lunes, 2 de noviembre de 2015

Rusia interfiere los sistemas de mando del portaviones USS Ronald Reagan y de la VII Flota

Rusia interfiere los sistemas de mando del portaviones USS Ronald Reagan y de la VII Flota

  
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El 27 de octubre de 2015, un Tupolev 142 ruso realizó maniobras de acercamiento sobre el portaviones USS Ronald Reagan mientras este navío participaba en maniobras, junto a la Séptima Flota estadounidense y la marina de guerra de Corea del Sur, en aguas del este de la península de Corea.
Desde abril de 2014, la aviación rusa ha realizado diferentes acciones para poner a prueba su sistema de interferencia de las comunicaciones y sistemas de mando de la OTAN [1].
Esta vez, la US Navy ya había ordenado el despegue de varios de sus aviones antes de que el avión ruso interfiriera sus comunicaciones y sistemas de mando y fue por eso que lograron alejar al intruso. A pesar de todo, el Tupolev 142 llegó a estar a unos 500 pies del portaviones sin que ni ese ni los demás navíos de la Séptima Flota estadounidense pudieran reaccionar, lo cual demuestra que Rusia tiene actualmente la capacidad real de destruir un navío almirante de la OTAN.
En este momento, el sistema ruso de interferencia de las comunicaciones y sistemas de mando de la OTAN está siendo puesto a prueba en situación de guerra, en Siria, donde está cubriendo un radio de 300 kilómetros alrededor de la localidad siria de Latakia –zona que, por consiguiente, se ha convertido en un «punto ciego» para todos los medios de vigilancia de la alianza atlántica.
Ese sistema ruso de interferencia de las comunicaciones y sistemas de mando y observación de la OTAN está desplegado actualmente en una parte del Mar Negro y en la región de Kaliningrado.

El Caso Madrid Arena, tres años después

El Caso Madrid Arena, tres años después

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Después de tres años de los terribles sucesos del Madrid Arena, ninguna institución ni cargo político alguno ha dimitido y las deficiencias siguen estancadas, al tiempo que las familias de las jóvenes fallecidas claman justicia.
El 1 de noviembre de 2012, las adolescentes Katia Esteban Casielles (18 años), Rocío Oña (18), Cristina Arce (18), Belén Langdon (17) y María Teresa Alonso (20) hallaron la muerte durante la celebración de una multitudinaria fiesta en el pabellón Madrid Arena de Madrid capital.
El exceso de aforo debido a la venta incontrolada de entradas —se vendieron 22.835 cuando el aforo no debía superar las 10.620 personas— desencadenó una serie acontecimientos que destaparon graves deficiencias en la organización del evento por parte de los promotores, las empresas de seguridad contratadas y el Ayuntamiento de Madrid, responsable de la infraestructura y de la planificación de la seguridad a través de la empresa municipal Madrid Espacios y Congresos (Madridec), que quebró en 2013 dejando un agujero de 400 millones de euros, y debido a lo cual nadie dimitió ni asumió responsabilidades políticas.
Tres años después de la tragedia, el recinto sigue teniendo problemas de seguridad pese a que continúa albergando eventos. El control del número de personas que acceden a las instalaciones es una de las deficiencias más importates: aún no hay un sistema que funcione correctamente para evitar el sobreaforo. Para intentar que no haya más problemas, el Consistorio gobernado por Ahora Madrid anunció el pasado viernes que controlará directamente la venta de entradas (algo que hasta el momento hacía el promotor privado) y habilitará el control digital de las entradas.
Las instalaciones presentan además carencias de cámaras de vigilancia y de una enfermería en condiciones, según El Mundo. Por este motivo, se instalará a Samur-Protección Civil en el exterior en los grandes eventos.
Por si fuera poco, además,  Madrid Arena no tiene licencia de funcionamiento. Este hecho ha sido denunciado por Isabel de la Fuente, madre de una de las fallecidas (Cristina Arce), que ha recogido más de 40.000 firmas en poco más de una semana solicitando el cierre de las instalaciones hasta que no se subsanen las deficiencias de seguridad.
Para juzgar las responsabilidades personales de lo ocurrido, está pendiente la celebración de un juicio , que  arranca el próximo 12 de enero y se extenderá cinco meses, con 15 personas imputadas a las cuales se les acusa de cinco delitos de homicidio por imprudencia grave y treinta delitos de lesiones por imprudencia.
Sin embargo, el responsable directo de esa tragedia es Miguel Ángel Flores, el "administrador de hecho" de la empresa que gestionaba el evento  que actuó "movido por un claro ánimo de enriquecerse", dice el fiscal. Flores, en libertad tras pagar una fianza de 200.000 euros, parece que se ha sumergido en un nuevo e importante proyecto empresarial, según El Mundo. Después de ser uno de los empresarios de ocio nocturno más destacados de la capital, el promotor de la fiesta del Madrid Arena ha sido el elegido por el holding empresarial Grupo Alonso para convertirse en la piedra angular de un nuevo proyecto que pretende revitalizar 33.000 metros cuadrados en la parte superior de la estación de Chamartín, donde Flores ya abrió con éxito Macumba o DGreen. 
Como vemos, la historia de siempre; coger a unos pocos cabezas de turco, mientras los verdaderos responsables políticos y empresariales quedan impunes. 

José ALBERT Primo de RIVERA

Los turistas del Imperio. El peculiar estilo del imperialismo global estadounidense

El peculiar estilo del imperialismo global estadounidense
Los turistas del Imperio
TomDispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


Haciendo selfies en Iraq y Afganistán
Introducción de Tom Engelhardt
¡Afganistán!
Aunque la historia vaya de la caída de una ciudad importante en manos de los talibán, de la destrucción de un hospital con su personal y pacientes dentro o del anuncio del presidente de que las tropas de EEUU van a seguir en ese país al menos hasta 2017, la verdad es que nunca sientes que haya un signo de exclamación en la palabra “Afganistán”. Catorce años después, sigue formando parte del ambiente relativamente monótono de la realidad de la vida estadounidense. No obstante, imaginen por un momento que saltan a una máquina del tiempo y realizan un viaje al pasado, a 1978. Allí, le dicen al primer estadounidense con el que se tropiezan que acaban de chutarse hacia el futuro y han descubierto que, a partir de 1979, EEUU iba a involucrarse en dos guerras (rotas por una semiausencia de una década de duración) en un único país hasta sumar un cuarto de siglo de conflicto. Si a continuación hubieran planteado una adivinanza sobre qué país podría ser ese, puedo garantizarles una cosa: que ningún estadounidense hubiera respondido que Afganistán.
Puedo también garantizarles algo más: si hubieran insistido en que se trataba del futuro bélico de EEUU, es posible que les hubieran recluido. Volviendo a 1978, si un estadounidense sabía algo de ese país, probablemente fuera como una parada exótica de la “ ruta hippie ”, no como una tierra devastada por una guerra de la que EEUU no podría salir nunca. La mera idea de que Afganistán era crucial para la “seguridad nacional” estadounidense o de que EEUU bombearía algún día hacia ese país cientos de miles de millones de dólares en un infructuoso intento por lograr “seguridad” habría parecido ridícula. Del mismo modo, en los interminables años de nuestra segunda guerra afgana, en los que el país se convertiría en el principal productor mundial de un único producto agrícola con rendimientos que baten consistentemente records –por supuesto, estoy hablando de opio- y que es responsable del75% del suministro mundial de heroína, habría parecido material para una novela de ciencia ficción y no la realidad. Todo esto hubiera sido inimaginable en los EEUU de 1978.
Así pues, ¡bienvenidos de vuelta al siglo XXI! Que nada de esto nos sorprenda hoy en día, que la palabra “Afganistán” no se sitúe entre signos de exclamación (o al menos de interrogación) en nuestro pensamiento, no hablemos ya de las noticias, nos dice lo extraño –y sin embargo normal- que ha llegado a ser el mundo imperial de la “única superpotencia” del planeta. Como el colaborador habitual de TomDispatch, el teniente coronel retirado de la fuerza aérea William Astore sugiere hoy, lo que este país necesita es una intervención médica. Después de todo, como bien señala, en Afganistán y otros lugares estamos sufriendo del Síndrome del Turismo Imperial. 
Tom.
* * *
Estados Unidos es una especie peculiar de imperio. Para empezar, los estadounidenses llevan instalados en lo que podría llamarse negación imperial desde la guerra de España y EEUU de 1898, cuando no antes. Imperio, ¿nosotros? Negábamos su existencia incluso cuando nuestros soldados estaban administrando “curas de agua” (aka, simulacro de ahogamiento) a los recalcitrantes filipinos hace más de un siglo. ¡¿Cómo demonios?! Incluso nos contábamos a nosotros mismos que estábamos liberando a esos mismos filipinos, lo que nos lleva al segundo punto: EEUU no sólo niega sus ambiciones imperiales, sino que las envuelve en un estilo curiosamente estadounidense de cristianizada teología de la liberación. En él, los soldados estadounidenses no son nunca considerados como conquistadores u opresores, siempre como liberadores y portadores de libertad, o al menos como ayudantes e instructores. Hay suficiente sustancia en este mito (II Guerra Mundial y Plan Marshall, por ejemplo) como para ocultar realidades imperiales mucho más feas.
Negar que somos un imperio mientras ocultamos su parte fea con palabras de misionero son dos aspectos duraderos de la marca del imperialismo estadounidense, y hay un tercero también, aunque rara vez se señala. Mientras el ejército estadounidense acuartela el planeta y sólo sus fuerzas de operaciones especiales visitan más de 140 países al año, las tropas estadounidenses se han convertido efectivamente en el equivalente imperial de los turistas trotamundos. Sobrecargados de equipo técnico y artilugios (armas letales, sensores intrusivos), en gran medida ignorantes de las culturas extranjeras, llegan con ganas de ayudar y predispuestos para la acción, pero nunca (individualmente) se quedan mucho. Piensen en ellos como la versión siglo XXI del estadounidense feo de la era de Vietnam.
El estadounidense feo de nuestros días puede que no sea ya el entrometido operativo de la CIA de antaño; puede que “él” incluso no sea humano sino un avión no tripulado [drone] “made in USA”. Piensen en esos drones como si fueran turistas estadounidenses especialmente inoportunos, cruzando las exóticas y pintorescas periferias del planeta cargados de cámaras y armamento, listos para intervenir de forma letal mientras sus operadores, posiblemente a miles de kilómetros de distancia, no entienden nada. Como turistas normales de carne y hueso, el dron “ve” el terreno local, “siente” la actividad local, “detecta” pautas de comportamiento entre los habitantes que parecen amenazadoras y entonces los cose a bombazos. Por supuesto, el dron y sus operadores no viven en la tierra ni captan los matices de la vida local, al igual que los turistas de verdad. Están literalmente por encima de ellos, desconectados de todo, e incluso cuando matan, a menudo equivocadamente, vuelan sanos y salvos de vuelta a casa.
El síndrome del turismo imperial
Llámenlo síndrome del turista imperial, una estrafalaria desgracia estadounidense que crea su propia dinámica autosostenible. Para un habitante local, podría parecer algo como esto: las fuerzas estadounidenses llegan a tu país, disparan unas cuantas cosas (¡liberación!), hacen algunos selfies y después, con un poco de suerte, cogen y se van (al menos por un rato). Si no hay suerte, mantienen mucho tiempo su “bienvenida”, aumentan su presencia un tanto y generan el caos hasta que, tarde o temprano (en lugares como Iraq y Afganistán, mucho, mucho más tarde), van y se largan, no siempre con gallardía (de lo que fueron testigos Saigón en 1975 Iraq en 2011).
Y aquí viene lo más extraño de esta versión inequívocamente estadounidense de lo imperial: una persistente mentalidad de brevedad en el tiempo que sólo parece alimentar lo opuesto: guerras que persisten sin fin. En esas guerras, muchos de los turistas imperiales del país, armados hasta los dientes, se encuentran con que son enviados de vuelta una y otra vez para un período de servicio abreviado, hasta que deja de parecer una aventura y se asemeja cada vez más a una sentencia de cárcel.
La paradoja de los tiempos breves aplicados a guerras de largo plazo es irresoluble porque, como se ha demostrado repetidamente en el siglo XXI, es imposible ganar esas guerras. Los expertos miliares critican a la administración Obama por carecer de estrategia global, ya sea en Siria, Iraq, Afganistán o cualquier otro lugar. No se enteran de nada. Los turistas imperiales no tienen una estrategia: tienen un itinerario. Si es martes, esto deber ser Yemen; si es miércoles, Libia; y si es jueves, Iraq.
De este modo, los turistas de combate estadounidenses siguen haciendo ciclos yendo y viniendo a zonas conflictivas del planeta, algunas veces en viajes de un año, pero a menudo mucho más breves. Van bien armados, como cabría esperar en zonas bélicas activas como Iraq o Afganistán. Sin embargo, al igual que los turistas normales, llevan cámaras además de otros sensores y permanecen alerta para hacerse fotos exóticas que compartir con sus amigos o compañeros de vuelta a casa. (Echa aquí un vistazo, ¡una pirámide humana de desnudos en la prisión de Abu Ghraib!)
Al igual que los turistas, también se mantienen alerta ante la posibilidad de que en este particular safari imperial algunas de esas gentes exóticas puedan necesitar que les dispares. Hay un chiste que tiene garantizado provocar conocidas risas dentro de los círculos militares: “Incorpórate al ejército, viaja a tierras exóticas, conoce a gente interesante, y mátalos”. Originalmente un eslogan antibelicista de la era de Vietnam, se ha convertido en algo así como una broma en los militarizados EEUU tras el 11-S, una broma inaceptable cuando consideras la magnitud de los recuentos de víctimas extranjeras de estos años, que se hacen más reales (al menos para nosotros) cuando van acompañados de las desasosegantes fotos-trofeo de tropas estadounidense orinando sobre los cadáveres enemigos o posando con alguna parte de los cuerpos del enemigo.
Esta es la realidad de fondo de los conflictos del siglo XXI de Washington: no importa qué “estrategia” inventemos para combatirlos, siempre seremos breves turistas en guerras a largo plazo.
Turismo imperial: Una receta infalible para la derrota
Es todo tan trágicamente previsible. Cuando los turistas imperiales van contra los “terroristas” extranjeros, ¿adivinan quién gana? No llamen a las tropas estadounidenses. No carecen de espíritu combativo. Luchan para ganar. Pero cuando sus vacaciones imperiales (intervenciones militares/invasiones) se convierten en permanencias neocoloniales (ejercicios interminables para construir nación, entrenamiento de tropas, asistencia a la seguridad y cosas parecidas), ya han perdido, no importa cuántas cartas estilo “lo estamos pasando muy bien” –o los brillantes informes de avances al Congreso- se envíen a los padres en casa.
Por definición, los turistas, imperiales o de otra clase, siempre quieren volver a casa al final. El enemigo, desde el principio, está por lo general ya en casa. Y no hay tácticas inteligentes, ni manual COIN (contrainteligencia), ni armas de última tecnología o cazadores-robot que puedan cambiar nunca esa realidad fundamental.
Era una dinámica que resultaba ya obvia hace cinco décadas en Vietnam: una mentalidad burocrática que implicaba la rotación constante de unidades y comandantes; un proceso de innecesaria reinvención de los conocimientos más básicos mientras las unidades desplegadas se largaban corriendo y eran sustituidas por nuevas unidades; y el uso de todo tipo de armas y sensores de exterminio de última tecnología; todo ello, desde el agente naranja al napalm a las batallas electrónicas y a lo último en aviones de combate y bombarderos, todo para nada. En esas condiciones, incluso la superpotencia estadounidense carecía de poder de permanencia, precisamente porque nunca intentó quedarse. En EEUU se hacía a menudo referencia al aspecto de “permanencia” de la guerra de Vietnam como “atolladero”. Por supuesto, para los vietnamitas, su país no era el “inmenso lodazal” que te va succionando. Era su patria. Tenían pocas opciones al respecto; se quedaron y lucharon.
Combinen un itinerario militar con uno turístico y una mentalidad que hace que ambos coincidan, un alto mando que en sus propias responsabilidades de rotación carece de toda responsabilidad ante los errores y una burocracia bizantina muy pesada y habrán encontrado la receta segura para la derrota. Y, una vez más, en el siglo XXI, ya sea entre los soldados rasos o en los mandos más altos, hay poca continuidad o rendición de cuentas en lo que respecta a la presencia militar de EEUU en tierras extranjeras. Los comandantes están continuamente rotando fuera y dentro de las zonas de guerra. A menudo, hay uno nuevo cada año. (He contado 17 comandantes de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad para Afganistán, la coalición militar liderada por EEUU, desde diciembre de 2001). Las tropas estadounidenses pueden servir en múltiples misiones en el exterior, sin embargo rara vez son enviados a la misma zona. Las misiones son secuenciales, no acumulativas, por tanto, la curva de aprendizaje que se exhibe es plana.
Hay una escena al principio de la cuarta temporada de “Homeland” en la que el exjefe de la CIA, Saul Berenson, está hablando con unos cuantos generales de cuatro estrellas. Dice: “Si en 2001 hubiéramos sabido que íbamos a quedarnos tanto tiempo en Afganistán, habríamos tomado decisiones muy diferentes. ¿Verdad? En cambio, nuestros ciclos de planificación pocas veces iban más allá de doce meses. Por tanto, no se trata de que hayamos librado una guerra de catorce años, sino una guerra de un año emprendida catorce veces”.
Bastante cierto. En Afganistán, y también en Iraq, EEUU ha luchado de forma secuencial en vez de acumulativa. No resulta sorprendente por tanto que esos esfuerzos secuenciales, no importa lo masivos y costosos que hayan sido, no se hayan sumado. Sólo ha sido un maldito tour tras otro.
Pero el eslogan de Saul sobre Afganistán es más sospechoso: “Creo que nos vamos con el trabajo medio hecho”. Para él, así como para el establishment de Washington de este momento, EEUU necesita mantener el rumbo (al menos hasta 2017, según el reciente anuncio del presidente Obama), tiempo durante el cual supuestamente vamos a tropezar con una estrategia a largo plazo similar a la de El Dorado en la que realmente EEUU se impone.
Por supuesto, la opción que nunca ha estado sobre la mesa de Washington es la opción obvia y lógica: sencillamente poner fin al turismo imperial. Con mis disculpas hacia Elton John, “lo siento” es sólo la segunda expresión más difícil para los oficiales estadounidenses. La primera es “adiós”.
Una gran derrota (Vietnam, 1975) podía haber mantenido bajo control la fiebre del turismo imperial durante un tiempo. Pero dadnos una década o tres y los estadounidenses estamos de vuelta, cabalgando de nuevo por colinas extranjeras, confiando contra toda lógica en que el viaje de este año sea mejor que el desastre del año anterior.
Dicho de otro modo, ¡una estrategia sostenible a largo plazo para Afganistán es precisamente lo que el gobierno estadounidense ha sido incapaz de generar durante catorce años! ¿Por qué debería ser 2015 o 2017 o 2024 diferente de 2002 o 2009 o de hecho cualquier otro año de la implicación estadounidense?
A algún nivel, el ejército de EEUU sabe que está jodido. Esa es la razón de que sus comandantes jugueteen tanto con el armamento, el entrenamiento, la tecnología y las tácticas. Son las cosas que pueden controlar, las cosas que parecen reales mientras que los pueblos extranjeros no (al menos para nosotros). Seamos realistas: los acontecimientos del pasado, así como los del presente, sugieren que las armas, y cómo usarlas, son lo que los estadounidenses mejor conocen.
Pero, ¿las tierras, los pueblos extranjeros? No podemos controlarlos. No los comprendemos. No podemos contar con ellos. Son sólo parte del paisaje que estamos eternamente atravesando, en ocasiones como pueblos a los que ayudar y lugares a reconstruir, otras veces, como pueblos a los que matar y lugares a destruir. No los sentimos como verdaderamente reales. Son las atracciones turísticas del proceso bélico estadounidense, algunas veces exóticas, otras letales, pero (para nosotros) extrañamente carentes de sustancia.
Y precisamente por eso fracasamos. 
William J. Astore, es teniente coronel retirado (USAF) y profesor de historia. Colabora habitualmente con TomDispatch. Es editor del blog Contrary Perspective.

Fuente: www.tomdispatch.com/post/176061/tomgram%3A_william_astore%2C_taking_selfies_in_iraq_and_afghanistan/#more

jueves, 29 de octubre de 2015

Cuba:191; EEUU: 2. Por Ángel Guerra Cabrera 29 OCTUBRE, 2015 DE IROEL SÁNCHEZ

Cuba:191; EEUU: 2. Por  Ángel Guerra Cabrera

 
 
 
 
 
 
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Los números suelen ser elocuentes. La ONU cuenta con 193 Estados miembros. De ellos, 191 votaron el 27 de octubre a favor del proyecto de resolución cubano: “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Solamente la potencia imperial y su impresentable secuaz sionista votaron en contra. No hubo abstenciones. Nunca en la historia de la ONU una cuestión litigiosa planteada por un Estado recibió un apoyo tan contundente de los demás Estados miembros.
Con esta van 24 resoluciones semejantes  votadas favorablemente en igual número de años desde 1992. En la primera, 59 países apoyaron a Cuba y 71 se abstuvieron. Pero en 2014, cuando los sufragios a favor ya ascendían a 188, hubo todavía 3 abstenciones. Huelga nombrar los dos que votaron en contra.
Sin embargo, en esta ocasión hasta los más débiles y dependientes Estados insulares del Pacífico respaldaron la resolución cubana.  Ello muestra el repudio unánime que concita el genocida bloqueo y confirma el aislamiento y la pérdida de prestigio y hegemonía internacionales que sufre Estados Unidos. Pues, con ser contencioso, el tema dista mucho de ser el único en que la otrora potencia unipolar no puede evitar que se le salgan por todos los poros la arrogancia, la prepotencia y el lamentable y belicista síndrome de excepcionalidad.
Por otra parte, esta contundente victoria de La Habana, que los pulpos mediáticos han tratado de minimizar, es un conveniente y oportuno recordatorio a quienes ya lo dan por concluido, de que el conflicto entre Cuba y Estados Unidos no ha llegado a su fin. Sí, ha sido muy positivo el restablecimiento de relaciones diplomáticas;  ha abierto para bien un fluido canal de diálogo entre las partes, que no existía. Como también que Obama haya pedido al Congreso el levantamiento del bloqueo. Pero como el gobierno cubano reitera es solo el comienzo de un “largo y complejo proceso” hacia la normalización de relaciones.
Dicho proceso concluirá únicamente cuando Estados Unidos ponga fin al virtual estado de sitio económico, cese sus injerencistas trasmisiones radiales y televisivas hacia la isla, liquide sus planes subversivos contra el sistema socio-político cubano y devuelva el territorio ocupado de la Base Naval de Guantánamo. Nada de eso ha ocurrido.
El bloqueo ha sufrido un tímido relajamiento en algunos aspectos pero, una vez más, fue recrudecido este año, particularmente en todo lo concerniente a la persecución y castigo implacables de las operaciones financieras de Cuba. Sigue en pie en lo fundamental por cuanto a la isla le está prohibido el uso del dólar en sus transacciones internacionales y únicamente puede comprar a Estados Unidos alimentos, pero en efectivo, pagando por adelantado y sin poder transportarlos en buques cubanos. Quitando esa única excepción, no existe apenas relación comercial entre los dos Estados.
Recientemente, Washington ha impuesto multas de 1116 y 1710 millones de dólares a los bancos francés Credit Agricole y alemán Commerzbank por realizar transacciones con Cuba.  Ni soñar que la isla pueda adquirir medicamentos del vecino del norte.
El nombre de la niña cubana Noemí Bernárdez lo recordó el martes 27 cuando fue evocado en el hemiciclo de la ONU, en el vibrante discurso del embajador del Estado Plurinacional de Bolivia. La vida de Noemí depende de un citostático de exclusiva producción estadounidense al que –como muchos otros fármacos- la isla solo puede acceder a través de terceros países, a precios muy altos y en plazos que pueden ser fatales para los pacientes.
En cuanto a la colusión en este tema  del racista y colonial Estado hebreo con Estados Unidos, además de estar asociada al habitual  desprecio que muestra por la opinión internacional, se debe principalmente a otra razón muy poderosa: Israel no podría subsistir sin la cuantiosa e incomparable ayuda económica y militar que recibe de su aliado yanqui.
Como tampoco sin su apoyo político incondicional.  Este le permite conservar el nutrido e ilegal arsenal nuclear que posee, continuar la ocupación del Golán sirio, los bandidescos asentamientos de colonos judíos y los impunes crímenes contra la población palestina, incluyendo la profanación de sus lugares de culto.
Palestina, como Cuba, resiste heroicamente, y también vencerá.
                                                                                          A Nestor Kirchner
Twitter: @aguerraguera  

miércoles, 28 de octubre de 2015

Amancio Ortega, el hombre más rico del mundo a costa de la explotación obrera y el trabajo infantil. Héroes del gran capital

Amancio Ortega, el hombre más rico del mundo a costa de la explotación obrera y el trabajo infantil
Inditex PortadaDetrás de cada gran fortuna hay un gran delito
Honoré de Balzac
En estos últimos días hemos leído que Amancio Ortega, el dueño de Inditex (el conglomerado empresarial que engloba a Zara, Pull and Bear, Lefties, etc.,) se ha hecho el hombre más rico del mundo. Esto ha sucedido tras una subida histórica de las acciones en Bolsa de su empresa, que le ha permitido llegar a acumular una fortuna de 72.330 millones de euros.
En el mismo artículo en el que se reseñaba esta hazaña, el redactor del diario EL PAÍS elogiaba las cualidades personales del personaje: “un hombre hecho a sí mismo (…) que no había nacido nadando en millones (…) que empezó su negocio haciendo batas con su esposa”. El tono patético de la glosa no es un caso aislado, todos los grandes medios de comunicación lo alababan en la misma línea.
Más allá de esta propaganda servil, la orla de emprendedor construida a medida para este héroe del gran capital choca con la verdad del asunto. Amancio Ortega ha amasado su fortuna a base de evadir impuestos y defraudar a Hacienda y explotar en condiciones infrahumanas a miles de niños, adolescentes, mujeres y trabajadores en numerosos países de Asia, América Latina y Europa. Un expediente del que gotea la sangre, sudor y lágrimas de millones de desheredados.
Mano de obra barata o semiesclava
Desde sus inicios, en Galicia, la empresa de Amancio Ortega utilizó mano de obra barata y semiesclava para crear su “imperio”. A finales de los setenta y principios de los ochenta, ya explotaba a las hilanderas de los pueblos de la provincia de A Coruña, a las que se les pagaba 150 pesetas por cada pantalón confeccionado, sin estar aseguradas y sin contrato, con jornadas que se prolongaban entre diez o doce horas. Así es como comenzó a hacer su fortuna.
Inditex 2Y tanto más se expandía su negocio, más ha crecido la explotación, esta vez en otros países del mundo. En Marruecos, varias ONG han denunciado que Inditex incumple los derechos laborales más básicos, obligando a sus trabajadores a jornadas de 65 horas semanales por 178,82 euros al mes. En Brasil se han descubierto talleres donde los trabajadores echaban hasta 16 horas de trabajo diarias. En India, niños y adolescentes trabajan para Inditex 72 horas a la semana por 88 céntimos de euro al día. En Bangladesh, Inditex era una de las empresas que compraba a la fábrica Rana Blanca, que en 2014 se derrumbó y provocó la muerte de 1.100 personas. En este país, el salario medio para un trabajador textil es de 31 euros al mes.
Inditex también tiene en Europa denuncias de organismos de derechos humanos (Clean Clothes Campaing) por fomentar o permitir el trabajo esclavo en países como Rumanía, Bulgaria o Macedonia, donde se cobra un salario de 100 o 300 euros al mes, trabajando trece horas diarias.
Amancio Ortega e Inditex traspasan sus beneficios a paraísos fiscales como Suiza, para no pagar impuestos en países como el Estado Español. Hace un par de años, le condenaron a desembolsar 33 millones de euros por no haber cumplido con el impuesto de patrimonio. ¡Un empresario ejemplar!
Durante estos días, a la vez que conocíamos la fortuna de Amancio Ortega, hemos sabido que la pobreza en el Estado Español alcanza ya a un 29,3% de la población, aumentando en dos puntos respecto al año pasado. También hemos conocido que un 1% de la población mundial, los hipermultimillonarios del planeta, amasan lo mismo que toda la humanidad entera. Amancio Ortega está a la cabeza de estos héroes del capital, responsables de tanto sufrimiento y humillación. Un “honor” digno de ser enviado al basurero de la historia.