lunes, 21 de septiembre de 2015

Felipe González, el buen socialistas con Pinochet, el buen genocida.

Roberto Montoya

Periodista y escritor, coautor del libro ‘El caso Pinochet y la impunidad en América Latina’.

Salvador Allende se estará revolviendo de dolor en su tumba allá donde esté. Las declaraciones de  Felipe González asegurando que Pinochet respetaba más los derechos humanos durante su dictadura que un presidente democráticamente elegido como Nicolás Maduro, supone una grave traición. Ofensa y traición a las víctimas, ofensa y traición al socialismo chileno y al español, que tuvo siempre a Allende como un icono; la más grave de las muchas ofensas y traiciones a la izquierda latinoamericana que ya lleva acumuladas González.
No hace falta ser chavista para repudiar esas declaraciones, como no hace falta ser independentista para repudiar su comparación del proceso soberanista con el fascismo. ¿Seguirá defendiendo Pedro Sánchez públicamente a su compañero de partido tras estas declaraciones  como hizo cuando este realizó su provocadora visita a Caracas?
Sus palabras no las dijo en caliente en una reunión entre amigos, las escribió en una tribuna de prensa a toda página en un caso y las pronunció en una rueda de prensa en el otro, participando así cada vez más más agresivamente  en la campaña golpista a medida que se acercan las elecciones generales venezolanas.
Las declaraciones de González son una clara traición a lo que representó Allende, el primer presidente socialista en todo el continente americano en ser elegido democráticamente, un presidente que se atrevió a enfrentar no solo a la más rancia oligarquía chilena sino al propio imperio estadounidense en plena Guerra Fría.
Ni Maduro es Allende, ni Obama es Nixon, ni el contexto mundial es el mismo obviamente.
Sin embargo, sí se pueden encontrar varias similitudes entre los protagonistas que prepararon el  golpe de Estado de 2002 contra Hugo Chávez, y que siguen preparándolo contra Nicolás Maduro, y la gran trama civil que preparó durante tiempo el derrocamiento de Allende.
En ambos casos coinciden el sector oligárquico más agresivo y la gran patronal, afectados por un cambio en las reglas de juego que les beneficiaron durante décadas, y los poderosos medios de comunicación que los representan y de los cuales buena parte de las veces son propietarios.
Los métodos, similares, resistir duramente los cambios que afectan sus intereses, provocar el desabastecimiento y con ello el malestar social; especular con las divisas que obtienen del Estado a un cambio preferencial para importar; estimular el mercado negro, provocar el caos, la sensación de desgobierno, todo ello convenientemente alimentado por los medios.
Nada que no se conozca en América Latina. Aún sin la implantación de dictaduras militares el método se sigue aplicando, provocó la caída de dos gobiernos progresistas en los últimos años, de Zelaya en Honduras en 2009, y de Lugo en Paraguay en 2012.
Allende cayó víctima de uno de los primeros golpes militares de toda una serie que ensangrentó por años y años toda América Latina, con cientos de miles de víctimas y cuyas heridas aún están lejos de cicatrizar.
Las ofensivas y delirantes palabras de González coincidieron nada menos que con el 42º aniversario del sangriento golpe de Estado de Pinochet, de aquel 11-S de 1973 en el que Allende murió con un fusil de asalto en mano combatiendo junto a un puñado de sus hombres en la sede presidencial, la Casa de la Moneda, hasta que esta fue devastada e incendiada por los bombardeos de  los golpistas.
Cómo podría haber imaginado Salvador Allende que aquel joven líder socialista español cuatro décadas después diera semejante golpe a la Memoria Histórica, retorciera los hechos de tal forma que terminara presentando al mayor genocida en la historia de Chile como un hombre respetuoso de los derechos de sus prisioneros.
Pero claro, Allende no pudo conocer que ya antes aquel joven líder socialista llegaría al poder, que encabezaría uno de los gobiernos más corruptos en democracia, compitiendo con el encabezado luego por Mariano Rajoy, y tampoco llegó a saber que fue durante la presidencia de González  cuando se produjeron los casos más graves de terrorismo de Estado desde el fin de la dictadura franquista.
El caso que mencionó González en su rueda de prensa se produjo a fines de agosto de 1977, llegó a Chile tras visitar Colombia; tenía 36 años, era líder del PSOE, en la oposición -Adolfo Suárez ocupaba La Moncloa- y se hacía querer en el exterior, muy especialmente en América Latina, inversión política que le daría grandes frutos posteriormente… y hasta el día de hoy.
Su solicitud para visitar en la cárcel de Capuchinos al senador socialista Erich Snake y a Carlos Lazo, un alto directivo del banco del Estado, fue debatida intensamente en el Gabinete de Pinochet. Habían pasado ya los primeros cuatro años más cruentos de la dictadura; ya habían sido asesinadas 3.200 personas, sindicalistas, activistas barriales y estudiantiles, militantes de todas las formaciones de izquierda, periodistas, artistas e intelectuales comprometidos, abogados laboralistas; decenas de miles habían sido encarcelados y torturados y cientos de miles habían emprendido el camino del exilio.
Reinaba ya la paz de los cementerios. La dictadura quería mejorar su imagen, como luego haría Videla, el genocida argentino, albergando el Mundial de Fútbol de 1978, dos años después del golpe de Estado, y Pinochet intentaba romper su aislamiento internacional.
A Felipe González no solo se lo dejó ver a los presos, sino que fue recibido, junto con los tres periodistas españoles que lo acompañaban, a bombo y platillo por el régimen. La prensa oficialista registró abundantemente los encuentros de González con la ministra de Justicia, Mónica Madariaga, con el presidente del Tribunal Supremo y otros altos cargos de la dictadura, mientras la embajada española respaldaba todas sus gestiones.
El líder del PSOE se sintió satisfecho y lo supo vender. El régimen de Pinochet también.
Los medios de comunicación sumisos a la dictadura mostraron con ello machaconamente durante días las relaciones cordiales del régimen nada menos que con un líder socialista europeo de moda. La Transición española era el modelo a seguir, un ejemplo de cómo hacer borrón con los crímenes del franquismo y cuenta nueva. La dictadura permitió lo que nunca antes permitía, que familiares de prisioneros y de desaparecidos hablaran personalmente con el visitante.
Desesperados tras ver siempre cerradas las puertas de las cárceles y tribunales en sus narices, esos familiares pedían a González que abogados europeos se interesaran por los prisioneros, como forma de presión y para garantizar sus vidas.
Pinochet habrá saltado de alegría cuando leyó en la prensa las declaraciones de González tras visitar a los dos presos: “He de confesar que se encuentran en unas condiciones mucho más favorables de las que estaban los presos políticos en España”.
También se habrá alegrado de ver que el periodista enviado por El País a cubrir la visita de González escribía en su crónica: “A niveles estrictamente políticos la situación en Chile no parece tan dura como desde el exterior puede imaginarse”.
El exilio chileno en España no podía creer lo que estaba leyendo, flaco favor para quienes luchaban con tanta dificultad para sensibilizar a la sociedad en el Estado español sobre los crímenes que estaban ocurriendo en su país.
El líder socialista se fue y los genocidas chilenos retomaron su labor represiva cotidiana, cada vez más ambiciosa.
Desde dos años antes la represión, los atentados, secuestros, torturas y asesinatos ya no se limitaban al territorio chileno. En noviembre de 1975 se había puesto en marcha en Santiago de Chile la Operación Cóndor. Por iniciativa de Pinochet se reunieron en aquella fecha en la capital chilena los jefes de Inteligencia de las dictaduras chilena, boliviana, brasileña, uruguaya y paraguaya, más el titular de Inteligencia de Argentina, en carácter de “observador”. Era este un gobierno formalmente democrático pero que ya había asesinado a 1.000 opositores con su paramilitar Triple A. La presidenta, María Isabel Martínez de Perón, Isabelita, se resistió a ser extraditada a Argentina, y vive aún hoy plácidamente en Barcelona. Argentina entraría de lleno en el operativo tras la llegada de la dictadura de Videla, en 1976, y rápidamente comenzaron los secuestros de chilenos y uruguayos huidos de sus respectivos países.
La hija del escritor y poeta argentino Juan Gelman y su esposo fueron secuestrados en Argentina y como parte de esa coordinación represiva fueron trasladados a Uruguay donde fueron asesinados.
La Operación Cóndor fue una coordinadora del terrorismo de Estado del Cono Sur, por la cual cada dictador se ocupaba de perseguir, secuestrar y asesinar a los huidos de las dictaduras vecinas. Se convirtió en un infierno, no había escapatoria. Sus crímenes no se limitaron a los territorios de los países involucrados sino que se expandieron por todo el mundo.
El que fuera ministro de Exteriores de Allende, Orlando Letelier, fue asesinado en Washington el 21 de septiembre de 1976 junto a su secretaria, la ciudadana estadounidense Ronni Moffitt, mediante un coche bomba. Washington amonestó a Pinochet por colocarlo en situación tan embarazosa.
Ese mismo año era secuestrada en Bolivia y trasladada a Argentina Graciela Rutilo Artes, con su pequeña hija Carla. Graciela fue asesinada y su madre, Matilde Artes Companys, Sacha, exiliada en España, pudo recuperar después de muchos años y traer a Madrid a su nieta Carla.
El ex presidente de Bolivia Juan José Torres fue asesinado también en Argentina, donde se encontraba exiliado. En Roma fueron tiroteados en 1975 y heridos gravemente aunque salvaron sus vidas el ex vicepresidente chileno Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno.
Pinochet y su mano derecha, el genocida Manuel Contreras -recientemente fallecido- se reunieron en Madrid cuando asistieron a los funerales de Franco con alguno de los autores de ese atentado, el fascista italiano Stéfano della Chiae.
En las embajadas de las distintas dictaduras los agregados militares se ocupaban de coordinar las tareas de Inteligencia y de facilitar infraestructura a comandos que viajaban expresamente para cometer sus crímenes. España no estuvo ajena a esas acciones, varios represores de la Armada fueron identificados y escrachadospúblicamente en aquellos años, y una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, Noemí Esther Gianetti de Molfini, fue secuestrada en Lima el 14 de junio de 1980 y trasladada a España con engaños.
Le aseguraron que sólo la dejarían libre si viajaba al extranjero. Noemí no tenía opciones, le prepararon documentación falsa y viajaron con ella, en un avión regular.
Era una trampa, un macabro plan. Noemí apareció asesinada en un apartamento en la calle Tutor 37 de Madrid. La dictadura argentina dio publicidad al caso para difundir la versión de que no la había secuestrado, sino que vivía tranquilamente en Europa y que había sido asesinada por otros exiliados “por diferencias internas” para intentar desmontar la campaña de denuncias por los desaparecidos.
La Operación Cóndor contrató servicios de periodistas y agencias especializadas para contrarrestar las denuncias que se hacían sobre las dictaduras del Cono Sur y mejorar su imagen.
Fue Pinochet quien propuso que el operativo se llamara Cóndor, como honor a esa enorme ave carroñera de la cordillera de los Andes que aparece en el escudo de Chile.
Mientras la dictadura chilena recibía cordialmente a González y sacaba buen partido de su visita, miles de chilenos permanecían presos en cárceles y campos de concentración, y los exiliados chilenos y de todas las dictaduras del Cono Sur intentaban protegerse de las garras de ese cóndor que seguía persiguiéndolos… que seguía persiguiéndonos, allí donde fuéramos.

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