miércoles, 13 de marzo de 2019

Mujeres palestinas, guardianas de la vida, la memoria y la resistencia María Landi Rebelión A mis amigas, vecinas, compañeras y hermanas palestinas, por enseñarme con sus vidas y sus cuerpos que existir es resistir.


Cada 8 de marzo evoco los que he pasado en Palestina ocupada. Fueron tres, y en tres lugares bien diferentes, pero siempre marcados por los cuerpos femeninos protestando y los masculinos armados reprimiendo. Y evoco también a las muchas mujeres que guardo en la memoria del corazón. 
Mucho se dice y se escribe sobre las mujeres palestinas: las más cultas y educadas de su región; las más politizadas (les sobran razones); las más fuertes, valientes y resilientes. Todos los elogios se quedan cortos, y no les hacen justicia. Yo tengo la certeza de que ellas son las principales responsables de que la limpieza étnica sionista (en curso desde hace más de siete décadas) haya fracasado. Como dice la periodista Teresa Aranguren, que las conoce bien: 
“El objetivo último de la ocupación es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la población ocupada. (…) la tenaz pervivencia de un pueblo expulsado de su tierra, despojado, disperso, bajo ocupación militar, se ha apoyado en la fortaleza de sus mujeres, en su empeño, a veces sobrehumano, por reconstruir una y otra vez el hilo de la cotidianidad destruida, en su inquebrantable voluntad de seguir siendo familia, vecinas, pueblo.”[1] 
Numerosos trabajos académicos, periodísticos y de ONGs sobre las mujeres palestinas, así como análisis del proyecto colonial sionista con perspectiva de género, ayudan a comprender la matriz de control que rige las vidas palestinas, y sus impactos sobre ellas. En un estudio sobre las condiciones que enfrentan las mujeres en el territorio ocupado al transitar por el embarazo y el parto, la académica palestina Nadira Shalhoub-Kevorkian[2] analiza la realidad que vive su pueblo desde tres claves teóricas: 
– la biopolítica y la necropolítica, basándose en Foucault y Mbembe respectivamente[3], tal como se manifiestan en el régimen israelí de colonialismo de asentamiento. Este proyecto, según la definición de Patrick Wolfe adoptada por la autora, invade y se apropia de un territorio, expulsando o aniquilando a la población originaria (junto con los trazos de su historia y su identidad enraizadas en esa tierra) y sustituyéndola con población colona. El biopoder colonial determina quién puede vivir y quién no, en función de sus intereses de ‘seguridad’ (un término del cual Israel abusa para justificar todas su arbitriedades y violencias). En el contexto colonial de Israel/Palestina, un claro ejemplo son las políticas demográficas excluyentes, diseñadas e implementadas de manera violenta para imponer por la fuerza una mayoría judía en un territorio donde la mitad de la población no lo es. El epicentro de esa necropolítica es la ciudad de Jerusalén, donde mediante demolición de viviendas, desalojos forzados, detenciones arbitrarias y ejecuciones sumarias de jóvenes, denegación de servicios básicos (salud, educación, recolección de residuos, permisos de construcción), clausura de centros culturales, vandalización de sitios religiosos y estrangulamiento del espacio público se busca expulsar a la población palestina para judaizar toda la ciudad. Políticas que tienen impactos diferenciados de género, pero afectan de manera dramática la calidad de vida de las mujeres, al incrementar sus responsabilidades de cuidados. 
– la construcción geopolítica del espacio (y consecuentemente del tiempo), ya que −pese a las diminutas dimensiones de Palestina− la ocupación militar israelí se ha encargado de fragmentar el territorio y hacerlo intrincado o imposible de transitar. Esto tiene enormes impactos en la vida cotidiana, ya que esa infraestructura (el Muro, los checkpoints, las carreteras segregadas o bloquedas, los diferentes documentos de identidad −y matrículas de vehículos− que coartan la libertad de movimiento) apunta a atomizar a la población ocupada de múltiples formas, separando a los agricultores de sus tierras, a las mujeres de los hospitales, a la juventud de sus universidades, a las familias entre sí y a la población en general de sus centros culturales y religiosos. Quizás la expresión más gráfica de esta geopolítica espacial −y que constituye el terror de las mujeres embarazadas− es la cantidad de palestinas que han dado a luz, o han muerto (ellas, o sus bebés recién nacidos) esperando largas horas en un checkpoint militar para llegar a un hospital[4]. 
– lo cotidiano como un escenario donde las políticas del biopoder y el necropoder se confrontan con las estrategias de resistencia que despliegan los grupos dominados para sobrevivir y evitar ser exterminados. Ese es el espacio privilegiado de las mujeres. Citando de nuevo a Teresa Aranguren: “Siempre he pensado que una de las claves de la capacidad de resistencia del pueblo palestino es la cohesión de su entramado social, la fortaleza de sus vínculos de solidaridad interna y su hondo sentido de la dignidad.” Por eso la humillación, el aislamiento y la fragmentación son elementos esenciales en la estrategia del poder ocupante. En esa cotidianeidad de violencia estructural colonial, las mujeres ejercen innumerables formas de resistencia, desde las más visibles hasta las más sutiles, desde la resistencia activa hasta las innumerables formas de resistencia silenciosa, aparentemente ‘pasiva’. Desde el ámbito doméstico, que funciona como una retaguardia de contención y logística de supervivencia hasta los calabozos de la ocupación, donde las presas veteranas acogen, protegen y forman a las jovencitas recién llegadas. 
Se ha dicho en muchos estudios que las mujeres palestinas, sus cuerpos que resisten, sostienen y reproducen la vida (a pesar de los esfuerzos del necropoder por aniquilarla) son la materialización de la “amenaza demográfica” que tanto teme el régimen sionista. Precisamente por eso la necropolítica sionista apunta y atenta contra todas las formas de reproducción de la vida palestina, y por ende afecta de manera diferenciada y acentuada a las mujeres en todos los ámbitos cotidianos. Hablamos de reproducción de la vida en una concepción amplia que incluye no solo la reproducción biológica o de la fuerza de trabajo, sino también la reproducción de las relaciones sociales y culturales de todo tipo. 
Como escribió la arabista feminista Carolina Bracco: “Las mujeres palestinas fueron desde el comienzo un problema para Israel. Primero y principalmente porque desde su misma constitución, este Estado se erigió como el fecundador de una tierra ajena, como un violador orgulloso que intentó despojar de su honor y su identidad a la población nativa a través de ese acto tan propio de los estados homonacionales modernos en un espacio colonial racializado. 
“(…) estos cuerpos femeninos racializados son un problema para Israel. Un problema que hace setenta años no sabe cómo resolver; porque las palestinas siguen pariendo, manteniendo viva su cultura y criando a sus hijos en la resistencia, la mayoría de las veces solas porque sus maridos, padres y hermanos están en las cárceles de la ocupación o muertos. Son un problema porque desafían la esencia del nacionalismo construido sobre la noción de masculinidad judía y porque no se han doblegado ante la intentona constante de conquistar sus cuerpos (…) porque cuando encarcelan arbitrariamente a sus maridos ellas trafican semen[5] para fecundarse y seguir creando vida, porque cuando las arrojaron al exilio ellas siguieron construyendo comunidad.”

A ese marco teórico, este 8 de marzo quiero ponerle rostros, nombres, paisajes e historias. 
Quiero recordar a tantas madres anónimas que, en la ciudad de Hebrón, cada mañana visten, peinan y acicalan a sus hijas e hijos para que, impecables y implacables, caminen hacia la escuela atravesando varios checkpoints donde –como ellas saben− los soldados armados a guerra les apuntarán con sus ametralladoras, revisarán sus mochilas escolares y les intimidarán de todas las maneras posibles (a veces incluso con gases lacrimógenos o invadiendo sus escuelas). Pero ellas seguirán mandándoles a estudiar. Y cuando los soldados arresten a sus niños, ellas saldrán a la calle y correrán a enfrentar como leonas a esos terroristas de Estado para tratar de rescatarlos. 
Y a Nisrin, que –también en Hebrón– resiste en el barrio Tel Rumeida, asediada y hostigada por los colonos más agresivos de la ciudad. Su esposo murió gaseado por los soldados, pero ella sigue allí junto a sus cuatro hijas/os, pintando hermosos y coloridos cuadros con motivos de la cultura palestina y recibiendo con su dulce sonrisa a quienes se animan a visitarla. Y a Layla y Nawal, las únicas mujeres que tienen un puesto de textiles y artesanías hechas por mujeres de Idna en el mercadito de la Ciudad Vieja, donde a menudo colonos y soldados incursionan para hacer tropelías, destruyen la mercadería, les insultan y amenazan −solo para recordarles quién manda allí−. En invierno las lluvias inundan ese mercado, debido a que los colonos vecinos han clausurado los desagües pluviales, y los textiles y kuffiahs quedan bajo agua. Pero ellas y sus colegas siguen allí, ofreciendo su té dulce y su charla amena a los visitantes. 
A Myassar, Soraida, Hanin, Jitam, Suhad y otras muchas activistas feministas que, además de lidiar con el régimen sionista, enfrentan al sistema patriarcal palestino. La lucha por la igualdad de género, por los derechos de las minorías sexuales, contra la violencia machista y contra las discriminaciones que las mujeres enfrentan en el sistema legal así como en las prácticas tradicionales es para ellas –y lo ha sido por décadas− parte inseparable de su lucha por la liberación de su pueblo. Porque saben bien que unas y otras violencias se retroalimentan. 
A Tajeed, Hanedi, Taghrid, Alaa y todas las estudiantes que me encontré muchas veces en el transporte público viajando a la universidad desde sus pueblos –también a través de checkpoints y carreteras llenas de soldados que en cualquier momento pueden volverse una trampa mortal−, y que con su locuacidad curiosa y acogedora me enseñaban expresiones en árabe mientras practicaban su inglés. Porque las jóvenes palestinas van a la universidad y buscan superarse, aunque sepan que la economía de su país ocupado no les permitirá encontrar un trabajo acorde a su preparación. 
A Neimah, Maysa, Ferial y las muchas −demasiadas− mujeres que cada mes visitan a sus hijos o maridos en las cárceles israelíes, sorteando mil obstáculos y soportando humillaciones, en viajes agotadores e interminables, a veces para rebotar al llegar a la prisión, porque la autoridad de turno se despertó de mal humor y decidió quitárselo maltratando a los presos y a sus familias. El dolor que estas mujeres cargan en sus entrañas solo es superado por el de las madres o esposas de los mártires, en una tierra donde la necropolítica colonial decretó hace tiempo que la vida palestina es desechable, y que matar niños y jóvenes es parte de la guerra demográfica. 
A Asmaa, mi amiga gazatí que vive en Nablus con su marido y sus cinco hijas e hijos, soñando con poder visitar a su familia en Gaza (y sufriendo agónicamente cada vez que hay un nuevo ataque israelí), mientras saca adelante a los suyos con el trabajo que se ganó en una ONG internacional (su esposo tiene un trabajo precario como mecánico). Cuando la conocí llevaba ocho años sin ver a su familia, pues los israelíes le habían negado el permiso para visitar a su padre enfermo. “Te dejaremos ir cuando se muera”, le dijeron. Pero ella salió con sus hijos hacia Amán, atravesó Jordania y Egipto –gastando una fortuna y corriendo peligros− para poder entrar por el cruce de Rafah. La sonrisa radiante de Asmaa haciendo el signo de la victoria con su familia en la playa de Gaza era la prueba de que no la habían derrotado. 
A Miriam –con quien hablo en castellano porque nació en Caracas−, que vive indocumentada en un barrio conflictivo de Jerusalén Este[6]. Su marido es de allí y tiene documento azul, pero el de ella es verde, y los israelíes suelen negar la unificación familiar a quienes tienen cónyuges de Cisjordania. Para Miriam, como para tantas palestinas de Jerusalén, su hogar, su barrio, su ciudad son una cárcel, pues vive rodeada de colonos siempre al acecho para agredirlas, o apoderarse de sus casas, o denunciar que están construidas sin permiso, o que no tienen documentos. Cuando la tensión aumenta –Miriam vive con su familia en el mismo predio que su cuñado, un líder comunitario constantemente encarcelado−, ella encierra a sus cuatro hijos en la casa y no les deja salir ni a jugar al patio, por miedo a los colonos. Ella también hace muchos años que no puede visitar a su familia en Cisjordania (a pocos kilómetros de su barrio), porque si lo hace no podría volver a entrar a Jerusalén −a través del checkpoint y el Muro− por carecer de permiso y documento azul. 
A Nayiha, Tamam, Nayah, Wafa, Adla, Nahla, Hakima y tantas mujeres campesinas de las aldeas de Yanun, Awarta, Burin, Asira Al-Qibliya, Urif, Qusra, Al-Mughayer y otras de los distritos de Nablus y Ramala que están rodeadas por colonos extremistas y fanáticos. Ellas también están presas en sus comunidades, aunque vivan en medio de paisajes cuya belleza deja sin aliento, porque tienen miedo de que los colonos las ataquen –a ellas o a sus hijas− en alguna curva solitaria del camino, o invadan sus casas cuando están ausentes y destruyan o roben sus propiedades y cosechas. Pero nunca van a abandonar su tierra, sus olivos, sus cabras y ovejas, sus huertos y sus manantiales. Su resiliencia es directamente proporcional a su generosa hospitalidad. Cualquiera que llegue a sus casas será recibida con té dulce con maramiya o menta, pan tibio recién salido del tabun (horno de piedras en la tierra) con aceite de oliva y záatar, aceitunas, queso y yogurt; manjares que ellas y sus familias producen en las tierras que han habitado por generaciones, pero que están perdiendo gradualmente, dunam tras dunam, a manos de los colonos invasores. 
A Farisa, Sabbah, Fatima, Samiha y todas las mujeres y niñas que viven en Jirbet Tana, Susiya, Jan Al-Ajmar y muchas comunidades pastoras o beduinas en la periferia de Jerusalén, el Valle del Jordán o las Colinas del Sur de Hebrón (o en el desierto del Naqab/Negev), resistiendo las intenciones de expulsarlas de sus tierras ancestrales para dárselas a colonos judíos. Y que cada día cuidan sus rebaños, crían a sus hijos/as y reconstruyen sus precarias viviendas de chapa y lona cada vez que son destruidas por los buldóceres militares israelíes. No saben si su aldea sobrevivirá, pero se niegan a abandonarla. Su resistencia perseverante tiene un nombre en árabe: sumud, y representa la porfiada voluntad palestina de permanecer en su tierra, igual que sus olivos milenarios. 
Y no me olvido de las mujeres encerradas con sus familias –y periódicamente bombardeadas− en la cárcel que es la bloqueada Franja de Gaza. Ni de las que malviven en los campos de refugiados de los países vecinos, soñando con regresar a una patria que muchas solo conocen por los relatos de sus abuelas. Esas ancianas son las encargadas de transmitir la memoria a las nuevas generaciones nacidas en el exilio, junto con las llaves de las casas de las que fueron expulsadas hace 71 o 52 años, hoy destruidas u ocupadas por personas judías traídas de todo el mundo. En el campo de refugiados/as de Aida, en Belén ocupada, conocí a un par de esas mujeres, y escuché sus relatos. Algunas recordaban al detalle su casa, el sabor de sus naranjas, el pozo de agua, la iglesia y la mezquita de su aldea; podrían reconocerlas bajo los escombros o los bosques plantados para esconderlos. La mayoría de esas mujeres están muriendo, y saben que no volverán ni siquiera para ser enterradas en el cementerio de su aldea. Pero sus hijas y sus nietas seguirán atesorando sus historias y reclamando su derecho al retorno; un derecho que, como me enseñaron en Aida, Deheisheh, Al-Ashkar, Balata y otros campos de refugiados/as, es innegociable. 
Quiero terminar recordando también que este 8 de marzo se cumplen tres años del llamado que nos hicieron las mujeres palestinas organizadas para que apoyemos su lucha de liberación sumándonos al movimiento palestino y mundial de BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) hasta que Israel respete los derechos humanos y colectivos del pueblo palestino. El llamado se abre con una cita de Ángela Davis: “Apoya al BDS, y Palestina será libre”, y termina así: 
“En el espíritu de una visión feminista inclusiva que lucha por la justicia racial, social y económica, y es solidaria con los pueblos indígenas y los derechos de soberanía a nivel mundial,
En un espíritu de coherencia moral y resistencia a la injusticia y la opresión, incluida la opresión de las mujeres,
Hacemos un llamamiento a las mujeres y feministas de todo el mundo para que se pongan del lado correcto de la historia y se unan a nuestro movimiento BDS.
La justicia es siempre una agenda feminista.” 
Notas
[1] “Mujeres de Palestina”, en Palestina tiene nombre de mujer. Mundubat, Bilbao, 2008. 
[2] Birthing in Occupied East Jerusalem: Palestinian Women’s Experiences of Pregnancy and Delivery. YWCA, Jerusalén, 2012. 
[3] Michel Foucault: Society must be defended (Londres, 2003). Achille Mbembe: “Necropolítica” (2003). Sobre la relación dialéctica entre ambos conceptos, ver Ariadna Estévez, “Biopolítica y necropolítica: ¿constitutivos u opuestos?”. 
[4] Entre 2000 y 2002, 52 mujeres palestinas parieron en checkpoints israelíes; 19 de ellas, y 29 bebés recién nacidos/as, murieron. (Erturk, 2005, citado en el trabajo de Nadira Shalhoub-Kevorkian). 
[5] El semen es extraído clandestinamente de las cárceles (sobre todo cuando los prisioneros cumplen sentencias de varias décadas, obviamente sin posibilidad de ningún contacto físico) e inseminado en las mujeres. Muchas esposas de prisioneros han tenido bebés mediante esta técnica asistida. 
[6] Omito el nombre del barrio por razones de seguridad. 
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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