miércoles, 30 de noviembre de 2016

TENGO ALGO QUE CONTARTE (8) Correspondencia entre dos mujeres. Salt, 23 de noviembre de 2016 DESDE LA MEMORIA

TENGO ALGO QUE CONTARTE 

Correspondencia entre dos mujeres.
Salt, 23 de noviembre de 2016


DESDE LA MEMORIA

Mi querida habanera, hoy le respondo desde la memoria. Usted me habla de un hecho infame que merece no olvidarse. Es cierto, hay cosas en las que el olvido no habría de tomar parte nunca. No deberíamos olvidar algunos episodios para preservar la dignidad de sus protagonistas; para poder ejercitar la reflexión y reconocer errores y extravíos; para elaborar idearios que consoliden valores justos; para hacer pedagogía sobre lo que nunca debió ser,....

Y en cambio, ¿sabe qué creo yo?. Que la memoria cada vez tiene las patitas más cortas, que cada vez se alarga menos en el tiempo, que ya no llega ni al punto necesario para no repetir actitudes indeseables o no caer en los mismos socavones de la vida. Así somos los humanos. Ahora parece que sólo conseguimos acordarnos de lo justo y necesario para que nuestro pequeño universo individual no se vea molestado por el ajeno.

Como usted sabe, en España hubo una guerra civil. Según a quién le pregunte le dirá que fue hace muchísimo tiempo. Seguramente es verdad, en los libros de texto de mis hijas ya aparecía como parte de la historia del país. Es curioso cuando ves en un libro fotos de historia de la que has formado parte. Porque aquella guerra de tres años, que liquidó a una joven repúbica, acabó en 1939; pero acabaron solamente las bombas, los tanques y los frentes de trincheras.  Nos quedó un dictador como jefe de estado durante 40 años más: el Generalísimo. Un superlativo en la jerarquía militar que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba en todo y en todos.

Durante estos 40 años, callaron los bombardeos, pero no los asesinatos. Muertes silenciosas y silenciadas de muchas personas que se habían delatado (o simplemente se sospechaban) del bando perdedor. A este bando lo llamaron “los rojos”, pero no, no se trataba de un inocente juego del parchís. Este atributo cromático aplicado a republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas, queda lejos de la casualidad. El rojo es el color del fuego, del infierno, de las señales de peligro, de los semáforos cerrados, de todo aquello de lo que deberíamos mantenernos alejados por nuestro bien.

Curiosamente el otro bando, el ganador, el que protagonizaba cada año el desfile de la victoria, no eran los verdes, ni los amarillos. Eran los nacionales. El Generalísimo, los falangistas, fascistas y otros “istas” por el estilo, se apoderaron de la victoria, del sentido de país, condicionando a su favor el progreso y el futuro. En cambio los rojos; republicanos, progresistas, creyentes en la equidad y la justicia, se vieron obligados al exilio, a la muerte (con o sin juicio previo, la única diferencia sería el final en paredón, en “disparo fortuito” o en garrote vil), a la cárcel durante media vida, o simplemente a no poder expresar ni defender sus ideas si querían una mínima paz en su existencia.




Durante todos estos años de Generalísimo, hemos convivido todos. Los rojos y los nacionales, los que podían hablar y los que no, los que lloraban a sus muertos al pie de sus tumbas y los que no podían porque ni siquiera sabían  dónde estaban enterrados los suyos. Cada 2 de noviembre, día de los difuntos, toditos los escolares del pueblo donde viví mi infancia nos llevaban a la iglesia principal. Allí nos alineaban de forma casi militar, y tras algunos discursos y rezos, brazo en alto al estilo fascista cantábamos el Cara al Sol (el himno de los triunfadores).  Este acto estaba dedicado a los caídos por Dios y por la patria, y había una lista con los muertos en la guerra del pueblo, a quienes recordábamos.
Ni qué decir tiene que estos caídos sólo eran los de un bando. Parece ser que para Dios nunca existieron los otros y que la patria nunca los contó entre sus componentes. Una amiguita mía un día me dijo: “pues mi abuelo también se murió en la guerra, lo mataron, y no está en la lista ésa”. Yo lo pregunté en casa, y mi padre tuvo la respuesta rápida y a punto: “es que su abuelo era rojo, lo mataron por malo. Esa lista sólo es de las buenas personas que murieron sin razón”. Y así de fácil quedaban clasificadas las gentes, por colores, en buenos y malos.

Los chiquillos íbamos a la escuela juntos. Los hijos de los fascistas y los hijos de los comunistas compartíamos libretas, pelotas en el recreo, mocos y sabañones invernales, procesiones del Corpus Crhisti bajo palio, leche en polvo de la ayuda americana que tanto nos hizo aplaudir el Generalísimo,.... Todo menos hablar de quién es quién en nuestros respectivos hogares. Todos salíamos de casa aleccionados sobre con quién era mejor relacionarnos en función del color ideológico de sus familias; pero ante un buen rato de juego, las instrucciones quedaban archivadas en la zona de lo inútil.  Es la grandeza de la infancia, que olvida rápidamente objeciones sin sentido.

Han pasado los años, el Generalísimo murió hace ya 41 y los chiquillos ya nos hicimos mayores. Se supone que era el momento en que todos podrían hablar, hacer, proclamar el quién es quién que tanto tiempo debieron callar. Que el 2 de noviembre todos podrían llorar y reivindicar a sus muertos, los que estaban en la lista y los que no, y con ellos las ideas que les llevaron al mal final. Rendirlos el homenaje que tantos años se les negó borrándoles de la historia. Y es cierto, pueden hacerlo, pero mejor si no se desentierran cuerpos e ideas.




Afortunadamente las personas hemos ido avanzando y conviviendo, pero a veces tengo la impresión de la existencia de un cierto grado de Alzheimer colectivo, y sobretodo, institucional. Una memoria escasa y selectiva que nos impide recordar los últimos episodios de la historia, de dónde venimos, quienes nos han llevado a qué y por qué. Cuando actualmente surgen corrientes y pensamientos progresistas, olvidamos que muchos de estos idearios ya formaban parte de la república. Que el modelo escolar, los derechos de la mujer, la repartición de bienes,....ya estaban diseñados en aquel tiempo de una forma mucho más justa que la actual. 

Pero van pasando elecciones democráticas, todos podemos votar libremente, y resulta que devolvemos el poder una y otra vez a los descendientes del “bando ganador”. Por eso le decía antes, ¿no será que estamos un poquito Alzheimerados y ya no recordamos ni conocemos?

Por último decirle, que en mi pueblo, a 25 de noviembre de 2016, su calle principal, se sigue llamando “Calle Generalísimo”.

No amiga mía, no podemos ni debemos olvidar por lo que hemos pasado y lo que hemos perdido si creemos que otro sistema es posible; si queremos vivir mirando al otro de frente y por igual; si queremos legar una herencia diferente al rastro de miseria que vamos dejando. Creo que la memoria es lo que nos hace estar vivos y capaces. Es la que se coge de un brazo de la razón y del otro de los sentidos, y nos acompaña en este lujo de paseo que es la vida.

Espero que este Alzheimer galopante del que le hablaba, no nos arrebate al menos estos buenos ratos de escribirnos, de explicarnos y de querernos.


Un inmenso abrazo.

Vicentita

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