Salario mínimo y empleo juvenil: otra farsa del FMI
El Fondo Monetario Internacional se acaba de sumar a las
propuestas de la patronal de reducir el salario mínimo con la excusa de
que así disminuiría el paro juvenil. Y para ello, como le ocurre casi
siempre, oculta evidencias y recurre a prejuicios bastante alejados de
la realidad.
La discusión sobre la influencia de los salarios mínimos en el empleo
es antigua y hoy día tenemos evidencias indiscutibles, aunque no por
ello exentas de polémica. Quienes asumen como punto de partida las
hipótesis del modelo de mercados perfectos concluyen que un salario
mínimo superior al de equilibrio hace que las empresas sustituyan
trabajo por capital, disminuyendo, por tanto, el empleo. Quienes abordan
el problema desde otras posiciones teóricas llegan a conclusiones
diferentes: los salarios mínimos pueden tener efectos positivos si
llevan consigo un aumento de la productividad o de la demanda global, o
pueden tenerlos neutros o inciertos, según el caso. Las evidencias
empíricas disponibles más bien tienen a demostrar esto último, es decir,
que su efecto general puede ser inconcluso pero no negativo: positivo,
nulo o sin apenas relevancia sobre el empleo (sobre este debate, se
puede ver mi artículo Más engaños del Banco de España).
Sin embargo, no ocurre lo mismo con el efecto de los salarios mínimos
sobre el empleo juvenil. La evidencias empíricas son más complejas.
Así, los economistas más cercanos a las hipótesis ortodoxas suelen
aceptar que, en términos generales, un incremento del 10% en el salario
mínimo puede llevar consigo un aumento de entre el 1% y el 3% en el paro
juvenil, dependiendo de las diferentes franjas de edad. Pero esto se
pone en cuestión en estudios que toman en consideración periodos de
expansión económica, como ha ocurrido en España entre 2000 y 2008,
cuando se ha podido apreciar que la subida en el salario mínimo no
influyó en el desempleo juvenil (Maite
Blázquez, Raquel Llorente and Julián Moral. Minimum Wage and Youth
Employment Rates in Spain: New Evidence for the Period 2000-2008).
Aunque el efecto del salario mínimo sobre el empleo y el paro juvenil
es, por tanto, más complejo que el que tiene sobre el empleo en
general, tampoco se pueden establecer conclusiones definitivas, sobre
todo, en escenarios abiertos y dispares o de largo plazo.
Para justificar la reducción del salario mínimo como forma de
disminuir el paro juvenil en Europa se recurre a una evidencia: los
países que no tienen salario mínimo legal tienen una tasa de paro
juvenil mucho más baja que los que sí lo tienen. Efectivamente, los
cinco países que no tienen salario mínimo legal y que registran menos
paro juvenil —Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia y Suecia— tienen
una tasa media de paro juvenil del 14,1%. Por el contrario, los cinco
con salario mínimo legal y mayor tasa de paro —Grecia, España, Croacia,
Portugal y Eslovaquia— tienen una tasa media del 45,5%.
Pero incluso ese hecho cierto es discutible como argumento para
asegurar que la disminución del salario mínimo genera más empleo
juvenil. Primero, porque, en realidad, casi todos los países que no
tienen salario mínimo legal tienen mínimos salariales por la vía de la
negociación, lo que en la práctica viene a ser lo mismo. Y, además,
porque hay países de este grupo, como Italia o Chipre, que también
tienen un nivel muy elevado de paro juvenil (43% y 37,3%
respectivamente). Y otros, como Holanda, que tienen poco paro juvenil
(10,8%) y salario mínimo muy elevado (1.469,40 euros). E incluso podría
añadirse que el país con menos paro juvenil, Alemania, ha aprobado ya el
salario mínimo.
¿Por qué pretender entonces que España se asemeje a la peor de las combinaciones?
Por otro lado, hay que tener en cuenta que los países con más
desempleo entre sus jóvenes no son precisamente los que tienen niveles
de salario mínimo más altos (los arriba mencionados entre los que se
encuentra España tienen salarios mínimos que se encuentran más o menos
en la mitad del espectro). Por el contrario, los países que tienen
salarios mínimos más elevados, por encima de 1.200 euros mensuales, son
los que tienen una tasa de paro juvenil por debajo de la media europea.
Lo cual también dificulta admitir que el recorte en el salario mínimo
sea el instrumento que garantice que aumente el empleo juvenil.
El caso español es significativo. Tenemos un salario mínimo bastante
bajo (752,85 euros mensuales). En valores absolutos es más o menos de la
mitad de los más altos (el 40% del de Luxemburgo y el 50% del belga). Y
también es bajo en relación con el salario medio de todos los
trabajadores (el 35% en España, 13 puntos menos que en Francia, donde el
salario mínimo se acerca más al salario medio). Y, además, nuestro
salario mínimo sólo es vinculante para muy pocos trabajadores (el 2%)
porque la gran mayoría se encuentra cubierta por convenios colectivos.
Por todo ello, no es fácil demostrar que el salario mínimo existente
en España suponga una barrera de entrada considerable al mercado de
trabajo en general o en todas las circunstancias y ni siquiera para los
jóvenes.
Por el contrario, sí que hay evidencias de la vinculación de nuestro
paro juvenil, como del europeo, con otro factor que el FMI y otros
defensores de los recortes salariales no contemplan: la relación del
paro juvenil con el nivel de actividad.
Diversos estudios demuestran, como he avanzado más arriba, que existe
una relación muy estrecha entre el desempleo juvenil y las fases de
ciclo económico, aumentando claramente en los procesos de crisis y en
los de recesión. De hecho, en el caso europeo reciente es fácil
comprobar que los países con nivel del desempleo juvenil más elevado
(Grecia, España, Croacia, Italia, Chipre, Portugal) han sufrido una
caída muy grande en el PIB en la última etapa de crisis y recesión en la
que el salario mínimo ha permanecido prácticamente estancado, mientras
que mantuvieron niveles más aceptables de empleo en la anterior fase de
expansión, cuando hubo salarios mínimos al alza. Y al revés: los países
con menor tasa de paro juvenil han sido los que han sufrido menos caída
en la actividad económica durante la crisis.
Por tanto, frente a la tesis en la que, no por casualidad ni por
primera vez, coinciden la patronal, el Banco de España y ahora el FMI,
se pueden establecer, por el contrario, otras tres primeras
conclusiones:
- No está demostrado ni se puede afirmar categóricamente que el nivel
español de salario mínimo sea la barrera de entrada principal al empleo
para los jóvenes y mucho menos para los desempleados en general.
- Lo que sí parece estar claramente vinculado al enorme incremento
del paro juvenil es la disminución tan grande que se ha producido en el
nivel de actividad económica, sobre todo, si se compara nuestra
situación con la de otros países europeos.
- Por tanto, el mejor remedio para incentivar la creación de empleo
juvenil no es reducir el ingreso de la población que gasta una mayor
proporción de su renta en consumo, sino poner en marcha medidas de
estímulo que, aumentando el gasto y la financiación, permitan que
aumente la oferta productiva de las empresas.
Sin embargo, estas tres conclusiones no pueden obviar un fenómeno
real: es cierto que muchos de los jóvenes que se acercan por primera vez
al mercado de trabajo tienen menos experiencia y posiblemente una
productividad más baja, lo que plantea la posibilidad de que sea más
conveniente que su incorporación se realice a través de salarios
diferenciados.
Es una cuestión bastante realista pero tampoco de solución inmediata y
sólo vinculada al recorte del salario mínimo. Las evidencias empíricas
no permiten confirmar que la solución sea precisamente reducirlo, sobre
todo, cuando es ya tan bajo como el español. Así lo demuestra el hecho
de que en los países de la OCDE donde hay salarios mínimos diferenciados
para jóvenes haya resultados muy diferentes en cuanto a tasas de paro
juvenil.
Lo que plantea esta cuestión, por consiguiente, no es tanto la
necesidad de abaratar el trabajo de los jóvenes como la de favorecer su
entrada al mercado de trabajo en las mejores condiciones posibles en
cuanto a experiencia y productividad. Y eso es algo que se resuelve
mejor mediante la política educativa que a través de una política
salarial de empobrecimiento salarial que genera otros efectos perversos
colaterales (desincentivos, fomento de las actividades de baja
productividad, desigualdad…). Es decir, generando incentivos no sólo
dirigidos a su inserción en el mercado de trabajo, sino también a su
permanencia en el sistema educativo y, sobre todo, diseñando bien el
tipo de formación que deben tener y su vinculación con la actividad
productiva en el periodo de formación.
Nada de eso se consigue recortando aún más salarios que ya son de por
sí muy bajos. De hecho, una buena parte de los jóvenes empleados tiene
ya ingresos por debajo del salario mínimo. Concretamente, ocurre eso con
el 34% de los contratos de trabajo suscritos por jóvenes como
consecuencia del gran número de empleos a tiempo parcial a los que se
añaden normalmente un buen número de horas extraordinarias no
remuneradas.
Por todo eso se puede afirmar que la propuesta de la patronal, del
Banco de España y del Fondo Monetario Internacional no proporciona
soluciones a la escasez de empleos, sino que se orienta a otro objetivo:
seguir modificando el sistema productivo para basarlo en el máximo
abaratamiento del trabajo con el único fin de aumentar la ganancia del
capital aunque sea a costa de hacerlo cada día más rentista y
periférico, menos productivo y más empobrecido y empobrecedor. Y en
donde si acaso hay más empleos lo son de cuasi esclavitud.
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