Telebasura caritativa: ‘buena’ y barata
Lo más deplorable del programa de TVE ‘Entre todos’ es cómo se promociona la sustitución de la necesaria ayuda de la sociedad, el Estado, por la ayuda mutua de los iguales, pretendiendo que la solución a la crisis depende de la ayuda económica de los otros.Toñi Montero, en el programa ‘Entre todos’, de TVE.
Hace algunas semanas que la televisión pública estatal
nos regala cada tarde un largo programa de telebasura, muy útil para
justificar los recortes del Gobierno en su respuesta a la crisis
económica que estamos viviendo. Se llama Entre todos.
Su objetivo es recabar ayuda para necesitados, para personas afectadas
por la crisis económica. Ayuda procedente de las personas corrientes,
los iguales a los necesitados, aunque un poco menos necesitados que
ellos. Algunos de sus lemas más representativos y reveladores de lo que
se pretende son los siguientes: “Desde abajo se lucha contra la crisis”.
O “nosotros no hemos inventado la solidaridad, la tenemos en el ADN de
España”. Estas frases, y otras muy similares, se repiten insistentemente
a lo largo de sus casi tres horas de duración.
Las ayudas que se piden son de lo más básico: ayuda para
comprar libros de texto, para el comedor escolar de los niños, para
comprar gasóleo para la calefacción del invierno, para reparar una casa
que se muestra muy deteriorada, para montar una pequeña tienda de
artesanía o un bar… Los espectadores parecen responder con su
solidaridad aportando cantidades variables, más bien pequeñas, de
dinero, así que el programa consigue sus objetivos. Objetivos de ayuda y
de educación pública.
Nada más inocente y aparentemente positivo. Los valores
son muy presentables, de los mejores: la solidaridad, la ayuda, el
apoyo, el ánimo a los otros. La presentadora es sencilla, nada
sofisticada, natural… Como cualquiera de los espectadores, repite
calzado y ropa; no desentona en absoluto con los necesitados a los que
ayuda a conseguir dinero. Nada de glamour añadido, ni de erotización de
su imagen, ni de elegancia peculiar, ni de singularidad.
Es una operación de superposición de la presentadora con
los protagonistas del programa, lo que la hace más creíble. Porque no se
trata solo de sincronía y de continuidad en su imagen. No. La
presentadora es uniforme también con ellos en su situación y en su
conducta. De ahí, las comparaciones que continuamente hace con su propia
situación actual o pasada, su familia o sus propias costumbres. Del
mismo modo, la presentadora siente su pena y confiesa cómo le impacta la
necesidad de los otros. Pero los sentimientos que se despliegan son
únicamente la simpatía y la lástima. Simpatiza con todos en las
cuestiones que conoce, la lástima es la principal cosecha emocional que
provoca en los espectadores, y el llanto, el principal desbordamiento
emocional de los necesitados. Llanto de agradecimiento.
El desbordamiento emocional está muy dirigido y muy
planificado. No se esperaría ni se toleraría una explosión de rabia por
haber perdido un derecho, el comedor escolar o la ayuda para los libros,
ni por haber intentado infructuosamente conseguir un pequeño crédito
por los canales lógicos, la solicitud a la banca.
No… Sólo un lamento insistente, una lástima por la
situación actual como si se tratase de una fuerza misteriosa, sin
responsables, la crisis. Qué maravillosa palabra. Antes de la
crisis… Después de la crisis. Pero ¿quién intervino en las pérdidas de
la crisis? ¿Quién desahució? ¿Quién quitó los cinco camiones que tenía
una pareja, con los que trabajaba y con los que daba trabajo? ¿Quién
retiró la ayuda para libros que tenía una familia de cuatro hijos?
¿Quién suprimió la ayuda del comedor escolar? No importa el quién, es
mejor darlo por perdido y evitar la responsabilidad echándosela a la
despersonalizada crisis. Renunciar a la reivindicación y acudir a la caridad y la compasión de los demás.
Es un programa fácil de ver. Los espectadores entienden
muy bien lo que es la necesidad y la conducta de ayuda. Son sensaciones y
conductas muy básicas, muy universales. No es difícil conseguir
audiencia, aunque no me parece tan fácil mantenerla, precisamente por la
simplicidad y monotonía de su guión. No contiene nada de violencia, se
diría desde una mirada superficial. Pero ¿acaso no implica violencia la
exposición al público de la necesidad, de los aspectos más íntimos del
sentimiento de privación, de escasez y malestar? El espectador consume
el dolor de las víctimas del mismo modo que en la presentación de
víctimas de la guerra, catástrofes o terrorismo consumimos la visión de
sus cuerpos fragmentados. Ellos son las víctimas, y de la misma forma
que se puede devorar el daño o el dolor de los afectados por atentados,
se puede devorar el dolor y la humillación que representa ponerse en
manos de un público al que se le pide ayuda… Consumir el agradecimiento
de los necesitados, desde la fácil posición de quienes no lo son. Me
gustaría saber cómo se sienten los protagonistas tras el programa.
El programa es muy barato para los emisores. Basta con
varios periodistas que se desplazan a diversos lugares y un teléfono
para recoger la ayuda. Los necesitados pagan con su imagen el coste del
programa, ya que no reciben (espero) dinero alguno del espacio sino de
los propios espectadores. Los que piden no se quejan ni reivindican sus
derechos, simplemente piden. El precio, la exposición pública de su
imagen.
Pero lo más deplorable de todo es cómo se promociona la
sustitución de la necesaria ayuda de la sociedad, el Estado, por la
ayuda mutua de los iguales, pretendiendo que la solución a la crisis
depende de la ayuda económica de los otros. La sustitución de la conducta política necesaria por la conducta moral, voluntaria. En eso también pretende que le salga barato al Estado.
Todo el montaje está sustentado en supuestos falsos y
distorsionados. Ni resuelve los problemas ni invita a que se encuentre
una solución aceptable. Por otra parte, distorsiona interesadamente la
presentación de los personajes.
En primer lugar, la mayoría de las necesidades que se
cubren de este modo deberían ser cubiertas por el Estado. ¿Es normal
solicitar ayuda para comprar libros de texto cuando más de medio millón
de niños han perdido esta ayuda en el momento en el que más lo
necesitan? ¿Puede un programa resolver las necesidades de este medio
millo de niños? ¿Resuelve algo que una familia consiga la ayuda para
comedor de sus cuatro hijos cuando se han suprimido tantísimas ayudas de
comedor? ¿Resuelve algo que una persona consiga 8.500 euros de ayuda
para montar una pequeña empresa cuando los bancos se tragan toda la
ayuda pública sin facilitar el mantenimiento del crédito para las
pequeñas empresas, que tienen que cerrar o que no pueden abrir?
En segundo lugar, es llamativa la estereotipia con la que
se describe a estas personas. Todos son esforzados, positivos y, a la
vez, muy solidarios. Y muy familiares. Es notable la insistencia en la
dimensión de adaptación familiar tanto de los necesitados como de los
ayudadores. Los “necesitados” no son seres devastados por lo que han
vivido. Son presentados como exentos de daño real. Afectados solo en
algo muy temporal y superficial. Y siempre manteniendo un milagroso
espíritu positivo y un ánimo, que, al final, es lo que resuelve todo. El
espíritu positivo tan cómplice del individualismo, que nos dice
soterradamente “solo se salva el que quiere” y “la salvación depende
solo de ti mismo”. La realidad de los efectos de la crisis es muy otra,
mucho más devastadora, deteriorante, compleja y ambivalente. No nos
engañen con señuelos.
Y como agente educativo socializador, ¿que efectos pretende el programa?
¿Que todos hagan lo mismo cada uno en su contexto, en su pueblo, su
barrio, en su bloque de pisos? Aquí se persigue en cada uno de los
programas: “Si todos fueran como tú, se acababa la crisis
inmediatamente”. Es una invitación a acudir a los otros, a la vez que una renuncia a la reivindicación social de los derechos,
a la denuncia de las condiciones indignas derivadas de las decisiones
políticas y de la estructura de los poderes sociales. Una
desculpabilización de las decisiones públicas, y una clara complicidad
con los poderes sociales, que no acuden a la solución de derechos tan
básicos.
No, no nos engañen. La crisis se acabaría si hubiera
justicia social y se atendiera a los afectados conforme a sus derechos.
La solidaridad es muy deseable para resolver muchas situaciones, pero
nunca para sustituir las obligaciones de un Estado con sus miembros más
desprotegidos.
Manifiesto mi respeto a los espectadores y especialmente a los que piden y consiguen ayudas en este programa. Pero prefiero Sálvame. La llamamos telebasura pero, al menos, se paga a los protagonistas. En Sálvame
se busca, se acentúa, se promociona, se prepara y se vende lo negativo
de los personajes, pero, al menos, se reconoce claramente sus
intenciones. Dentro de su impostura son mucho más realistas y
despolitizados. Me resulta mucho más manipuladora y peligrosa la
telebasura caritativa.
Fuente: Eldiario
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