miércoles, 3 de mayo de 2017

Revolución cubana. El costo de la no solidaridad (Parte II) ¿Por qué somos internacionalistas? Por Javier Gómez Sánchez 3 mayo, 2017 de La pupila insomne


El costo de la no solidaridad (Parte II) ¿Por qué somos internacionalistas? Por Javier Gómez Sánchez



javiergosanchez09@gmail.com 

Habría que detenerse sobre el teclado, a la hora de hablar de ¨costo de la solidaridad¨ y pensar en el costo que hubiese tenido no haber sido solidarios. Especialmente cuando de no haber existido esa solidaridad cubana muchas causas progresistas y movimiento revolucionarios en el mundo no hubiesen triunfado.   
Podemos decirles a los que hablan de costos que tienen razón, que el costo del sentido internacionalista de la Revolución Cubana ha sido altísimo, tan alto como el de ella misma, porque la Revolución Cubana sin ser inter-nacional no solo hoy no existiría, sino que nunca hubiese ocurrido.
Entonces, subiendo la parada, vamos a hablar de ¨costo del internacionalismo¨ y del ¨costo del no internacionalismo¨
En estos tiempos recientes en que han sido tan significativos los acercamientos diplomáticos entre los gobierno de Cuba y de Estados Unidos, pueden señalarse momentos en los que antes se había intentado llegar a algún entendimiento.
Un ¨modus vivendi¨ que incluso llevara a la eliminación total del bloqueo, algo que ni siquiera hoy ha ocurrido.
Los que conocen las interioridades diplomáticas, saben que en esas ocasiones en que algunos gobiernos norteamericanos buscaron acercamiento, pusieron siempre sobre la mesa un grupo de condiciones. Una especie de ¨Zanjón diplomático¨
Invariablemente aparecía que Cuba dejara de ayudar a las organizaciones y movimientos revolucionarios de América Latina y de África. ¡Que tremenda decisión entonces, en una Cuba que no era ni siquiera la de hoy, por muy desbastecida que esta no parezca, era la Cuba de los 60, de los 70, incluso la de los 80 y parte de los 90 en que esa propuesta estuvo sobre la mesa.
Abandonar el apoyo a esos movimientos, a las guerrillas, a los grupos clandestinos urbanos, hubiese significado hasta un ahorro para Cuba, más un alivio en el sacrificio y peligro en vidas que implicaba, y de paso recibir el favor económico norteamericano y occidental: Se levantaría el aislamiento, fluirían los préstamos bancarios y los créditos, las inversiones extranjeras, llegaría la tecnología para la industria, para la agricultura, para la salud, para la vida completa.
Hubiésemos podido pedir por nuestra boca: ¡Una planta de níquel, un astillero naval, una fábrica de electrodomésticos, un sistema gigantesco de regadíos e invernaderos, una central eléctrica….no, mejor una central electronuclear de la última tecnología! Porque con esa carta de cambio hubiésemos podido pedir lo que quisiéramos. Y lo hubiésemos obtenido, ¿como lo han obtenido los demás países latinoamericanos que nos rodean en la vecindad de Estados Unidos, sumergidos en la desmoralización, la violencia y el narcotráfico?
También se supo luego que a los soviéticos les hacían los mismos ofrecimientos si dejaban de ayudarnos a nosotros.
¿Pero cuál hubiera sido el costo del ¨no internacionalismo¨? ¿El costo de haber abandonado a los que luchaban en África y en América Latina? ¿El costo de haber dicho: ¨Esos son africanos y latinos, nosotros somos cubanos?
Hubiese significado la muerte. El exterminio de miles de luchadores revolucionarios, la aniquilación de Movimientos completos, en Centroamérica, en Argentina, en Uruguay, en Chile, en Brasil.
De haber abandonado a los pueblos de África que luchaban contra el colonialismo, el post colonialismo, y la expansión del apartheid surafricano. Si hubiésemos abandonado a los árabes que luchaban por un socialismo en el Medio Oriente, si hubiésemos dejado de enviar lo que fuera al Vietnam devastado. Cuba no hubiese podido más nunca dar la cara ante el mundo. Jamás hubiésemos podido pisar la alfombra de un foro internacional, ni en la ONU, ni en los No Alineados, ni en la OSPAAL, sin pasar por la vergüenza de las miradas de esos pueblos.
O sí, por las alfombras de Washington, por donde caminan los lacayos. Nuestros cancilleres se hubiesen hecho expertos en alfombras, pues hubiesen tenido que caminar mirando para el piso.
¿Qué significaría la palabra ¨Cuba¨ hoy en el mundo? ¿En que se pensaría cuando se dijera esa palabra: ¨cubano¨?
Por eso no podía ni pasarle por la cabeza dejar de ser internacionalista. Porque Cuba era al mismo tiempo vanguardia y retaguardia de esos movimientos revolucionarios.
Miles de revolucionarios venían a entrenarse, a descansar, a estudiar, a curarse, a operarse. Enviaban a sus familias, a sus esposas, a sus hijos, para poder dedicarse a la lucha. ¿A dónde los iban enviar? ¿A una clínica en Chile, en Argentina, en Uruguay? ¿A una escuela, a una guardería en medio de la selva centroamericana?
Muchos de los revolucionarios latinoamericanos que cayeron -con escuelas en Cuba que llevan sus nombres como no las hay en sus países- y de los que sobrevivieron, pudieron dejar hijos porque existió Cuba.
Otros que encontraron la muerte, en el monte, en la calle, en un apartamento delatado, pudieron escapar o morir con dignidad, porque llevaban en sus manos un arma que les llegó de Cuba.
No faltaron, como no faltan nunca, los malagradecidos, los que huyendo de gobiernos derrocados, de dictaduras instauradas, con la muerte pisándole los talones, encontraron refugio con sus hijos en brazos en esta Cuba que les abría sus puertas.  Con edificios de apartamentos, círculos infantiles y becas de prefabricado. La Cuba sin supermercados en las esquinas. Y por ser así entre algunos de los que llegaban hubo desprecio de lo que el pueblo cubano con esfuerzo había hecho para sí y se quitaba para dárselos a ellos. Decían: ¨Que horribles edificios, que pequeños apartamentos¨ sin pensar que los construyeron cubanos que antes vivían en un bohío de tierra, o en un ¨llega y pon¨.
Y terminaron continuando viaje, viviendo en Francia, en Suecia, en Suiza, hasta que en sus países la cosa fue cambiando, y volvieron.  
Años después, en medio del Período Especial y todavía hoy, nos visitan algunos que militaron en su época, en esos movimientos revolucionarios que Cuba no abandonó. Sus vidas han tomado diversos caminos, a veces son escritores, a veces son periodistas, otras son funcionarios o hasta ministros. Y cuando pasean por nuestras avenidas oscuras, de edificios viejos y feos, por donde pasan también incómodos los Ladas soviéticos, se regodean, se sienten aliviados, e incluso en sus conciencias, se sienten ligeramente redimidos. ¨Miren eso, el fracaso del socialismo, del comunismo, de esas ideas tan locas¨ Y en el fondo se alegran de haberse desteñido, de haber abandonado la lucha, de haber vuelto las espaldas, de haber huido dejando atrás a otros.
De haber hecho lo que Cuba nunca hizo. Hasta los ha habido que, fariseos, nos han venido a hablar de ¨democracia¨.
Por cada uno de esos hay otros que saben reconocer el costo tremendo que para ellos hubiese tenido que Cuba dejara de ser internacionalista.
Hoy hay guerrillas convertidas en partidos porque han confiado en Cuba y han sido apoyadas por esta, no para abandonar sus armas, sino para tomar armas nuevas. Hay partidos gobernando porque Cuba estuvo ahí cuando eran clandestinos.
Eso nos lleva a las formas que ha tomado nuestro internacionalismo de hoy y a los críticos  de su ¨costo¨. 

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