Muro de Berlín: la Historia avisa
* Hace 25 años,
las palabras confusas de un portavoz del Gobierno alemán desencadenaron
los acontecimientos que terminaron con la destrucción del Muro de
Berlín.
* Una periodista de TVE cuenta los acontecimientos de los que fue testigo y analiza el mundo que vino después.
Rosa María Artal⎮El Diario⎮08/11/2014
Rosa María Artal⎮El Diario⎮08/11/2014
Un gran número de personas celebraba con bengalas la apertura del Muro de Berlín, en noviembre de 1989. / Efe
Un cuarto de siglo después
de aquel 9 de noviembre –cuando cayó el Muro- llama la atención con
cuánta intensidad avisa la historia y qué necesario es escucharla. Un
breve resumen de los hechos nos sitúa ante una ciudad dividida en cuatro
partes (dos en realidad), consecuencia de la derrota en la Segunda
Guerra Mundial de la Alemania nazi. El bloque soviético controla el lado
Este. Estados Unidos, Reino Unido y Francia, el occidental. El 13 de
agosto de 1961, de noche, las autoridades germanorientales comienzan a
levantar un Muro que caerá, también de noche, el 9 de noviembre de 1989.
Separó dos mundos tan distintos que, en realidad, vivían de espaldas
uno del otro, aunque contrarrestando y conteniendo su poder. A costa,
sin duda, de numerosas víctimas de todo tipo.
En el verano de 1989 muchas
cosas están cambiando. Checoslovaquia, Polonia y Hungría han abierto
fronteras; en la RDA (República Democrática Alemana), cada vez más
cerrada, hay un trasiego constante. Se cuentan por centenares los huidos
a diario. La Iglesia de San Nicolás de Leipzig ha iniciado unas marchas
reivindicativas que, del medio centenar del comienzo, han pasado a
llevar hasta Berlín a medio millón de personas aquella primera semana de
noviembre. Es una protesta de ejemplar ciudadanía e inapelable.
La presencia de Gorbachov en
Moscú influye decisivamente en poner freno a las ansias de aplastar la
disidencia. En realidad, ya no pueden, la firmeza de la gente les ha
desbordado. Intentarán la vía de “las reformas”: apartan del poder a
Erich Honecker y lo sustituyen por el más moderado Egon Krenz. El Muro
se le vino encima y lo abrió. Y no por eso pudo eludir sus
responsabilidades con la justicia. La Historia avisa.
Puente de Bornholmer. 1989. Aquí se abrió el Muro de Berlín.
Crónica del 9N de 1989 en primera persona
Faltaban pocos minutos para
iniciar el jueves 9 de noviembre cuando los cuatro miembros del equipo
de Informe Semanal de TVE llegamos al Checkpoint Charly,el
principal punto de acceso desde Berlín Oeste a Berlín Este. Noche,
frío, niebla, imperturbables guardias uniformados en gris, los temibles vopos,
una película de la guerra fría en vivo y en directo. Con la luz del
día, la calle ofrece una ajustada imagen de la situación. El hartazgo
popular era notable. Quejas contra la corrupción, la arbitrariedad del
poder, “los de arriba”, pocas a una precariedad que resultaba evidente,
y, por encima de todas, a la falta de libertad. Para viajar o
expresarse. La eterna disyuntiva de si irse o quedarse a construir un
nuevo país. Eventualidad que se veía muy remota con aquel régimen.
Las fruterías solo vendían
coles. Las grandes avenidas, sin apenas tráfico, orillaban junto a las
aceras el Traban –el coche oficial de cartón plastificado– por falta de
repuestos. En las sobrias tiendas, la cultura, discos por ejemplo, se
ofrecía a precios casi regalados. Día trepidante de corrillos en la
calle y mítines improvisados. Entrevistas con opositores que apuestan
por un futuro distinto al que no se ven cauces. Una rueda de prensa
oficial surge de repente. Será decisiva.
Numerosos medios internacionales aguardamos las palabras del portavoz, Günter Schabowski. Tiene otra reforma
que ofrecer: una nueva ley de viajes, no la apertura del Muro de Berlín
de forma inminente como termina por decir. Sus compañeros del Politburó
vuelven ya pacíficamente a sus hogares sin saber lo que se avecina.
Nadie lo sabe. No hay
presidentes ni bandas de música (como en Hungría) en aquel Puente de
Bornholmer en el que nos encontramos una hora después. Hemos bajado con
el embajador de España en la RDA, Alonso Álvarez de Toledo. Nos ha
invitado a su residencia para comentar el día. No está claro qué va a
suceder pero apunta que, justo abajo, hay un paso fronterizo. Puede ser
buena idea acercarse a ver qué pasa. Y, sí, hay como medio centenar de
personas, y ningún periodista. Salvo nosotros.
Rosa María Artal para Informe Semanal de TVE en el momento de abrirse el Muro de Berlín. 1989.
Son las 9 de la noche. Mi compañero Laureano González enciende el foco de la cámara e inicio entrevistas. Uno de los vopos
nos pide que la apaguemos y nos vayamos. De forma ostensible. Él fue
quien, en realidad, abrió el Muro. Harald Jagger, el oficial al mando,
le contaría tiempo después a Álvarez Toledo que, ante la falta de
instrucciones –salvo la de no disparar si no era en lo que entendieran
como defensa propia- decidió dar la orden: Pueden pasar. Y pasamos. Todos. Berlineses del Este y del Oeste.
Visado de entrada en la RDA la víspera de la caída del Muro
No de inmediato la mayoría.
Lo cierto es que la frontera volvió a cerrarse durante una hora. Pero en
aquel mundo sin teléfonos móviles, ni redes sociales, niWhatsApp
por supuesto, miles y miles de personas acudieron al unísono al Muro de
Berlín y comenzaron a trepar y a picar. A tomar el Muro. Aquello era ya
irreversible.
Un derrumbe que engrosó el capitalismo
No se ha resaltado lo
suficiente la reacción occidental a la caída del Muro de Berlín que
ansiaban con fervor, pero que ni en sus mejores sueños esperaban y menos
con tal facilidad. Tenemos a Margaret Thatcher en Gran Bretaña, Helmut
Kohl en Alemania, Felipe González en España, François Mitterrand en
Francia, que a la vez ostenta la presidencia rotatoria de la UE con
Jacques Delors en la del Consejo y George Bush senior que acaba de
acceder a la presidencia de Estados Unidos. Esa época a la que denominan
dorada, la de los grandes líderes.
Y actúan con sin igual
presteza. No ha acabado noviembre, ese mismo mes de noviembre de 1989,
cuando se firma el Consenso de Washington que será clave para el devenir
de la historia. Pensado inicialmente para América Latina, se adapta por
la vía de urgencia a la política global. Al cónclave para aprobarlo
acuden políticos y altos funcionarios, la Reserva Federal, el Banco
Mundial y el FMI. Sin perder el tiempo se firma también su homólogo: el
Consenso de Bruselas para Europa que comienza a aplicarse a partir de
1990. Sus líneas básicas van a constituir el manual de actuación del
neoliberalismo: recorte del gasto público, reforma fiscal para favorecer
a los más ricos, liberalización del comercio internacional,
liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas,
privatizaciones o desregulación bancaria. Y en esa progresión llevamos
25 años de despojo.
El Telón de Acero era
demasiado opaco para mirar. Las idealizaciones acerca de aquella
potencia que tenía en Alemania del Este la joya de la Corona no se
correspondían con la realidad. Durante los días posteriores a la caída
del Muro y en nuevos viajes, la evidencia de una economía inviable se
hacía palpable, lo obsoleto de su afamada industria. Era cierto que
todos los ciudadanos tenían trabajo, casa, alimento, sanidad, servicios,
educación, cultura, deporte, siquiera en niveles básicos. Pero el país
se hallaba en bancarrota.
Un año después, en aquel
doloroso desmantelamiento que se ejecutó a través de la Agencia Estatal
de Privatización de la RDA, se nos cuenta que las plantillas están
sobredimensionadas y que la productividad del Este es la mitad que la
occidental. A modo de ejemplo, Olivetti oferta un marco por una fábrica a
condición de que reduzca su personal de 12.000 a 900 trabajadores. Y ya
hay un millón de parados.
Los germanorientales
abrazaron con fruición la sociedad de consumo, como suele ocurrir. Desde
la primera semana les hacían ofertas irresistibles en Berlín Oeste con
saldos rescatados de sus desvanes. Cuando las dos Alemanias se
reunifican –o para ser más precisos la RFA se anexiona la RDA–, la
frutería ofrece un vergel, coches japoneses transitan por las calles y
proliferan las oficinas bancarias en el paisaje urbano. Máquinas
expendedoras de caramelos adoctrinan a los niños en la sociedad de
consumo. Precios del Oeste, sueldos del Este, un tercio inferiores. Ha
nacido una nueva ambición: el dinero.
Hoy, en la próspera Alemania
de Merkel, 13 millones de personas están al borde de la pobreza, la
sexta parte del total. Los sufridos alemanes del Este, en general, lo
que más añoran –dicen– es la solidaridad que había entre ellos. La
relación que mantenían antes de que primara el egoísmo y los intereses
particulares.
Ya no queda ni rastro de
aquella lúgubre puerta de hace 25 años en Bornholmer. Hay un puente,
como todos, por el que pasan transeúntes y vehículos. El Muro de Berlín
existe como recuerdo pero no como separación. Se levantan en otros
muchos lugares del mundo para diferenciar la riqueza y la pobreza. La
capital alemana aprendió a recomponerse y se entregó con pasión al arte
del saber vivir. Es un ejemplo de modernidad y concordia.
Potentes signos de
degradación se evidencian en la parte del Muro que quedó en pie, en el
capitalismo que se desbocó feroz desde entonces. La corrupción del
sistema pudre los cimientos y se estira al límite la desigualdad,
cercenando la libertad de comer o desarrollarse. La Historia avisa, sí.
Tras aquel Muro que simbolizó el telón de acero, el aparato se resistió y
se revolvió hasta que no pudo más: fue desbordado. Grandes gritos de
alarma suenan en este lado en el que vivimos con el agua al cuello. En
el final, habrá –es de esperar– periodistas para contarlo.
Puente de Bornholmer, primer punto donde se abrió el Muro de Berlín. El paso estaba a la izquierda.
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