lunes, 6 de marzo de 2017

El ciclón Fidel. Por Omar Valiño 4 marzo, 2017 de Iroel Sánchez

El ciclón Fidel. Por Omar Valiño  

La Habana, diciembre de 2016.
Querida hermana:
Yo pensé en aquella noche y en ti. Curiosamente, hice anoche lo mismo que entonces. Comencé mi recorrido de regreso a unas dos cuadras de la noche del 31 de julio de 2006. Después de filmar nuestro programa de TV “La Pupila Asombrada” ¡sobre Fidel! porque sería transmitido 29 y 31 de diciembre, vísperas del 1 de enero.
Crucé caminando desde El Vedado hasta el fondo de Centro Habana, casi tal cual aquella noche. Miré hacia el MINFAR, una vieja costumbre, y había muy pocas oficinas encendidas. Me dije, ningún problema serio. Ni allí había llegado la noticia, pensé después. Faltaba poco para las 11 de la noche. Aunque te parezca literatura de presagios, me extrañó la tranquilidad de ese viernes nocturno.
Me senté solo frente al televisor porque Yilian está en Holguín, después de su vuelta colombiana. Ponían un documental sobre Robert Altman. Cuando se acabó, no sé si seguí en el mismo canal o cambié. Sé que me puse a ver, en automático, el primer capítulo de una serie didáctica sobre Darwin. Y sobre las 12 el batacazo. Cuando encadenaron la televisión, me extrañó porque no es usual y menos a esa hora. En micras de segundo, traté de atribuirlo al sesenta aniversario de la partida del Granma desde las costas de México, pero el rostro de Raúl lo desmintió rápido. Solo podía ser la muerte de Fidel o un impredecible problema desconocido para la mayoría.
Me quedé lelo, atontado, midiendo solo conmigo la magnitud del hecho, la vida de Cuba sin Fidel. A pesar de la dimensión, me apenaba llamar a esa hora. Detesto, porque me asusta, el timbre del teléfono después de las 11. Creo que solo llamé a Yilian. Aunque era yo quien le daba noticia, no quiso creerlo hasta que al final del noticiero del cierre repitieron la brevísima alocución de Raúl. Después comenzaron a entrar las llamadas de los amigos.
Entonces recordé, te decía, el paralelismo con la noche de la proclama por su enfermedad. Y también que vivimos juntos en Barcelona, Anzoátegui, su caída en Santa Clara y en los primeros momentos no entendíamos nada.
Mucho más atrás, sin ti pero por las mismas calles del barrio que pisarías después, fui al recuerdo de un niño el día de su onceno cumpleaños. Caminaba apurado por las calles de Santa Clara, casi 2 kilómetros entre la escuela “Marta Abreu” y su casa en un pasaje del Paseo de la Paz, para llegar a tiempo a la trasmisión del discurso que Fidel pronunciaría ese día en la Asamblea General de la ONU como Presidente del Movimiento de los Países No Alineados.
Te recuerdo algunas preguntas sistémicamente incómodas del discurso:
“¿Por qué unos pueblos han de andar descalzos para que otros viajen en lujosos automóviles? ¿Por qué unos han de vivir treintaicinco años para que otros vivan setenta? ¿Por qué unos han de ser míseramente pobres para que otros sean exageradamente ricos?
[…]
“Unos países poseen, en fin, abundantes recursos, otros no poseen nada. ¿Cuál es el destino de estos? ¿Morirse de hambre? ¿Ser eternamente pobres? ¿Para qué sirve entonces la civilización? ¿Para qué sirve la conciencia del hombre? ¿Para qué sirven las Naciones Unidas? (APLAUSOS) ¿Para qué sirve el mundo?”
Claro que no podía entender mucho del contenido del discurso, que años después leería y es uno de los más brillantes, hermosos, adelantados y vigentes de Fidel sobre la esfera internacional. Pero sí podía disfrutar la imantación de aquel hombre sobre su auditorio y sobre mí.
Descubro ahí mi exacta relación con Fidel. Mil razones, pero sobre todo una fe. Paso de los encuentros que luego tuve con él. Eso no es lo importante.
Hombre al fin, ser humano, cuerpo humano mortal, murió Fidel. Vencedor. Hasta de la muerte porque, a pesar de sus advertencias al respecto, su sobrevivencia a tantas cosas en contra, a tantas vidas cargadas de hechos y tareas descomunales en una sola, parecía eterna.
Pero ni yo, fidelista, sabía que se albergaba tanto sentimiento por Fidel en el pueblo. No me confundo entre la expresión, individual y masiva, de una conmoción y el más complejo engranaje de las ideas. Si lo miras bien, es la mejor prueba de que construyó con palabras traducidas en hechos. Las palabras solas, como retórica, hacen desconfiar. Los hechos confirman las palabras. Pero ese mismo es nuestro desafío ciclópeo en lo adelante: evitar la retórica, el florido recreo en las frases hechas, que también hemos aprendido bien, y convertir las ideas en hechos.
No sé si viste desde allá, unos días después, cómo una mujer, gruesa, ya vieja, mulata, gritaba en el Malecón, al paso de la caravana con sus cenizas, “Se nos fue Fidel, Dios mío, pero queda en el pueblo”. Y el luto declarado por el rector en los recintos de la Universidad de Santo Domingo. Y los guerrilleros kurdos con sus fusiles y pasamontañas despidiéndolo. Y el futbolista peruano que prepara su camiseta debajo del traje del equipo y la descubre cuando anota un penal. Y los collares de santería y los dibujos de los niños como personales ofrendas ante el retrato en el Memorial. Y las declaraciones de los actuales altos dirigentes namibios que fueron salvados por Cuba. Y la grandísima pancarta en un partido del Alavés en el País Vasco. Y la vieja Plaza de la Revolución de Bayamo cantando la Marcha del 26 de Julio.
Como un gran ciclón planetario, su muerte estremeció al mundo. Siempre arrasador. Fue su manera guerrillera de comportarse, entre aciertos y reveses. Ese ejemplo se combatirá siempre por las fuerzas contrarias. ¡No se puede permitir! Lo increíble es que, a pesar del mar de propaganda en su contra, el mundo reaccione de esa manera. Siempre creyó, con Martí, en que una idea justa, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.
Quizás la manera más sencilla y cautivadora de explicar el odio visceral del imperio contra él, es que nunca pudieron comprarlo. El antiquísimo método no les funcionó y le pagaron con creces. Los nuevos adalides celebraron como grandes combatientes en el “teatro de operaciones” de Facebook. Hasta muchos de los que salieron por el aeropuerto con pasajes pagados por Cuba, inventan patadas que nunca les dieron. No adversan ideas, lo admisible. Fiestean con impudicia. Todos nos desnudamos ante la muerte de Fidel. Es bueno saber.
Por el contrario, amigas y amigos que no quieren más que comunicar su sentimiento íntimo sin publicidad alguna, llenaron mi correo con mensajes increíbles. A nuestro amado Eugenio Barba le agradecí la idea y el abrazo de este primer párrafo de su misiva:
“He pasado una semana en Holstebro siguiendo por la televisión reportajes, documentales, debates e imágenes del regreso a sus orígenes de Fidel. Para Cuba, para vuestro continente y todos los que han creído en un cambio posible, su nombre y su obra se quedarán como una bofetada a las pasiones: fervor u hostilidad. Yo que he viajado durante cuarenta años por América Latina puedo solo decir que vuestro país hoy no deja morir los niños, que vuestras escuelas tienen un nivel de primera y, sobretodo, que existe gentileza entre la gente. A pesar de todo.”
Le contesté:
“Aquí han sido días tremendos, de indescriptible emoción. A pesar de las críticas, de los problemas, de los vaivenes de un proceso revolucionario ya largo, con todo lo que significa de desgaste, me he quedado siempre aquí sin dudar por la fe en la grandeza de nuestros sueños y sobre todo por el sentido de justicia e igualdad que Fidel, con Martí, inoculó en nuestra sangre, en nuestros comportamientos.”
“José de la Luz y Caballero, uno de los grandes pedagogos cubanos del siglo xix, dijo que la justicia era “ese sol del mundo moral”. Y Martí escribió: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Fidel completó el sueño reclamando que teníamos que “conquistar toda la justicia”. La verdad es que yo me críe bajo esos preceptos, en casa, en escuela y en país. Y sigo creyendo en ellos, como dices, a pesar de todo.”
Ese intercambio y varios otros fueron una vacuna contra la sordidez de tantos que creía amigos inteligentes. Me acordé de cuando murió Reagan, muy anciano y enfermo de Alzheimer. Un periodista de la radio se atrevió a bastante menos que una celebración de las de hoy. Fidel lo fulminó, sin revelar el nombre, en un discurso público por los mismos días. El viejo honor español de caballero ante el vencido o la muerte, bien fuera un adversario.
En ese mismo sentido, estimo el verdadero servicio de su permanente legado. Cómo actuar, en forma nueva, ante situaciones actuales, según sus principios e ideas.
Pero su penúltimo gran servicio a la patria, traté de apresarlo en este textículo que denominé “SMS”:
“Aunque resulte paradójico, al morir en 2016, Fidel Castro sopló las velas dos últimas veces a favor de Cuba, justo a los sesenta años del Granma: confirmó su larga y frondosa obra como un legado dialéctico y trasformador, a cuya fuerza sumó a las últimas generaciones de la Isla y demostró que podíamos continuar porque la Revolución estaba viva.”
Ya sé que tampoco será cosa fácil ahora; como él mismo dijo al entrar a La Habana el 8 de enero de 1959, quizás en lo adelante todo será más difícil. Porque somos de contingencias y más difíciles para comportarnos adecuadamente en paz. Pero el pueblo cubano demostró, una vez más y a enorme altura, que merece la victoria. Y, en consecuencia, un papel más activo, a todos los niveles, sobre su propio destino. Creo que toda autoridad, de cualquier nivel, tiene que haberse sentido estremecida por esa muestra de fidelidad a una obra, tiene que haber sentido lo que se espera de cada uno. Ahora, y en lo adelante, queda actuar en consecuencia. En convertir esa sincera emoción de un pueblo en un actuar cotidiano. Para eso, de veras, tenemos que cambiar y mejorar todo lo que corresponda. Que es mucho, muchísimo. Diría que una pelea a la propia altura de Fidel. Recuperar su audacia, su compromiso, sus grandes interrogantes de fondo, su combate legítimo contra la comodidad de las estructuras y de la mente de los seres humanos, no solo frente a los malestares superficiales.
¿Recuerdas que al inicio de esta carta, que termino luego de semanas de haberla iniciado, te mencioné que daban un documental sobre Darwin cuando se interrumpió la trasmisión?
Pues ahora asocio que tiene mucho que ver. Fidel completó la escala de la evolución humana para nosotros los cubanos. Después de la última figura, en el ascenso paulatino del primate en homo sapiens, viene una que nunca aparece: la de enseñarnos la compostura más erguida de nuestra cabeza.
Felicidades, amiga, por esa nueva criatura. Ya Julia sabrá la escala que puede transitar.
Un abrazo,
O.V.
Publicado originalmente en la revista La gaceta de Cuba.

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