoamericanas, manteniéndolas como secundarias, productoras de materias primas y energías baratas, de bienes de baja calidad, con poca o nula base tecnocientífica propia. Occidente siempre ha empobrecido y arrancado de raíz cualquier despegue productivo e industrial de Estados, regiones y continentes enteros que pudieran llegar a serle un serio competidor en el futuro. El caso de Japón y Alemania tras la II GM es excepcional, porque fueron fortalecidas sólo como baluartes contra China Popular y la URSS, respectivamente. El trato dado a Sudáfrica es muy esclarecedor al respecto: con la ayuda de los insoportables errores de la izquierda sudafricana, el imperialismo occidental sigue mandando en esta zona geoestratégica.
  1. La política de «asesinato económico» de pueblos y Estados que podían haber llegado a serle competidores –recordemos cómo y por qué fracasó la estrategia de la «burguesía nacional» latinoamericana de «sustitución de importaciones» entre 1940-70, que de asentarse hubiera dado un giro al capitalismo mundial--, se basa también en la manipulación estratégica de las grandes decisiones económicas mundiales dictadas por los poderes imperialistas diseñados por los EEUU entre 1944-48, con los acuerdos de Bretton Wood como referencia, así como reforzadas posteriormente, desde la segunda mitad de 1980 con la liberalización financiera, así como con el Consenso de Washington, por no extendernos en lo ya sabido.
  1. Estas y otras intervenciones diseñadas a medio y largo plazo, desconocidas casi siempre para la grandísima mayoría de la población estrujada hasta su último aliento, inciden dentro de las leyes tendenciales de evolución del capitalismo, en especial en lo relacionado con el sobredimensionamiento del capital financiero, del muy correctamente denominado capital-ficticio por Marx, en detrimento del capital industrial, el produce valor y plusvalía, y vital a la larga para la supervivencia del capitalismo como modo de producción. De este modo, las leyes tendenciales del capitalismo orientadas en tal o cual sentido por la burguesía en la medida de lo posible, que condenaron a la miseria al mal llamado «tercer mundo» son las que actúan en el subsuelo de la historia mediante la lucha de clases, y las que irrumpen con devastadora fuerza en la superficie en los período de crisis en los que la lucha de clases plantea ya, a estas alturas, el dilema de comunismo o caos.
  1. Cualquier reflexión sobre el socialismo en el siglo XXI que no parta de lo aquí visto, y sobre todo, del hecho de que el capitalismo mundial ya ha condenado a la miseria relativa y en algunas cuestiones también absoluta a los pueblos del «tercer mundo», y cada vez más también a los del «primero», está condenado al fracaso. Antes de seguir conviene recordar algunas cifras: el 60% de las personas mayores latinoamericanas no cobran pensión alguna; más del 30% de las familias malviven en chabolas precarias; la cesión de la independencia económica mexicana a los EEUU está suponiendo el empobrecimiento brusco de otros doce millones de mexicanos, país en el que hay más de 20.000 agentes yanquis reconocidos; el 45% de la infancia y adolescencia peruana malvive en la pobreza y el 75% de entre 11-16 años no tiene seguro médico; entre 2006 y 2009 la pobreza en Chile aumentó del 13,7% al 15,1%, y sigue en aumento; según la CEPAL en 2010 el 63% de los niños eran pobres, y en 2010 en Buenos Aires 2 millones de personas malvivían en las «villas miseria»; en 2010 un quinto de la población latinoamericana acaparaba el 60% de los recursos mientras que el 20% más pobre sólo el 3,5%.
  1. La complejidad, diversidad y diferencias internas que caracterizan a las Américas hacen imposible que ofrezcamos aquí un modelo de socialismo para el siglo XXI. Además sería una pretensión engreída típica de la prepotencia eurocéntrica; sería una intromisión ignorante con efectos negativos al crear confusión artificial, y como toda ingerencia exterior, sería contraproducente. Teniendo esto en cuenta, voy a enumerar sólo cuatro aspectos generales que por ello mismo pueden ayudar a una reflexión que siempre debe ser examinada por las prácticas concretas.
  1. El primero consiste en recordar los límites políticos y teóricos insalvables que separan de forma irreconciliable al socialismo del capitalismo. Son estos: la teoría de la explotación asalariada, de la producción de plusvalía y de beneficio que se apropia la burguesía en detrimento del pueblo trabajador; la teoría del Estado como instrumento decisivo en manos del capital contra el trabajo, instrumento clave que está por encima y al margen del parlamentarismo y de la democracia burguesa, y cuya efectividad última no es otra que la aplicación de la violencia extrema, del terrorismo, para salvar la propiedad privada; y la teoría del conocimiento, el método dialéctico materialista, que sostiene que se puede conocer y transformar la realidad opresora, destruyéndola.
  1. De un modo u otro, el reformismo ha negado estas tres cuestiones elementales, optando por versiones burguesas más o menos sofisticadas o burdas. El reformismo ha optado por alinearse con el capitalismo al relativizar la explotación asalariada, al creer que el Estado es una administración neutral y pacífica, «al servicio de la ciudadanía» y controlable por esta mediante las elecciones periódicas y el «juego parlamentario»; y ha optado por variantes neokantianas, que relativizan o niegan la posibilidad de conocer y destruir el capitalismo. Las diferencias irreconciliables ya surgieron en el último tercio del siglo XIX elaboradas con detalle, y desde entonces han marcado nítidamente la frontera insuperable entre práctica socialista y capitalista, sea reformista o contrarrevolucionaria.
  1. Por tanto, cualquier reivindicación, movilización, programa, lucha o estrategia política que no avance hacia el fin de la explotación asalariada, del Estado burgués y de la dominación ideológica y cultural burguesa, debe definirse como reformista si sólo pretende cambiar algo insustancial para mantener lo decisivo del capitalismo, y como reaccionaria y contrarrevolucionaria si abiertamente opta por el fortalecimiento de la burguesía y la derrota del proletariado. Desde luego que la aplicación práctica de esta línea absoluta de demarcación debe realizarse en cada situación concreta, siendo imposible y totalmente negativo querer imponerla desde fuera de los pueblos, desde las alturas burocráticas de partidos separados de las clases explotadas.
  1. El segundo es que estas tres diferencias se desarrollan más concretamente en otras que han ido creciendo con el transcurso del tiempo, en base a las lecciones aprendidas en las luchas. Hablamos de, por ejemplo, el rechazo frontal al patriarcado y la sistemática lucha para la emancipación de las mujeres, ya que siguen siendo «instrumentos de producción» de propiedad masculina incluso después de haber sido parcialmente derrotado el capitalismo. Nunca se desarrollará el socialismo en un sistema patriarcal. Otro tanto hay que decir de la opresión nacional, y del mantenimiento de una forma de vida centrada en el consumismo y en la destrucción de la naturaleza.
  1. Cualquier práctica de lucha en cualquier reivindicación o problema social que no sea coherente en estas tres decisivas confrontaciones con el imperialismo, está reforzando indirectamente el sistema explotador porque está fortaleciendo la propiedad privada masculina sobre las mujeres, la propiedad imperialista sobre las naciones oprimidas y la propiedad burguesa sobre la naturaleza. Estas tres formas de propiedad se unen a otras formas de propiedad burguesa ya vistas, como la de las fuerzas productivas, del Estado y de los sistemas culturales, de modo que, como resultado se extiende la propiedad capitalista.
  1. El tercero que es la lucha contra las múltiples formas de propiedad burguesa --económica, estatal, ideológica, patriarcal, nacional y natural, además de otras menores--, sólo puede realizarse con efectividad concienciadora si las clases explotadas van aprendiendo mediante su propia práctica autoorganizada y mediante sus relaciones con las organizaciones revolucionarias. Hablamos de la pedagogía de la praxis colectiva y de la pedagogía del ejemplo de las organizaciones revolucionarias. Hablamos de la estrategia de generalización en la medida de lo posible dentro del capitalismo de la autogestión social, hasta que choque frontalmente con el Estado burgués, cosa que se produce bien pronto si la autogestión social tiende a generalizarse desbordando los muy estrechos y coercitivos márgenes de la democracia-burguesa.
  1. Hablamos de autogestión social en términos amplios y extensos porque cada zona, cada barriada, villa, pueblo, ciudad, fábrica y taller, hospital y centro sanitario, escuela y universidad, servicios públicos y sociales, asociaciones vecinales y barriales, cooperativas de todo tipo, de viviendas, de producción y consumo, de educación, de transporte, etcétera, semejante red de redes que el pueblo trabajador va entretejiendo en medio de su lucha de clases contra la burguesía debe buscar la construcción de «islotes de socialismo» dentro del océanos capitalista, islotes conectados entre sí a modo de archipiélagos que van cubriendo de rojo la realidad social. En el interior de esta dinámica debe avanzarse deliberadamente en la recuperación de todo lo colectivo y público, de todo lo comunal, que ha sido expropiado por la burguesía y convertido en propiedad privada suya. Autogestión social y bienes comunes significan lo mismo.
  1. La práctica de la autogestión social dentro de lo posible en el capitalismo dominante, que es muy poco, ha de ser muy consciente de la interrelación de todas las formas de lucha por los derechos y las necesidades, alternándolas, posponiendo unas según las circunstancias, y desarrollando otras en momentos precisos; pero siempre ha de estar preparada para los momentos críticos, en los que chocan los derechos de la burguesía con los derechos del proletariado, los derechos del explotador a ejercer su opresión, y los derechos del explotado a defenderse y emanciparse. La teoría marxista enseña que cuando chocan dos derechos iguales pero antagónicos, entonces decide la fuerza, sea la contrarrevolucionaria o se la revolucionaria.
  1. La diferencia cualitativa entre el ascenso de la autogestión social y la autogestión socialista no es otra que el paso revolucionario, el salto cualitativo del poder burgués al poder popular organizado en Estado obrero. La autogestión socialista sólo puede expandirse cuando el poder popular construye su propio Estado tras conquistar el poder político. Hay que construir un nuevo Estado, destruyendo los componentes políticos, económicos, represivos, culturales, etc., del viejo Estado, y transformando cualitativamente sólo aquellos que son vitales para la administración social, es decir, infraestructuras, carreteras, sanidad, energía, comunicaciones, a la vez que se depura implacablemente al funcionariado estatal y se disuelven las fuerzas militares y represivas, aplicándoles la justicia popular garantizada por el pueblo en armas. A la vez, se construye un Estado cualitativamente diferente que debe estar vigilado desde fuera por el poder popular autogestionado para impedir todo atisbo de burocratización corrupta y degenerativa. El poder popular extraestatal es el encargado de dirigir el proceso de autoextinción del Estado conforme se llega al socialismo.
  1. El Estado obrero unido al poder popular, planificará el desarrollo económico hacia el socialismo, el plan económico estratégico al que se supeditarán los planes locales tácticos, con autonomía dependiente de los intereses generales del pueblo socialista. Tendrá que organizar la defensa del pueblo en armas, así como las relaciones internacionales en el proceso hacia el socialismo. Desconocemos las condiciones que reinarán en el siglo XXI, pero en base a la experiencia anterior, será decisiva la permanente intervención rectora del pueblo mediante la democracia socialista, intervención facilitada por la gran reducción del tiempo de trabajo necesario y el enorme aumento del tiempo libre, creativo y crítico, el único que garantiza el desarrollo de la potencialidad emancipatoria. La autogestión socialista y el Estado obrero no son contradictorios sino complementarios durante el período de vida del segundo hacia su autoextinción, durante el cual se extinguirá también la ley del valor-trabajo, el valor de cambio, y el dinero, y la desaparición histórica del valor para quedar sólo la producción socialmente planificada de los valores de uso.
  1. Y el cuarto y último es el contenido mundial e internacionalista proletario de cualquier lucha por pequeña que sea, aunque se realice en una aldea rural, un pueblito apenas conocido y sea realizada por una remota asociación de amas de casa, de mujeres, que exigen mejoras básicas, elementales, y en apariencia no revolucionarias sino reformistas. El socialismo es mundial o no es. No hay posibilidad alguna de «construir el socialismo en un solo país, aunque cada pueblo debe avanzar lo más posible al socialismo. La más pequeña lucha revolucionaria que empiece superando el reformismo y rozando siquiera los límites de la tolerancia estatal, esta lucha tiene en sí misma un contenido mundial latente, al margen de lo que opinen sus practicantes. Es así porque, como hemos dicho, el modo de producción capitalista domina a escala planetaria y tarde o temprano una lucha en un rincón lejano que afecta a la estructura capitalista empieza a engarzar con otras luchas ayudando a desencadenar el efecto «bola de nieve». Para que esta bola adquiera velocidad es decisiva la capacidad comunicativa de las izquierdas revolucionarias.
  1. Las Américas están en especiales condiciones para avanzar al socialismo superando la mortal trampa del «socialismo en un solo país» porque la extensión de las luchas en el continente, la fuerza del sentimiento antiimperialista y el arraigo creciente del ideal de la Patria Grande, facilitan que las fuerzas progresistas impulsen dinámicas de cooperación regional e interestatal, aun dentro del marco actual, que pueden aumentar la conciencia continental antiimperialista, primer paso para pensar y realizar un socialismo continental, como única salida factible a la opresión imperialista y a los riesgos de las «ayudas» de los subimperialismos. Los esfuerzos de Chávez han sido magistrales en este sentido, pero falta mucho que hacer, y el Movimiento Continental Bolivariano debe aportar un generoso esfuerzo creativo imprescindible para saltar de la conciencia continental antiimperialista a la conciencia socialista continental, y de esta a la conciencia comunista mundial.